
Hechos reales en los que gana la ficción
"Los cuatro reyes magos", primer capítulo de "Botines", serie de unitarios de temática policial sobre idea original de Adrián Suar. Libro: Marcos Carnevale. Colaboración autoral: Sebastián Parrota. Con Lito Cruz, Raúl Rizzo, Carlos Belloso, Luis Machín, Rodrigo de la Serna y Diego Peretti. Edición y musicalización: Alejandro Alem y Alejandro Parisow. Dirección de fotografía: Guillermo Zappino. Dirección de arte: Mariana Sourrouille. Producción ejecutiva: Diego Andrasnik. Dirección: Jorge Nisco. Una producción de Pol-ka para Canal 13, los martes, a las 23.
"Todo lo que está por ver, ocurrió", advierte la leyenda que acompaña a los títulos de crédito, ubicada en la pantalla con la suficiente claridad como para que no pase inadvertida.
El subrayado remite al origen real de los hechos narrados en esta flamante serie de Canal 13 que acaba de comenzar con buen pie. Pero como si los responsables de llevar adelante esta idea hubiesen querido desde el vamos jugar con algunas de las reglas esenciales del relato policial, aquí las fronteras entre la ficción y la crónica periodística aparecen relativizadas. Y quien saca ventajas de este ejercicio es el televidente, liberado de las obligaciones de un relato documental y cargado de testimonios para zambullirse en el más puro terreno de la narración, libre de ataduras y condicionamientos.
Cualquier espectador razonablemente informado no habrá tardado en notar que el primero de los hechos elegidos para ser representados en este ciclo de unitarios es el celebérrimo caso del grupo de boqueteros que, tras un paciente y exacto trabajo de ingenería casera, logró abrir un hueco a través de las paredes y llegar por él hasta el sótano de una sucursal bancaria de la avenida Las Heras a comienzos de 1997 para saquear las cajas de seguridad sin impedimentos.
"Botines" no recurrió a expedientes, registros forenses o documentos en procura de reconstruir del modo más "realista" posible un hecho que, al descubrirse, mantuvo en vilo por un buen tiempo a la opinión pública, sobre todo porque la maniobra se consumó en una manzana en la que también tiene su asiento una comisaría.
Tampoco cayó este episodio inaugural en esos juegos psicológicos, introspectivos o de carácter que suelen vestir de afectación a ciertas tramas de ficción y subordinar el ritmo narrativo al histrionismo de actores sobreexpuestos a los primeros planos. Aquí la máxima estrella resultó el relato mismo, la construcción de la trama delictiva a través de un lenguaje seco, duro, tan implacable como la decisión de los hombres que decidieron llevar adelante ese resonante golpe.
Ese relato se desarrolló en dos planos, tan hábilmente equilibrados como para confundir lo ficticio y lo real y así envolver la historia con un halo de misterio que la torna todavía más atractiva. Porque la operación se deconstruye ante los ojos del televidente a través del relato que el Perro (un estupendo Lito Cruz), el ciego y desconfiado dueño de un bar, hace ante un hombre que llega allí en busca de un arma, tal vez con la idea de armar otro "negocio" similar al que la banda de boqueteros acordó en una de las mesas del lugar.
¿Era o no un hombre de la ley el desconocido parroquiano (Raúl Rizzo, siempre eficaz) que escuchaba el relato del Perro mientras regateaba el precio del revólver? ¿Fueron finalmente tres o cuatro los artífices del robo? Las preguntas siguen latentes mientras desfilan, en el final, los textos que dan cuenta de lo que ocurrió con cada uno de los protagonistas, después de seguir a lo largo de una hora el relato de la operación con un clima opresivo, denso y recargado, en el que la desconfianza entre los malhechores se tornaba moneda corriente. Carlos Belloso, Rodrigo de la Serna, Luis Machín y Diego Peretti representaron aquí en gran forma a otros tantos arquetipos del comportamiento criminal, alguno más juicioso, otro más lanzado, pero siempre demostrativos de lo lejos a lo que puede llegar la TV cuando se anima a contar historias sin distracciones ni vueltas de más.







