
¡Alcoyana, Alcoyana! Hace 30 años nacía Atrévase a soñar, el inolvidable gran éxito de Berugo Carámbula
Hace tres décadas comenzaba su primera temporada este programa basado en la simpatía de su animador, en la ingenuidad de sus juegos y en las frases que aún hoy son repetidas por la gente
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“¡Alcoyana Alcoyana!” “¡Capri Capri!”. En la historia de la televisión argentina existieron ciclos que trascendieron a su época y se transformaron en gratos e imborrables recuerdos de la memoria colectiva. Clásicos populares. Y así como el éxito es un misterio, las claves que llevan a la trascendencia de un programa son variadas.
No siempre se trata de grandes creaciones ni formatos novedosos. En no pocos casos, son títulos que se arraigaron en la audiencia por otro tipo de razones que generaron atracción y anclaje en el tiempo. “Venga... y atrévase a soñar” se encuadra en esta tipología. Se trataba de un programa de entretenimientos con desafíos muy simplones que debían cumplir participantes mujeres. Nada nuevo y con escasa producción. Pero, ante la sola mención del programa, una sonrisa se dibuja a modo de homenaje. Un programa recordado. Aún por aquellos que no lo miraban.
¿Cuál fue su mérito? ¿Por qué aún hoy resuenan latiguillos utilizados en sus emisiones transmitidas por Canal 9 Libertad? Indudablemente, el carisma de Berugo Carámbula , su conductor, fue uno de los pilares en los que se sostuvo el programa durante varias temporadas. Un éxito que se estrenó en 1987 y lideró la franja de las 18 hasta la temporada de 1991.
“Una idea de A.R”, rezaba una de las placas de los títulos de apertura. ¿A.R.? Sí, Don Alejandro Romay, dueño del "Canal de la Palomita”, era el responsable de la propuesta creativa que contaba con un equipo de guionistas que potenciaba el rol del animador. El “Zar” era el ideólogo de la mayoría de los envíos que poblaban la grilla del canal que emitía desde un laberíntico edificio en la mítica dirección de Gelly 3378. “Venga... y atrévase a soñar” no fue la excepción.
Las mujeres de Berugo

Carámbula se mostraba rodeado de mujeres. Dos secretarias y cuatro participantes. Las integrantes del staff tenían un pefil “familiar”, alejadas de otro tipo de ayudantes de set más sensuales y sugestivas. Con look de secretarias ejecutivas, hombreras de prócer y jopo irreprochable, ayudaban al dueño de casa a desarrollar cada pasatiempo.
En cuanto a las participantes, en general se trataba de amas de casa, madres de familia, que encontraban en Berugo al galán soft que las ratoneaba desde la ingenuidad y simpatía, pero que también era querido por los maridos. Aunque, en no pocos casos, ellas insinuaban que él era mejor partido que el que se encontraba en las casas aguardándolas. El disfrutaba de esta situación. Las encantaba con chistes naif y piropos de otras épocas. Es que la atmósfera del ciclo olía a pasado y ese era uno de sus secretos.
Las fanáticas de Berugo eran mujeres recatadas. Llegaban al set con el mismo vestuario con el que podrían asistir a misa. Sencillas, aunque inmaculadas, se ponían sus mejores galas para seducirlo. Y él, se dejaba seducir. Pero todo quedaba ahí. En el chiste ligero, la mirada cómplice y siempre la sonrisa contagiosa. Esa inocencia era la que permitía que su audiencia confluyera en un multitarget etario. Nada incomodaba. Se podía ver en familia.
El Juego de las Marcas
Este era el entretenimiento que consagró al programa. La atracción por la que se recuerda aún hoy al ciclo. La verdadera estrella. “¿Tiene memoria visual?”, les preguntaba Berugo a sus chicas. Las participantes debían apelar a esta capacidad para reubicar casilleros con los logos de las marcas auspiciantes. Si el logo del casillero superior coincidía con el del inferior, se obtenía un premio. Ellas se jugaban a su modo: “El 1 por el 2, el 3 por el 5, el 2 por el 1”. Así, nació el famoso “¡Alcoyana Alcoyana!” “¡Capri Capri!”.
Berugo manejaba el programa con timing propio y con un vocabulario que él imponía. Su gracia le permitía redefinir a una aspiradora (premio codiciado) como el “marciano chupatierra”.
Fashionistas
Sobre el final de cada emisión, Berugo setenciaba: “Los sueños, sueños son, pero aquí se hacen realidad”. Así, la participante ganadora atravesaba una pasarela con los colores del arco iris, todo un distintivo del show, luciendo un cambio de look notorio, aunque sin perder la esencia doméstica. Estilismo casero que lograba posicionar en otro status a la señora triunfante que, además de los premios, podía volver a jugar en el programa.
Importado de Uruguay

Heber Hugo Carámbula, tal su nombre real, fue una de las figuras más queridas del espectáculo rioplatense. Nacido en Las Piedras, Uruguay, se convirtió muy pronto en una celebridad argentina.
Su trayectoria impecable estuvo siempre alejada de escándalos. Su talento multifacético le permitió ser músico de jazz, humorista, comediante, animador de ciclos infantiles, y conductor de programas de entretenimientos. Su versatilidad lo llevó a integrar los elencos de los cómicos uruguayos que hicieron Telecataplún e Hiperhumor. Poco se supo de su vida privada. No era hombre de ventilar intimidades ni sábanas. Sus hijos siguieron sus pasos en el espectáculo y su carisma logró eso que muy pocos logran: que la sola mención del nombre ya lo identificase. No hacía falta el apellido. Berugo, a secas. Por lo extraño del mote y por lo arraigado en el corazón popular, perteneció a esa camada de animadores que se apartaban del golpe bajo. “Un pícaro respetuoso”, como se autodefinió alguna vez. Tal fue la repercusión de su trabajo en Venga… y atrévase a soñar, que en 1988 fue considerado el mejor animador de la televisión argentina obteniendo un premio Martín Fierro.
Como sucede con los nombres que se instalan, el público hace su adaptación reduccionista. Así fue como, con el transcurso de las temporadas, el programa pasó a llamarse simplemente Atrévase a soñar. Una marca que recuerda una televisión querible e ingenua. Como su inolvidable timonel, quien, luego de una larga enfermedad, murió en 2015 a los 70 años. Se extraña esa tele y se lo extraña mucho a Berugo.






