Yerma
Daniel Suárez Marzal le puso color y fuerza andaluza a la obra de García Lorca
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Autor: Federico García Lorca l Dirección: Daniel Suarez Marzal. Con: Malena Solda, Sergio Surraco, Pepe Monje, Tina Serrano, Ana Maria Castel, Susana Lanteri, Soledad Argañaraz, Victoria Baldomir, Cecilia Belmonte, Amanda Bond, Paula Budnik, Monica D'Agostino, Sebastian Duffy, Zuleika Esnal, Maia Francia, Guillermo Forchino, Mariana Giovine, Andres Molina, Daniel Nuñez, Lorena Proietto, Alexis Sabbione, Carla Pantanali Sandrini, Natalia Señorales, Maria Viau, Laura Wich, Alejandro Zanga, Geromo Amador (cantaor), Maribel Herrera (bailaora) y Sebastian Esposito (guitarrista flamenco) l Coreografia: Omar Saravia / Musica original: Federico Garcia Lorca y Sebastian Esposito / Iluminacion: Nicolas Trovato / Vestuario: Mini Zuccheri l Escenografia: Marcelo Valiente / Asistencia de direccion: Marcelo Mendez / Sala: Teatro Nacional Cervantes / Duracion: 100 minutos.
Nuestra opinión: Muy buena
Malena Solda es Yerma. Y lo es desde el mismísimo momento en que sube a escena. Duele el dolor de esta mujer que desea tener un hijo más que nada en el mundo. Por eso "nadie se casó más feliz" que ella hace dos años y veinte días... y nada. Se cumplen los tres años y ella sigue "seca" aunque "sólo me echaba boca arriba y me ponía a cantar". El tiempo pasa y ella cose ropitas para otros bebes, pero cada vez más oscura, desesperada; así y todo, no se resigna, como sí lo hace Juan, el hombre con quien se casó sin temor alguno, feliz de lo que vendría.
No se ve en escena esa etapa de felicidad primaria de Yerma, pero se intuye, se transparenta en sus recuerdos vueltos palabras. La obra de Federico García Lorca ya comienza con ella rumiando soledades, pero hay una curva en esa tristeza y Malena Solda la recorre con tal sutileza que es posible verle algunos vestigios de esperanza, de potencial alegría que se va apagando muy de a poco hasta casi enloquecerla. No hay otra cosa para ella que ese hijo que se resiste a llenarle los brazos. Tampoco el recuerdo de viejas y buenas sensaciones la liberan del peso moral que tiene sobre los hombros: los hijos deben de ser del hombre con el que duerme cada noche, no de otro.
Por eso cree en recetas mágicas, se anima a lo que nadie. Pide, ruega, suplica por un hijo, pero nada.
Yerma vive su tragedia y nosotros (el público) la vivimos con ella. Es imposible quedarse impávido frente a las palabras desgarradas que le hace decir García Lorca a su protagonista. Es imposible quedarse impávido frente al modo en que Malena Solda se las apropia. No se queda atrás el Juan que compone Sergio Surraco, enjuto y dolorido como ella, pero por otros motivos. No extraña al hijo que no viene, sino a la mujer obediente que no tiene.
Bien oscura es esta Yerma a la que Daniel Suárez Marzal le da color a través de la fuerza del flamenco. Bailaores, cantaores y guitarrista pintan de rojo la escena con pequeñas apariciones que bien matizan lo que allí se vive. Sólo hacia el final hay algo que se corre de tono, y es que reaparecen estos artistas pero casi como si fuese un espectáculo dentro de otro: la romería le da excusa a Suárez Marzal a darle rienda suelta a estas melodías, pero en un registro distinto al de la obra. Hay algo de espectacularidad que tiene otra textura a la que se venía desarrollando.
Más allá de esto, que en el conjunto no es más que un detalle, la Yerma de Suárez Marzal es un disfrute enorme. El elenco completo -y el ensamble, por llamarlo de alguna manera- trabaja ajustado, entregado, dispuesto a contar con minuciosidad esta dolorosa historia. Hablar de los actores sería casi una enumeración, pero no se puede dejar de mencionar a Pepe Monje con su Víctor, o a Tina Serrano y su vieja pagana. Suárez Marzal le dio posibilidad de lucimiento también a dos actrices como Ana María Castel y Susana Lanteri. Todas mujeres fuertes, dolidas, como las que gustaba pintar García Lorca.
La escenografía de Marcelo Valiente es, dentro de los rubros técnicos, la que mejor traduce la idea seca, escueta, mínima de puesta del director. Unos bien resueltos carros móviles se convierten en mesa, cama y demás paisajes; son efectivos, funcionales y estéticamente atractivos. Se nota el deseo puesto en escena. Esta Yerma es un gran trabajo altamente disfrutable, si se puede decir que el desgarro se puede disfrutar. Pero así es el teatro.





