
La novedosa pacatería "progre"
Confunde regulación con censura y rehúye el debate por miedo a quedar anticuada
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Ante tantos revoleos corporales y estiércol verbalizado, de los que hace gala la televisión argentina últimamente, hay una porción bastante significativa de la elite intelectual criolla, integrada por los veteranos setentistas, hoy reciclados en funcionarios o en iluminados "gurúes" K, y por los llamados pendeviejos (feliz y precisa definición de Rolando Hanglin que, por cierto, lo incluye) que, incómoda, no sabe cómo posicionarse frente al exacerbado fenómeno.
Frente a una pantalla en celo, escatológica y obsesivamente masturbatoria la mayor parte de las 24 horas del día, ellos reaccionan con cierta perplejidad. Como los justificativos ideológicos que sacaban a relucir en otras épocas ya no alcanzan, ensayan desmarcarse del tema lo más rápido posible dándoselas de superados para esquivar el debate de fondo. Por temor a quedar asociados con la casi extinguida raza de los dinosaurios ultramontanos, se evaden de la cuestión. "Es más importante el hambre", dicen, pateando demagógicamente la pelota bien afuera. "No hay que ser pacatos", ordenan modernosos los mismos que hasta no hace mucho se rasgaban las vestiduras sólo porque Tinelli engullía tres alfajores de un bocado en cámara y ahora están felices de ser funcionales a él ya que temen quedar como anticuados y poco cancheros. ¡Quién sabe si, ya un poco reblandecidos, ven en Nazarena Vélez la libertad de expresión corporizada en una pulposa deidad!
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Los "progre", como clones falsificados de los verdaderos progresistas, son muy enfáticos en sus actitudes, costumbres y formas, con tal de demostrar una supuesta modernidad que sus enmohecidos fondos no corroboran. Resulta fácil identificarlos: pasaron (muy) largamente los 30, pero intentan parecer juveniles; les encanta ser "políticamente incorrectos"; hacen creer que son más cultos de lo que son; se han impuesto ser brillantes cada vez que abren la boca; son bastante cínicos y enarbolan una muy peculiar bandera de la "diversidad" (que sólo incluye, claro, lo que les gusta a ellos y que se mofa de todos los credos, especialmente del católico).
No deja de ser pintoresco, y hasta resulta simpático sorprenderlos dando cátedra en rueda de amigos. Pero el asunto se complica cuando alguno de ellos trasciende esa frontera y pontifica públicamente bendiciendo el "vale todo" en nombre de la libertad (de la que se sienten exclusivos dueños). Y se complica muchísimo más cuando algunos de estos inefables especímenes alcanzan un cargo público y se quedan petrificados por temor al "qué dirán" o ser considerados, Dios los libre, represores o censores.
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Más allá de los lógicos justificativos que encuentran a los crecientes desbordes televisivos quienes son parte activa de ellos o trabajan directa o indirectamente para quienes los producen (y que opinan muy sueltos de cuerpo en vez de abstenerse como correspondería por ser parte interesada en el asunto), el problema crucial que enfrentamos ahora es que los funcionarios "progre" que sí o sí tendrían que resolver este tema no saben, no pueden ni quieren distinguir las abismales diferencias que existen entre "censurar" y "regular". Como están convencidos de que se trata de una misma cosa de naturaleza autoritaria - ergo , de la derecha-, se cruzan de brazos y mantienen el statu quo . Mientras tanto, todo empeora.
Lo más paradójico del asunto es que una sociedad que renuncia a regularse a tiempo termina generando distorsiones y excesos que alientan la censura por omisión (es muy evidente que, obsesionada con su circo sexual, la TV viene restando creciente espacio a otras temáticas que antes atendía). Pero eso no es lo más grave: de seguir profundizando el actual derrape, sin ningún freno, tarde o temprano se generarán crujidos y malestares que podrían ponernos al borde de una censura mucho más incontrolable.
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La TV argentina vivió con una severísima restricción de temas en sus primeros 32 años de vida (1951-1983), cuando se alternaban los gobiernos elegidos o tutelados y las dictaduras militares. En los siguientes trece años (1983-1996), ya con democracia permanente y plena, ese medio expandió significativamente su libertad y, como pudo, supo ir poniendo límites a sus excesos cuando descarrilaba. Pero desde entonces hasta ahora (1996-2007), el deterioro de los contenidos, los efectismos, lo grosero, el amarillismo, el chismorreo barato, la anarquía de horarios, la agonía de valiosos géneros y la competencia salvaje marcan un angustiante declinar sin pausa y una preocupante precarización de ese medio, que se viene acentuando en los últimos tiempos muy dramáticamente.
Esta columna se ilustra con un desnudo mucho más integral que cualquiera de los vistos en los últimos días en los dos programas hegemónicos y excluyentes de la TV argentina ( ShowMatch y Gran Hermano famosos ), que son replicados sin parar durante todo el día en cualquier canal.
Esto es para demostrar que acá el problema no es un desnudo más o menos, como desvía el debate la novísima pacatería "progre" que, obsoleta, defiende algo consagrado que ya nadie discute como arte desde hace siglos en cualquier museo y que, en expresiones menos excelsas, posee sus adecuados lugares de consumo (películas prohibidas o condicionadas, teatros de revista, prostíbulos, etcétera). En cambio, tiene exclusivamente que ver con cómo y en qué contexto se muestran cuerpos femeninos y masculinos, y con qué actitudes, gesticulaciones, persistencia y grado de masividad se los acompaña. Ese es el eje preciso de la cuestión.
Antes, un cabaré y un programa de TV eran dos ámbitos bien diferenciados. ¿Ahora alguien puede distinguirlos?
¿Quién le teme al desnudo?
Francisco Goya, con La maja desnuda, como otros pintores y escultores de distintos siglos, probó que lo obsceno no radica en un cuerpo al descubierto, sino en ciertas gestualidades y dichos grotescos o reservados a la intimidad, otra confusión de estos días





