
Floricienta creció y ahora quiere formar familia
Florencia Bertotti se luce en esta comedia juvenil
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Niní, telenovela producida por Endemol. Libro: Gabriela Fiore y Jorge Chernov. Escenografia: Valeria Ambrosio. Vestuario: Estefanía García Favre. Coreografía: Yanina Groppo. Iluminación: Martín Sapia y María Victoria Panero. Dirección: Jesús Braceras. Producción ejecutiva: Federico Posternak. Realización general: Martín Kweller. Idea y dirección general: Florencia Bertotti y Guido Kaczka. Con Florencia Bertotti, Federico Amador, Paula Morales, Juan Manuel Guilera, Melanie Chong, Iara Muñoz, Héctor Díaz, Sheyner Cristian Dias Gomes y elenco. De lunes a viernes, a las 18, por Telefé.
Nuestra opinión: buena
Florencia Bertotti parece haber aprendido las lecciones que su personaje Floricienta (aquel que la hizo famosa y del que se mantuvo bien lejos, fuera y dentro de la pantalla, en estos últimos cuatro años) era célebre por negarse a incorporar.
La primera es, sin dudas, la necesidad de crecer. Obvia cuestión cronológica aparte -de ambos lados de la pantalla-, Niní es un paso adelante en las perspectivas profesionales de Bertotti, que aquí es también autora de la idea original y productora general de un ciclo muy cuidado que la revela (junto con su marido Guido Kaczka) como una aplicada y hábil alumna de la escuela -sobre todo estética- de Cris Morena, con algunos elementos dramáticos novedosos que tienen que ver con su innegable carisma y la seguridad de que en este caso, de la persona al personaje hay sólo un palmo. Y puede acortarse.
Crecer es bueno, pero la clave parece no hacerlo tanto como para alejarse de esos chicos (muchos de ellos, a juzgar por sus primeros resultados de audiencia) que constituyen su público fiel. Y esta Niní, nieta del jardinero de una embajada, podría ser la hermana mayor de Floricienta: vive en las nubes, es torpe al punto de la patología y sus ilusiones se expresan en segmentos de canto y baile en los que incita a mirar el mundo positivamente y a seguir su camino, por ridículo y enrevesado que parezca, para encontrar al final de éste -distinción interesante- no un príncipe azul, sino a uno mismo.
Quizá porque aquí Bertotti debe componer a una futura madre (y ya lo es en realidad), no hay aquí demasiada moralina ni mucho de tímida adolescente en las miradas de reojo que Niní le echa a su furioso empleador, Tomás Parker (Federico Amador, del que se extraña su viveza criolla de Los exitosos Pells ) quien llega de improviso para hacerse cargo de la residencia en la que la joven ha vivido a sus anchas durante años, con los empleados de la embajada como familia sustituta, trayendo consigo delirios de grandeza.
Con él arriban sus cuatro hijos, adoptados en los distintos destinos de los Parker: todos suenan tan porteños como este imposible extranjero, vaya a saberse por qué. Los hermanos multiculturales (que entregan una única y limitada composición para todos sus personajes) son también uniformemente infelices por la mudanza y la, a priori, inevitable transformación en madrastra de la insinuante secretaria del enviado (Paula Morales).
Salvo la menor de los Parker, todos parecen inmunes a los encantos de Niní, que comete un error tras otro y termina en la calle. Se sabe que pronto regresará travestida de chofer para meterse en más problemas, de los que saldrá con lo justo para ayudar a los jóvenes Parker, que tienen en la barrita de la plaza cercana a una cantera inagotable de enemigos y amores (y el envío, su costado más flojo y seguramente más redituable). Todo está perdido para ellos de todos modos: Niní cambiará sus vidas más rápido que Julie Andrews a los envarados Von Trapp.
17,6
puntos
El programa perdió dos puntos con respecto a su debut y fue lo más visto del día en Telefé.






