
En un mundo de locos, ¿todo puede pasar?
En reglas generales, el universo en el que se desarrolla un relato de ficción no tiene por qué funcionar según las leyes con las que se mueve en la realidad. En el caso de una historia que se desarrolla en un contexto verídico, el grado de parecido a la verdad que se consiga estará dado por la profundidad del conocimiento que posea el autor del contexto que quiere reflejar, surgida de la mayor o menor investigación que haya realizado previamente. Si ésta ha sido escasa, probablemente, el público lo note y no acepte la propuesta. Nada más. ¿Esto es así aunque el contexto verídico que se quiera reflejar sea uno relacionado a cuestiones delicadas como la salud? Es discutible. Al menos es algo sobre lo que convendría detenerse a pensar un poco más profundamente.
Tiempos compulsivos desarrolla sus historias en un entramado oscuro, con personajes que viven realidades densas. Sus personajes, interpretados por un elenco de excepción, son seres que sufren psicosis graves y los profesionales que los tratan tampoco están exentos de neurosis (nada leves por cierto).
Las situaciones que genera la fantasía del autor sobre la interacción entre estas personas son suculentas dramáticamente, pero su verosimilitud no resiste una mirada atenta. Un psiquiatra embaraza a una paciente y la sigue tratando. Una psicóloga se permite tener un desliz amoroso con un paciente. Dos psiquiatras se agarran a piñas en medio de una sesión de terapia grupal. Entre otros ejemplos. ¿No es un poco loco pensar que el sistema de atención a enfermos mentales funciona así y nadie hace nada?






