
Una pieza deshilachada, confusa y dispersa
No alcanza la acreditada pericia de la directora Tritek
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Cremona, de Armando Discépolo, adaptada por Roberto Cossa. Con Alberto Anchart, Enrique Liporace, Aldo Barbero, Lucrecia Capello, Héctor Fuentes, María Fridman, Roberto Vallejos, Marcelo Bucossi, Duilio Orso, Alejandro Viola, Angela Ragno, Miguel Moyano, Luciano Bonanno, Alexia Moyano, Mercedes Scápola, Emiliano Menéndez, Iván Chernov, Martín Piñol, Carla Pantanali Sandrini y Sandro Nunziata. Producción CNT: Gabriel Gianoia. Coreografía: Sandro Nunziata. Música: Diego Schissi. Luces: Omar Posemato. Vestuario: Julio Suárez. Escenografía: Alberto Negrín. Dirección: Helena Tritek. En la sala María Guerrero, del Teatro Nacional Cervantes. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: regular
La escribió en Italia, cerca de Nápoles, y la estrenó en el Apolo, en 1932. "Era corta -dice Armando Discépolo, refiriéndose a Cremona - y la alargué porque algunos de sus personajes, condenados al mutismo, pobrecitos en las noches aullaban." En esta misma declaración se refiere al estreno como "una bella y desafortunada circunstancia". El infortunio siguió persiguiendo a Cremona en su formato ampliado: hubo de representarse en el Cervantes en 1968, pero "aparecen algunos inconvenientes y el propósito se posterga", según informa Luis Ordaz en su Historia del teatro argentino . Nuevas demoras surgen cuando el proyecto se traslada al San Martín, hasta que Discépolo se cansa, la retira y escribe en la revista de Argentores, en la segunda quincena de agosto de 1970, " Cremona ha vuelto a mis manos y quién sabe si se estrenará algún día, al menos mientras yo viva". Palabras proféticas, puesto que al fin se puso, cuatro meses después de la muerte del autor, el 24 de mayo de 1971, en la sala Martín Coronado, dirigida por Roberto Durán, con Fernando Vegal como protagonista, acompañado por Osvaldo Terranova, Luis Politti, Zelmar Gueñol, Fernanda Mistral, Roberto Mosca y Alberto Fernández de Rosa, entre otros. La monumental, magnífica escenografía, minuciosamente naturalista, fue de Saulo Benavente.
No sólo mala suerte
Que la mala suerte haya perseguido a Cremona quizá tenga algo que ver con sus debilidades estructurales. Es una pieza confusa y deshilachada, dispersa en una cantidad de pequeñas historias que, en vano, procuran centrarse en un protagonista igualmente incierto. ¿Quién es? ¿Qué es Cremona ? ¿Un simple inmigrante italiano, vendedor callejero de golosinas, inquilino de un conventillo donde se reúnen varias nacionalidades en conflicto, según el modelo canónico del sainete porteño? ¿O una suerte de santón, de maestro espiritual encarnado en un hombre bueno, generoso y pacífico que debe lidiar con las peores inclinaciones de su prójimo? Discépolo, que tan agudamente describió, en una de sus obras maestras, Babilonia (1925), la dureza y la soberbia de los inmigrantes afortunados, muestra en Cremona otra mueca feroz de la miseria: la lucha de pobres contra pobres. Pero no alcanza para rescatar las imprecisiones de la anécdota ni la flojera de muchos recursos bastante pueriles.
Ni alcanza la acreditada pericia de la directora Tritek para rescatar las incoherencias del libreto ni la inclusión de cantos y bailes folklóricos para animar un asunto que no da para más. A lo sumo, son elogiables algunos trabajos: Alberto Anchart, Enrique Liporace, Aldo Barbero, Lucrecia Capello. Muy lejos de Stéfano , que sigue siendo su obra maestra, y de Babilonia , esta Cremona debería permanecer en los archivos. Acaso fue un error de Discépolo el dilatar la primera, más breve versión.






