
Un pueblo cuenta su historia
El italiano Marco Di Stéfano dirigió la obra que protagonizan los lugareños
1 minuto de lectura'
CASILDA, Santa Fe.- Las experiencias producidas en Buenos Aires por los grupos Catalinas Sur, en La Boca, y Los Calandracas, en Barracas, tienen sus pares en otros lugares del mundo, o por lo menos, en otros países también hay directores interesados en aproximarse a una determinada comunidad para proponer un trabajo conjunto en donde el objetivo no sea representar a tal o cual autor, sino un tema ligado con la historia, los sueños o la vida presente de un grupo de personas. El interés parecería estar hoy en que los propios individuos cuenten sus historias sobre un escenario. En el último Festival de Córdoba dos directores alemanes -Stefan Kaegi y Roland Brus- desarrollaron trabajos a partir de esta premisa.
Algunos denominan estas propuestas "Teatro de vecinos", otros "Teatro no ficcional". El italiano Marco Di Stéfano, que hace aproximadamente un mes se encuentra en Casilda, provincia de Santa Fe, realizando una experiencia similar, prefiere optar por el calificativo "Teatro de la comunidad".
Esta actividad forma parte del Festival ítalo-argentino "Un puente, dos culturas", que viene desarrollándose en distintos puntos del país y que en Casilda cuenta con los auspicios de la Federación Marchigiana y la Fundación Andreani.
Di Stéfano, de 43 años, tiene una formación ligada con el Teatro Laboratorio de Jerzy Grotowski, que luego amplió con Eugenio Barba y el Odin Teatret. Vivió en Dinamarca mucho tiempo y allí entendió profundamente el valor de lo comunitario, algo a lo que son muy afectos los pobladores escandinavos.
Desde hace 20 años el actor y director viene desarrollando esta técnica en distintos países del mundo. Lleva realizados más de 40 espectáculos comunitarios. Su objetivo de máxima es posibilitar que los sueños de los individuos puedan concretarse en escena. Esa es su forma también de realizar los suyos. La tarea no es sencilla. En Casilda trabaja con 63 personas de entre 5 y 75 años. Entre ellos hay profesionales, obreros, gente sin trabajo. Todos tienen la misma intención, encontrar una pequeña posibilidad de expresión artística.
Esta no es la primera vez que Di Stéfano trabaja con argentinos. Recuerda con mucho placer su encuentro en Italia, más precisamente en Améndola, una pequeña ciudad medieval, con Carlos Trafic, Benito Gutmacher y Héctor Malamud, tres mimos, actores, clowns, por entonces muy vanguardistas, que en los 70 se fueron de Buenos Aires y encontraron en Europa su lugar de trabajo. Sobre el gran escenario del cine-teatro Libertador (con capacidad para 1200 espectadores) esas 63 personas juegan al teatro. Di Stéfano, micrófono en mano, intenta ordenar una primera escena donde el leimotiv parece ser el tema inmigratorio (Casilda tiene una fuerte impronta marchigiana). Niños, jóvenes y mayores intentan cumplir con las indicaciones del director. Hablan, comentan, se ríen. Di Stéfano pide silencio, pero parece imposible. Toda esa gente, que desde hace dos semanas cambió su ritmo de vida -trabajan durante el día y ensayan entre las 21 y la 1 de la madrugada-, está sumamente inquieta. Muchos nunca participaron de la actividad teatral, ni siquiera como espectadores, y ahora tienen la posibilidad de representar o representarse.
La historia que finalmente eligieron para contar es la de esa misma sala que estuvo a punto de ser transformada en supermercado, y que ellos mismos, colectas de por medio, pudieron salvar.
Después de mucho insistir, las voces se callan. Se construye una escena donde un sinnúmero de pequeños barquitos de papel invade el espacio escénico. El efecto es contundente. Marco Di Stéfano detiene el ensayo, es tiempo de la entrevista con LA NACION. Aclara que será breve porque tiene poco tiempo.
