
Cuando el televidente es también paciente
La vida es bella , magazine de temas de salud. Conducción: Samuel "Chiche" Gelblung. Productores ejecutivos: Gustavo Oulego y Esteban Chorovicz. Dirección: Renato Kahn. Iluminación: Hugo Lettieri. Escenografía: Hernán Saibene. Médicos columnistas: Mónica Katz (nutrición), Alberto Alvarez (cardiología, flebología), Silvina Witis (ginecología), Olga Gelblung (pediatría), Luis Ripetta (cirugía plástica) y Claudio Zin (coordinación médica). De lunes a viernes, a las 13.30, por Canal 9.
Nuestra opinión: bueno
Sin dudas, la apuesta de La vida es bella es ambiciosa: brindar una cara humana a la divulgación médica, liberando a los temas de salud de su destino manifiesto de mera columna a cargo de un especialista y dotándolos de un envoltorio atractivo, con mayor ritmo y producción de la que tendría un magazine de los llamados "de interés general".
Y, por lo menos en su primer envío, el programa logró cumplir con creces los últimos dos apartados, entregando un ciclo de ritmo veloz y constante, variado en su temática y original en sus enfoques, convencido de que su tono y su lenguaje, lejos de cualquier pretensión academicista, debían coincidir con los de su público. Así, el foco no está puesto en los últimos avances de la ciencia y la medicina, sino en el factor humano, en la identificación con las historias de vida de los "pacientes" que concurren al estudio para recibir el diagnóstico de los distintos especialistas que hacen las veces de columnistas del ciclo (de clara labor en todos los casos). Precisamente por la claridad de su premisa, sorprende que, en un ciclo que tiene como objetivo declarado "acercar al público al sistema de salud", no se haga explícito en ningún momento que este programa de TV es, precisamente, sólo eso y no reemplaza a una consulta con un médico (se extraña además un direccionario que le permita al público hacerlo de forma gratuita).
La vida es bella sabe sacar partido de una atractiva escenografía y una funcional distribución del espacio, que permite dotar de dinamismo a su puesta en escena y de los recursos visuales a su disposición, con multiplicidad de tablas, gráficos y criterioso uso del material de archivo (el "chupetómetro" de Carlos Balá ilustró un segmento acerca de la actual rehabilitación médica del adminículo). No faltan las ya clásicas dramatizaciones y testimonios a cámara de los protagonistas de las historias, marca registrada del estilo de su conductor, al que se vio afilado y atento, aunque en su impetuosidad recayó en interrupciones a expertos y pacientes, incluso para retar a los primeros por haberlo corregido.
Pero en el admirable vértigo narrativo que hace tan llevadero el programa también residen los mayores peligros que enfrenta La vida es bella : la superficialidad y el desorden. En su intento de abarcar media docena de temas con autoridad y "gancho" periodístico (cualquiera de ellos, de la obesidad mórbida a la diabetes, merecería bastante más que los sesenta exiguos minutos que dura el ciclo), se sacrificó en varias oportunidades su desarrollo, como ocurrió en el segmento principal del debut, dedicado a tres mujeres que sufrían ataques de pánico ("la enfermedad de la década", según el programa), reemplazadas rápidamente por otras tres mujeres que explicaban sus deseos de someterse a una cirugía estética. Entre ellas, el público deberá decidir quién "cumplirá su sueño" en una suerte de microrreality que desmerece la seriedad de esta propuesta que, si logra refrenar sus excesos, puede consolidarse como un referente del género.







