Enamorarse es hablar corto y enredado: una sinfonía de climas y palabras que hacen al amor

Jazmín Carbonell
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28 de septiembre de 2017  

Enamorarse es hablar corto y enredado / Dramaturgia y dirección: Leandro Airaldo / Intérpretes: Soledad Piacenza, Emiliano Díaz / Escenografía: Miguel Nigro / Sala: Nün Teatro (J. Ramírez de Velasco 419) / Funciones: jueves, a las 21 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

¿Cuántas historias de amor han comenzado con una charla, espontánea, imprevista, sorpresiva? En el repaso de cómo empezó tal o cual romance es imposible precisar cuáles fueron las palabras exactas que se dijeron, cómo fue que se pasó de hablar sobre temas triviales como el clima a recalar en profundos secretos guardados. Dos personas se encuentran en un mismo sitio, por razones diversas, comienzan a conversar, se conocen, se investigan y casi sin notarlo empiezan a gustarse. O dos personas tienen ánimo de amar y se disponen a la aventura que implica conocer a otro. ¿Qué es primero entonces: la charla que posibilita el amor o el arrojo que implica tener disposición a conocerse? En ambos casos se necesita tiempo, detenerse, conectarse con el entorno. Qué mejor, pues, que un banco de plaza, con la banda de sonido de un parque de fondo, para que el encuentro y la magia entonces se produzcan.

Aquellas preguntas sin respuesta acompañarán toda la pieza. Si el ocio nació antes que el mate o el mate generó el ocio, o paralelismos tales como que la yerba se parece a los vínculos porque ambos necesitan tiempo y paciencia para amansarse bañan de cálido costumbrismo la propuesta, que se centrará en la charla de dos extraños que pertenecen a distintos mundos. Él es un hombre de campo, viudo y con dos hijos; ella es una chica de ciudad, la soltera que jamás conoció el amor. La casualidad los hace confluir en un banco de plaza.

La espera será la mejor excusa para que se conozcan. El puntapié es pequeño, pero Leandro Airaldo -dramaturgo y director de la obra- construye un tejido precioso que va tomando forma, como el gusano que se convierte en mariposa, y que termina como el comienzo de una historia de amor. Desnuda ese primer diálogo torpe, en el que no se conoce nada del otro. Es ese momento en el que no se sabe cómo hacer para gustar, para sorprender, cuando una cierta sinceridad predomina, se habla corto, enredado, sin organización, los temas se superponen, los silencios incomodan hasta que, casi por arte de magia, las dos personas se gustan.

El texto, cargado de poesía, bello y profundo -ganador del Torneo de Dramaturgia disputado el año pasado en Timbre 4- es lo suficientemente eficaz como para mantener a la platea entretenida y cargada de emoción.

Se necesitan, claro, dos actuaciones como las de Soledad Piacenza y Emiliano Díaz: precisas, dinámicas y con resto para que -aun quietos en un banco, sin desplazamientos, sin recorrer el espacio- puedan generar acciones que deleiten a la platea. El resto de los elementos escénicos se unen y se ensamblan otorgando profundidad y honestidad al tema. Una escenografía que contiene a estos dos seres, una luz cálida que los baña y los tenues sonidos que llegan del parque que se vuelven fundamentales para ganar espesor, completan la puesta tan acertada como bella.

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