
Una obra clásica con personajes salvajes
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La Celestina , de Fernando de Rojas. Versión libre y dirección: Daniel Suárez Marzal. Con Elena Tasisto, Julieta Díaz y Sergio Surraco. Cantante: Pehuén Díaz Bruno. Cantante y composición musical: Nicolás Bernazzani. Preparador y músico en escena: Miguel de Olaso. Diseño y realización de video digital: Christian Parsons, Paula Spagnoletti. Iluminación: Nicolás Trovato. Diseño de vestuario: Renata Schussheim. Escenografía: Horacio Pigozzi. Asistencia de vestuario: Andrea Mercado. Asistencia de dirección: Silvia Sacco. En el Regio (Córdoba 6052). De jueves a sábados, a las 20,30, y domingos, a las 20. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
El Siglo de Oro español ha marcado buena parte de la última producción desarrollada por el director Daniel Suárez Marzal. Ahora La Celestina , el clásico de Fernando de Rojas, ocupa su atención y no solamente para llevarlo a escena. El creador se ha introducido con fuerza en el interior de esa pieza, la ha confrontado con una primera versión novelística y ha generado un nuevo texto. Celestina, Calisto y Melibea son los únicos personajes que suben al escenario. Los tres concentrarán esa tragicomedia y sus mundos privados aparecerán más sólidos, porque sus conductas no tendrán más opciones que confrontarse sólo entre ellas y eso potencia y le da mayor contundencia a la acción.
A cada uno de los personajes les ha extremado sus formas de ser, haciéndoles mostrar hasta dónde son capaces de llegar y qué armas utilizan para conseguir sus objetivos. Mientras que Celestina aparece exactamente como la ha calificado el autor ("puta vieja, remendadora de virgos y maestra grande"), inescrupulosa a la hora de tejer el ardid que motivará el conflicto de la pieza; a Calisto lo muestra como un terrible seductor aventurero, apasionado hasta la médula y dispuesto a todo con tal de conseguir a su amor; Melibea carga con las contradicciones de su condición: joven virginal que despierta al amor en el marco de una sociedad condicionada por fuertes prejuicios. Los tres, a su tiempo, son casi salvajes en sus formas de actuar y relacionarse.
De enlaces y puentes
Pero Suárez Marzal busca también acercar el clásico al mundo contemporáneo y lo hace a través de varios canales: por un lado, dos contratenores irán marcando ciertas circunstancias de la acción y, a la vez, sus melodías irán haciendo avanzar el tiempo. El magnífico diseño escenográfico de Horacio Pigozzi, desarrollado con proyecciones que definirán ambientes, demostrará que también hoy esa realidad que surge de la escena moviliza a quien la observa. Los trazos del vestuario de Renata Schussheim también cruzan los tiempos: en Celestina, la creadora juega con valores del mundo mítico al que podríamos colocar al personaje; en tanto que, para los jóvenes, las marcas del vestuario resultan muy actuales.
Elena Tasisto, en el rol de Celestina, muestra una fuerte convicción. Su personaje está cargado de matices y va a fondo en cada una de las situaciones que atraviesa. Sus juegos con Calisto son de una fuerte potencia. Julieta Díaz compone a su Melibea también con justeza. La juventud extrema que demuestra al comienzo va modificándose a lo largo del espectáculo para terminar ingresando en una madurez conmovedora. Sergio Surraco le impone a Calisto un desenfado llamativo. La pasión lo lleva al desenfreno, lo que parecería extremar un costado en que la ternura se consolida y define su personalidad.
En los tres intérpretes, el verso fluye con suma precisión, lo que demuestra también un trabajo muy importante de Suárez Marzal, no sólo a la hora de marcar a sus actores sino, sobre todo, al construir la versión.






