Una obra póstuma: un grupo de amigos, una charla después de una función y un debate que se vuelve potente
El ávido espectador es un gran homenaje a su autor, Alejandro Zingman, que falleció en 2024; la pieza reflexiona sobre el hecho teatral
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El ávido espectador. Autor: Alejandro Zingman. Intérpretes: Carolina Adamovsky, Javier Lorenzo, Juliana Muras, Analía Sánchez, Mariano Sayavedra, Carolina Tejeda. Vestuario: Mariana Seropian. Escenografía: Cecilia Zuvialde. Iluminación: Alejandro Le Roux. Composición musical: Marcelo Katz. Dirección: Carolina Adamovsky. Sala: Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815. Funciones: jueves a domingos a las 21. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: buena.
Reflexionar sobre la actividad teatral siempre resulta una tarea compleja. Involucra a espectadores, autores, actores, directores y técnicos. ¿Desde dónde un espectador analiza una propuesta teatral? ¿Lo hace desde su experiencia personal?, ¿desde su contacto continuo con el autor que escribe las obras?, ¿desde las nuevas propuestas que aportan algunos maestros?, ¿analiza el público a qué período social-histórico pertenece la pieza que está viendo?
Es muy difícil responder esas preguntas. Pero estas y muchas más se hace el autor, actor y director Alejandro Zingman en su obra póstuma (falleció en 2024). El ávido espectador es un texto pequeño, en verdad, que plantea más de una reflexión sobre el hecho teatral. La pieza no posee un profundo desarrollo de las situaciones que va construyendo. Es como un bosquejo de pieza que, tal vez, quedó inconclusa pero, aun así, es muy atractivo como material dramatúrgico porque está cargado de planteos que resultan muy potentes, no solo para el público sino, además, para un creador escénico.
Un grupo de amigos asiste a la función de una obra, supuestamente de teatro independiente, y luego se reúnen en la casa de un matrimonio que integra ese grupo para beber y comer algo. Están acostumbrados a esta rutina de ir juntos a ver teatro. Pero, extrañamente, no recuerdan nombres de autores, actores, directores. Apenas reconocen escenas, textos, pequeños momentos que los han conmovido. Como si el teatro fuera una actividad que los nuclea para reunirse y después hablar de ellos, de cada uno, aunque no en profundidad.
Durante 60 minutos el espectador se entera mínimamente de qué profesión poseen, cómo han llegado a relacionarse para generar ese vínculo. Quien observa, solo debe seguir los parlamentos, la mayoría de las veces dislocados, para comprender quiénes son esos seres que ocupan la escena.
Tema
Con el correr de la acción se descubre que, se trata de un juego de cajas chinas, en el cual ellos son personajes, actores y espectadores de su propio drama. Cuál es el tema: qué posición adopta ese ávido espectador cuando va al teatro y trata de ir adaptándose a los cambios que se producen a través de las décadas.
Algo de la esencia de Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello sobrevuela la obra. Pero aquí queda claro que se trata de espectadores que intentan develar qué lugar ocupan dentro de un entramado mayor: las producciones que van a ver. Hacen hincapié en que asisten a un espectáculo con ganas de reírse o llorar, pero aclaran que después de la posmodernidad y la posverdad algo se ha perdido. Y entonces no saben cómo encajar en este nuevo entramado escénico.
El teatro termina siendo una excusa también para recordar otros momentos de la actividad: aquellos que sucedían en los 80, los 90 (y que fueron muy próximos al autor, ya que Zingman formó partes del grupo Caraja-ji por esos años y publicó sus primeros textos a través del Centro Cultural Rojas).
Carolina Adamovsky, directora y actriz de este proceso escénico, logra que el equipo actoral se sume con mucho compromiso a este proyecto. Ella participó en otras obras de Zingman o lo tuvo como actor y colaborador en producciones propias (Comunidad, Elsa, entre otros). Siempre estas colaboraciones fueron muy poderosas. Este homenaje a Alejandro Zingman también lo es.
Adamovsky trabaja con un grupo de creadores muy destacado que, si bien, batalla con un texto extremadamente absurdista, logra imponerse en escena con mucha vitalidad y, así, El ávido espectador, se transforma en una profunda reflexión sobre el lugar del autor, del intérprete, del director y, aún el público, en estos tiempos tan difíciles que nos toca vivir, guerras de por medio (referencia del autor).
La obra posee actuaciones muy intensas como las de Carolina Tejeda, Javier Lorenzo, Juliana Muras y en roles más pequeños (o menos definitorios en la dramaturgia), Analía Sánchez y Mariano Sayavedra. También resulta muy atractiva la aparición de Carolina Adamovsky, en reemplazo de Tejeda, al final del espectáculo.
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