Una mujer enfrentada al mundo

Alejandro Cruz
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1 de diciembre de 2001  

"Orejas caídas y hocico casi cilíndrico", de Marcelo Bertuccio. Con Andrea Vázquez. Diseño sonoro: Gustavo Lucero. Dramaturgia: Laura Garaglia. Libro y dirección: Marcelo Bertuccio. En el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930). Funciones los domingos, a las 21.

Nuestra opinión: buena

Nuevo trabajo del dramaturgo y director Marcelo Bertuccio, el mismo que -entre otros trabajos- hace unas temporadas asomó en el panorama teatral con ese brillante texto llamado "Señora, esposa, niña, y joven desde lejos" y que, con menor suerte, el año pasado el Teatro San Martín estrenó "El señor Bergman y Dios", pieza suya dirigida por Roberto Castro.

Como en el primer montaje mencionado, este espectáculo que se ofrece en el Centro Cultural Recoleta tiene mucho de radiofónico. Y hasta en ese aspecto, Bertuccio, como puestista de su propia obra, trató de indagar ese aspecto en la puesta en escena. Quizá por ese motivo, "Orejas caídas y hocico casi cilíndrico", así se llama la obra en cuestión, comienza con largos minutos con el escenario apenas iluminado por rayos de luces que aparecen desde los costados del auditorio.

En medio de esa sugestiva atmósfera, se escucha esa especie de confesión desesperada, oscura, delirante de esta mujer que comienza diciendo en off: "Suena el teléfono, pero me escondo, escucho primero quién es. "Ay si pudieras decir que no en vez de esconderte", me dice una amiga. Alguna tengo, tantas que no me acuerdo cómo se llaman. Como no las veo, porque vivo tan lejos y no salgo ni una vez,vez, vez, vez".

Ese juego de repetición casi se transforma en un balbuceo, como la única posibilidad de verbalización, de decir algo a alguien que ya ni sabe, ni conoce ni, quizá, conoció alguna vez. Este clima domina todo ese largo monólogo que la actriz Andrea Vázquez se banca solita, como el personaje en cuestión. Tan sola en el escenario, tan entre un afuera peligroso y un adentro como búnker, pero desplegando una enorme batería de herramientas, de tonos, de muecas, de silencios en medio de una reiteración constante de una letra final. Como si fuera un juego caprichoso, un sinsentido, pero de enorme atractivo dramático.

El texto de Marcelo Bertuccio posee momentos atrapantes, de una crudeza apenas matizada por un humor latente que sirve para dar respiro, para darle a este personaje (y al público) la posibilidad de tomar aire en medio de ese afuera que se cae a pedazos y que ella, con su fusil en la mano, se queda haciendo guardia, buscando refugio, gritando casi sin voz.

Trabajo en el espacio

De todas maneras, algunos aspectos de puesta no terminan de encontrar el punto adecuado a ese juego tan atractivo. Por empezar, la sala del Auditorio de Recoleta no es el mejor espacio para este montaje de tono intimista, para esta especie de confesión de esta mujer dispuesta a ponerle el cuerpo a un mundo temible.

Es más, cuando en un momento la actriz deja el escenario solo, el penoso estado en el cual se encuentra la sala pasa a convertirse casi en el protagonista de la escena. Pero ese protagonismo no se convierte en metáfora del texto. Por lo cual esa especie de bache genera un tiempo muerto que quita densidad a la trama, que hasta alarga la pieza innecesariamente.

De todos modos, la inteligencia del texto y el despliegue actoral que realiza Andrea Vázquez pueden contra todo bache. Con "Orejas caídas y hocico casi cilíndrico", Bertuccio recupera ese clima mágico, intimista que tan gratamente sorprendió en "Señora, esposa, niña, y joven desde lejos".

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