Yo, Encarnación Ezcurra: lúcido retrato de la mujer de Rosas

Alberto Catena
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30 de julio de 2017  

Yo, Encarnación Ezcurra / Libro: Cristina Escofect / Dirección: Andrés Bazzallo / Intérprete: Lorena Vega / Canto, música original y arreglos musicales: Sebastián Guevara, Agustín Flores Muñoz y Malena Zuelgaray / Luces: Soledad Ianni / Asistente de dirección: Pablo Cusenza / Sala: Teatro del Pueblo / Funciones: domingos, a las 17 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

El diálogo de la ficción con el pasado suele con frecuencia ser muy eficaz al señalarnos lo efímero que resulta el poder y las fantasías de permanencia que lo acompañan que infinidad de biografías que suponen contar todo sobre la vida de ciertos personajes de la historia. El desolado final de Juan Manuel de Rosas en el condado de Swanthling que nos ofrece la novela El farmer, de Andrés Rivera, tiene una potencia descriptiva sobre ese destino que nos calza a todos que difícilmente hubiera podido lograr una pesquisa basada en la pura documentación. Algo de esto que decimos, sin ser lo mismo, se puede comprobar en Yo, Encarnación Ezcurra, de Cristina Escofet.

Hay un recorte en este intenso retrato que la autora hace de quien fue la mujer de Rosas y su mano derecha en el camino hacia el poder total, que ahonda en aspectos que van más allá de lo anecdótico para alojarse en hallazgos más profundos y trascendentes. Su perfil, sin dejar de mostrar los rasgos que la distinguieron (una astucia, sensibilidad hacia los más vulnerables y bravura de carácter) subraya sobre todo la decisión de esa mujer de jugar un papel que le estaba vedado al género en su tiempo. Veda que aún hoy ciertos sectores desearían mantener si viene asociada a un cuestionamiento del statu quo. Esa valentía y determinación son las que se proyectan con más vigor hacia el presente, sin que eso habilite a hacer comparaciones fáciles. Ni tampoco a silenciar opiniones sobre su rol que, como todas las que se emiten sobre aquel período, suelen suscitar visiones demasiado radicales y llenas de prejuicios.

El otro rasgo de la lucidez de Escofet es que ubica al personaje en un pasaje de su vida en que su estrella comienza a ensombrecerse. Tal vez por impulso de su marido, al que su amigo Manuel Vicente Maza le aconseja en una carta desplazarla hacia un segundo plano, o por otra razón, sus últimos años (murió joven, a los 43 años) se desarrollaron bajo un cono de mutismo que le causaba malestar, desasosiego. Circunstancia que otorga a ese perfil una atmósfera más dramática en lo humano y en lo teatral. Sin ocultar su devoción por Rosas, ella se muestra consciente de cuáles fueron sus fortalezas, pero también sus debilidades, "aquellas que le permiten avizorar que la ambición de poder que no dialoga con sus contracciones lleva el signo de la derrota", dice la autora con muy fino sentido político.

Desde luego, ninguna de estas consideraciones tendrían una buena encarnación si el texto no tuviera escrito con una mórbida y acariciante plasticidad poética y una caracterización apasionada y vehemente de la protagonista que, en el cuerpo, la voz y la capacidad virtuosa de Lorena Vega de transitar por distintos estados emocionales con igual eficacia, consigue magníficos niveles de expresión. Esa actuación se apoya sobre una excelente partitura musical, que acompaña los diversos estados por los que pasa Encarnación. La delicada y precisa dirección de Andrés Bazzallo permite que, en la puesta, todos esos planos artísticos nunca se superpongan ni se molesten, sino que colaboren en un mutuo enriquecimiento.

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