Cuando se sienta en una butaca, todo parece modificarse. Inicia la entrevista sin que medie pregunta. Habla casi sin parar. Italia, Dinamarca, Argentina, se cruzan en su discurso. Recuerda una experiencia similar que realizó junto "a los mejores actores de la ex Unión Soviética". Cita sus proyectos próximos. Irá a Boston, Detroit y Lisboa. Lamenta que se haya suspendido una propuesta que le habían hecho en la provincia de Corrientes.
Cómo se hace para detenerlo, piensa este cronista que viajó siete horas para encontrarse con él. Tiene la energía de sus 63 actores amateurs. Llega un momento en que habla de los sueños: "Mi sueño es hacer un teatro total. Buñuel decía que no hay diferencia entre el sueño y la realidad, todo es sueño. Quiero proyectar los sueños de los otros"... Ya es tiempo de pregunta
-¿Cómo se pueden proyectar 63 sueños, además de los propios?
(Se detiene. Piensa.)
-El hombre moderno está muy alienado, se ha transformado en un gran pasivo. La única manera de detener eso es si cada día puede realizar un sueño pequeñito. Tal vez plantar un tomate, que verá crecer y más tarde se llevará a la boca. De esa manera participará de la vida. Aquí trato de que cada uno sea creador, protagonista. Así cumple su sueño.
-¿Al cabo de 40 experiencias de teatro comunitario descubriste que los sueños de los individuos se repiten?
-Sí. Todos se integran al proyecto para lograr libertad creativa. Todos quieren ser artistas. Y hay algo más, ninguno quiere hacer un personaje negativo. Después de mucho explicar logro que se animen a eso. Entienden que los personajes malos son los que ofrecen mayores posibilidades y a la vez permiten mostrar más plenamente las contradicciones de la vida.
-¿Qué hacés cuando llegás a una comunidad, como ésta, por ejemplo, que no conocés?
-Empiezo a mirar a la gente, escucho a las diferentes clases sociales. Voy a los cafés, a las discotecas. Y un día propongo hacer un espectáculo, no sólo con gente que hace teatro. Organizo un encuentro público en el teatro principal de la ciudad y aquí explico que quiero hacer un trabajo con la comunidad para la comunidad. Después tomo dos semanas para construir el espectáculo. Doy entrenamiento, enseño a construir personajes, improvisamos, hacemos escritura teatral. Mi idea no es seleccionar artistas sino difundir el valor social y cultural del teatro como vehículo de comunicación, como una forma de encontrar lo que hemos perdido, la plaza.
- ¿La plaza..?
- Sí, ese lugar al que ya no vamos, donde no nos reunimos a conversar, a compartir ideas, proyectos. De forma experimental quiero hacer una plaza cerrada. Un lugar de encuentro, donde la gente pueda reflexionar sobre la realidad que vive y pueda hacer una lectura crítica de su sociedad. El espectáculo es una expresión de eso. No quiero reconstruir folklóricamente la historia de Casilda. Me interesa el presente, el ahora.
-¿Qué pasó con esta comunidad cuando hablaste del proyecto?
- Es como que lo estaban esperando. Pensé que iba a trabajar con 25 personas y son 63. Creo que la gran crisis que vive el país y aun este miedo mundial que estamos sintiendo, nos llevan a tener muchas ganas de vivir el hoy. Esta gente hasta cambió el ritmo de sus vidas. Y eso es bueno. Casilda es una ciudad con 40.000 habitantes y la gente no se conoce, excepto en sus pequeños grupos. El teatro les está posibilitando compartir un proyecto común, conocerse.
Muchos de los que esta noche reciban el aplauso de sus familiares, amigos, vecinos o conciudadanos comprobarán que un sueño se ha cumplido. Una vez más el teatro posibilitó que algunas conciencias se modifiquen. Qué más.






