Un Moulin Rouge desvencijado
Pasión bohemia , de Lorena Coscia y Carlos Farías. Con Guillermo Fernández, Sandra Ballesteros, Marisol Otero, Omar Pini, Sebastián Francini, Lorena Miranda, Fabián Bruni, Maximiliano Accavallo, Diego Romero, Karina D Arino y elenco. Iluminación: Tito Romero. Sonido e iluminación: Diego Saggiorato y Gonzalo Manco. Escenografía: Silvana Ovsejevich y Vanesa Abramovich. Dirección actoral: Gipsy Bonafina. Coreografía: Mariana Letamendía. Música original, letras, dirección vocal y general: Valeria Lynch.
Nuestra opinión: regular
Instalar en una vieja fábrica abandonada el mítico cabaret parisiense Moulin Rouge es, por lo menos, un tanto raro. Oír hablar, durante casi dos horas, de lujuria, Montmartre, pasión, cancán, bohemia, champagne, burdel y todos esos símbolos de una belle époque mientras uno, como espectador, no para de abanicarse con lo que tiene a mano porque el calor agobia es, reconozcamos, más que raro. Y haber sido convocado a la función de prensa (¡malditas funciones!) a las 21 y salir a la 1.15 de la madrugada es, seamos honestos, rarísimo.
Entre algunos de estos aspectos teatrales y extrateatrales circula Pasión bohemia , la comedia musical con la que Valeria Lynch debuta como directora musical, vocal y encargada de la puesta en su conjunto. El montaje que se estrenó anteayer en la Ciudad Cultural Konex nació como un trabajo de fin de año de la escuela que tiene la protagonista de Víctor Victoria . Alguien del lugar lo vio, le gustó, compró y "vistió" con figuras de larga trayectoria como Guillermo Fernández, Omar Pini, Sandra Ballesteros y Marisol Otero. Claro que, luego de haber visto al espectáculo, hay que reconocer que ellos son los que remontan y sostienen el pobre trabajo gracias a lo que ya han demostrado que saben hacer en tantísimas oportunidades.
La obra de Lorena Coscia y Carlos Farías cuenta el último año de vida de Henri de Toulouse-Lautrec, el famoso pintor de los personajes de los cabarets de fines del 1800 que murió debatiéndose entre el ajenjo y la desazón existencial, artística y amorosa. Entre otras cosas, el pintor tenía un problema genético que le impidió crecer, por lo cual su aspecto era más que particular. Sin embargo, en la versión de Valeria Lynch, ni su aspecto ni su último año de vida parecen haber sido tan fatales en la vida de Toulouse-Lautrec. Es que a Guillermo Fernández, quien hace del genial artista, se lo ve y se lo escucha más que bien aunque su personaje diga lo contrario. Así, se arma un cortocircuito no resuelto.
La falta de una marcación actoral es una de las constantes en el resto del elenco. En ese sentido, los que salen más airosos son los que tienen más horas de ruta en escena. Así es como Marisol Otero sobresale por su registro vocal; Sandra Ballesteros rema todo el tiempo aunque tenga muy pocos elementos a su disposición o el vestuario no la favorezca en lo más mínimo, y Omar Pini se roba algunos momentos aunque, ni más ni menos, hace lo mismo que hace en Víctor Victoria . Del resto del elenco, Lorena Miranda, uno de los tantos productos de "Cantando por un sueño", añade al conjunto su potencia vocal y Maximiliano Accavallo tiene una escena en la que aporta adrenalina (algo inexistente a lo largo de todo el montaje).
Un Moulin venido a menos
No hay mucho más en este trabajo de un tono rojo que, a lo largo de la obra, va perdiendo toda su intensidad. Es que la trama es injustificadamente extensa; las voces suenan con un volumen tan alto al borde de la distorsión; algunos nudos dramáticos quedan olvidados como si no hubieran sido planteados; ciertos personajes están en escena sin que tengan una justificación dramática; las coreografías son muy poco creativas, y esta enumeración podría ser más extensa. La indiscutible experiencia en escena que tiene Valeria Lynch no aparece reflejada, salvo en ciertas marcaciones vocales que llevan su típico registro.
La obra nació como una muestra de fin de año. Quizá debería haber quedado en ese marco.







