
Una Sarah exagerada y confusa
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¡Oh, Sarah!, de Ariel Mastandrea. Intérprete: Juan Mako. Escenografía y vestuario: Alejandro Mateo. Dirección: Gabriel Rovito. Teatro de la Fábula, Agüero 444.
Nuestra opinión: regular
Debemos admitir que Sarah Bernhardt (1845-1923) fue una gran actriz, según testimonio de sus contemporáneos: lo que de ella queda en algunos rollos de cine mudo y en un cilindro de cera grabado por Edison equivale a la visión de unas ruinas prestigiosas. Lo concreto es que con talento para la actuación y verdadero genio para la publicidad, Sarah convenció al mundo de ser la más grande actriz que jamás existiera, y la leyenda se mantiene incólume hasta hoy, con la sola oposición de los partidarios de su rival, Eleonora Duse.
Sea como fuere, Sarah se inventó un personaje fascinante, de múltiples facetas, a menudo contradictorias. Extravagante, seductora (pese a ser muy delgada, cuando regía el canon de la mujer opulenta), caprichosa, pródiga en amores y amoríos, segura de sí misma hasta la arrogancia, astuta comerciante, supo con exactitud qué resortes tocar para estar siempre en boca de todo el mundo: como ella decía, "desde los Urales hasta las Rocallosas". ¿Cómo recrear a semejante monstruo sagrado ante el público de hoy, cuando rigen otros códigos, si es que rige alguno? El tema de la autopromoción casi no se ha modificado y las triquiñuelas publicitarias de Sarah siguen siendo utilizadas por la gente de la farándula. Sólo que el artefacto cargado de abalorios y manierismos que nos proponen sus fotografías y su sombra -casi cómica- en la pantalla no puede tener sino un significado paródico para el espectador actual. Desde la pérfida y obesa matrona caricaturizada por Jean Anouilh en Colomba , hasta la más humana y cínica protagonista de El grito de la langosta (que aquí interpretaron Cipe Lincovsky y Alicia Berdaxagar), pasando por una olvidable Dama de las comedias que hizo Iris Marga, más de medio siglo atrás en el Cervantes, el intento de evocar a la "Divina" siempre ha tropezado con un problema de verosimilitud. Esta ¡Oh, Sarah! del Teatro de la Fábula, no escapa a ese destino previsible.
Concebida como un homenaje a la abuela del director Gabriel Rovito, la gran actriz Alba Mujica, admiradora de Bernhardt, la obra de Mastandrea parte de un supuesto interesante: que Sarah sea un hombre, ya que la diva francesa encarnó a menudo personajes masculinos (hasta se animó con Hamlet). Y si bien el joven Juan Mako asume con entusiasmo y condiciones una interpretación agotadora que lo obliga a transitar por un verdadero caleidoscopio expresivo, no deja de aparecer como un travesti que, como tal, exagera a menudo. La ambigüedad informa también al texto, pero no para enriquecerlo sino para abrumarlo con el equivalente parlanchín de la bijouterie de fantasía con que Sarah adornaba a su arqueológica Teodora de Bizancio.



