Un trío de magníficos actores
El gato que pesca . Libro, música, puesta en escena y dirección: Gastón Cerana. Con: Hernán Muñoa, Diego Alcalá y Horacio San Yar. Coreografía: Diego Bros. Producción musical, arreglos e interpretación: Silvio R. Marzolini. Arte: Bárbara Canceller. Diseño de iluminación: Debans-Cerana. Producción general: Mauro Debans. Voces en off : Omar Calicchio, Lidia Catalano, Dalia Elnecave y Veronika Silva. En la sala 2 de La Comedia, Rodríguez Peña 1062 (4815-5665). Domingos, a las 20.
Nuestra opinión: muy buena
Tiene mucho encanto esta "fábula de la leyenda", y materia para reflexionar, bajo su apariencia inocente de cuento de hadas. O de brujas, más bien. Es la historia de Jovín Riodulce, un muchachito llegado desde su patria en guerra, junto con muchos otros, en una balsa, a las costas de un país innominado, pero fácilmente reconocible. Como ocurre hoy a diario en el mundo entero, bajo el pretexto de ampararlo es prácticamente vendido al Licenciado Magno, un sinvergüenza, estafador y, si es necesario, asesino, que lo convierte en su esclavo. Sometido a maltrato y vejámenes sin cuento, hambreado y apaleado por cualquier nimiedad, el tímido y dulce Jovín es obligado a trabajar en la tienda de artesanías del Licenciado, donde se venden chucherías que pasan por auténticas. Entre ellas, la efigie en madera de un gato pescador, con su correspondiente pececito en el extremo de la línea.
Algunos turistas -un mexicano que ostenta "los bigotes de Frida Kahlo", y un norteamericano fanfarrón- visitan la tienda, donde la fácil labia de Magno pretende embaucarlos, dando lugar a episodios muy divertidos. En una de esas, el Gato que Pesca cobra vida e incita a Jovín a rebelarse. Las diversas alternativas de este proceso de liberación son la esencia de una anécdota, que reitera, en clave de humor (bastante negro), el consabido contrapunto entre el amo y el esclavo, el déspota y su víctima, a veces hasta complaciente. Tal el caso de Jovín, quien tardará bastante en proclamar su independencia, que le costará muy cara.
Eficacia y sensibilidad
Mientras tanto, se disfruta de un espectáculo ameno, agilísimo, en el que se lucen tres excelentes actores -mimos, acróbatas, bailarines, cantantes, cómicos o patéticos, según lo requiera el libreto- de prodigiosa versatilidad. Muñoa es un torvo Licenciado que, sin embargo, deja asomar su desolación afectiva; Alcalá se multiplica en muchos personajes, transitando de uno a otro con expresividad y velocidad notables, y San Yar posee la genuina dulzura que su nombre de ficción le exige. Por momentos, se tiene la impresión de asistir a un dibujo animado, a tal punto que los intérpretes parecen estar en varios lugares del escenario al mismo tiempo, con ritmo indeclinable. De paso, entre una voltereta y otra, o un atractivo cuadro coreográfico, el texto de Cerana (recordado por El señor Martín ) reflexiona sobre los aspectos más ingratosde la vida actual en este planeta enloquecido, con un humor ríspido merecidamente festejado por el público. La única objeción apunta al dilatado trámite del desenlace, pero Cerana no es el único cultor de esa morosidad, en ella lo acompañan algunos de nuestros dramaturgos más calificados. La mínima reserva no empaña, en absoluto, la rotunda eficacia y la sensibilidad poética de una historia dedicada "a los niños, que persisten en la edad adulta, y a los adultos, que serán los niños de hoy".







