La princesa que quería amar

Centrada en el romance secreto que mantuvo con un doctor de origen pakistaní, Diana busca revelar a la mujer detrás de la aristócrata
Hernán Iglesias Illa
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17 de noviembre de 2013  

NUEVA YORK.- Hace veinte años, Diego Maradona era el hombre más famoso del mundo y Lady Di, princesa de Gales, la mujer más famosa. Separada de su marido Carlos, ninguneada por la familia real, vivió los últimos años de su vida a la vista de todo el mundo, a través de las lentes de los paparazis, oscilando entre la depresión, el trabajo humanitario y una serie de romances accidentados. ¿Cómo contar una historia de la que aparentemente ya se sabe todo? Diana , la película británica dirigida por el alemán Oliver Hirschbiegel ( La caída ), que se estrenará el próximo jueves en la Argentina, eligió poner el foco en un aspecto poco conocido: la relación de Lady Di con Hasnat Khan, un cirujano de origen pakistaní, secreta en aquel momento y revelada después de su muerte.

Para la difícil tarea de interpretar a una mujer tan famosa, de quien el público conoce bien los gestos y la manera de hablar, los productores eligieron a Naomi Watts, que nació en Inglaterra, pero lleva 30 años viviendo en Australia y Estados Unidos. Watts, conocida por sus papeles en Mulholland Drive y 21 gramos , entre muchas otras películas, conversó con LA NACION el mismo día en el que los actuales príncipes de Gales, William, hijo de Diana, y su esposa, Kate, mostraron por primera vez en público a su hijo George. En un hotel del Soho, rodeada de pantallas donde se mostraba a una versión real y más saludable de la familia ficcional y fracturada que había interpretado, Watts habló en voz baja, corrigiéndose e interrumpiéndose, como si, igual que a Lady Di, le costara encontrar las palabras correctas.

-¿Qué la llevó a hacer un biopic , un género que parece en retirada?

-Es que no lo sentí como un biopic típico, porque la película toma un período de tiempo específico, los últimos dos años de su vida, y se concentra en esta historia de amor de la que nadie sabía mucho.

-El punto de partida de la película es la famosa entrevista con la BBC, a fines de 1995, donde da su versión de la disputa con la familia real. ¿Qué tan importante fue?

-Muy importante. Esa entrevista con [el periodista Martin] Bashir fue una bisagra en su vida. La criticaron mucho por hablar mal de la familia real, pero también tuvo resultados positivos. Le permitió decir que quería ser libre, tener vida propia, ser lo más normal posible dentro de su situación. Y ella tenía derecho a eso.

-Imagino que la habrá visto varias veces.

-Como diez mil veces. La tenía en la iPad, en el iPhone, en el i... En todos mis is . [Risas.] Si salía a correr, la escuchaba. Si me daba un baño, la ponía. Había cosas que quería conseguir con este papel que iban más allá de la voz, por eso me gustaba oír la entrevista sin ver la imagen o ver la entrevista sin oír la voz, para experimentarla de manera diferente, porque las dos cosas son igual de importantes. Además, el tono de su voz y su manera de mover la cara son completamente distintas de las mías. Cuando hablo, yo muevo el lado derecho de mi cara y ella movía el lado izquierdo. Acostumbrarme a eso fue difícil. Durante semanas fui de un lado a otro con un escarbadientes en la boca para no mover mi costado derecho.

-¿Siguió de cerca su vida?

-Nací en Inglaterra y viví ahí hasta los 14 años. Vi su casamiento por televisión y, aunque era demasiado joven para leer los diarios, las noticias sobre ella estaban en todas partes. En Australia me distancié un poco. Ella seguía siendo popular, pero no estaba en la tapa de los diarios todos los días. Pero me acuerdo de ver la entrevista con Bashir y definitivamente me acuerdo del momento en el que murió. Fue un shock terrible, me afectó mucho.

-¿Es cierto que le costó aceptar este papel?

-Los elementos de este trabajo que más miedo me daban también eran los que más me intrigaban. Y también el hecho absurdo, casi ridículo, de hacerme cargo de la mujer más famosa de nuestra época. Era un problema y un desafío.

-¿Cuán difícil fue reencontrarse con su lado británico? ¿O todavía estaba ahí?

-Todavía estaba ahí. Pero creo que fue positivo haber pasado tantos años fuera de Inglaterra, porque creó una distancia con el personaje. Quizá por eso los productores pensaron en mí, no lo sé. Pero lo inglés fue volviendo al llegar a Londres. Tuvimos la suerte de que Liev [Schreiber, su marido] estaba filmando otra película en Londres en esa época y pude llegar seis o siete semanas antes de empezar la filmación. Estar rodeada de ingleses fue muy útil, me ayudó a sacarme de encima el acento australiano y de a poco a meterme en clima: vivíamos enfrente del palacio de Kensington.

-¿La sorprendió algo de ella?

-Su sentido del humor punzante, sin miedo de contar un chiste políticamente incorrecto, según me contó gente que la conoció. Eso sorprendía mucho: "¡Mirá el chiste que contó la princesa!" Tenía que ver con su costado rebelde, y creo que todos tendemos a admirar el costado rebelde de la gente.

-¿Qué sedujo a Diana de Khan?

-Creo que se sintió fascinada por su mente. Era un hombre muy inteligente. Tenían en común el interés de curar a la gente. Y era un tipo con mucha integridad, no le interesaban la prensa o los medios. Se esforzaban mucho para mantener su relación privada, no sólo por ella sino también por él.

-¿En qué momento supo que el director sería Hirschbiegel?

-Un gran director puede mejorar el material con el que cuenta, y un director mediocre puede destruirlo. Y para mí, La caída , su película sobre Hitler, es una obra maestra, por eso confié en él. Trabajamos compartiendo información, en alguna medida inventando un personaje, porque algunas escenas ocurrieron sin testigos. Pero al mismo tiempo era un personaje que conocíamos. Tuvimos desacuerdos acá y allá, como en cualquier proyecto, por eso tuvimos que colaborar para que las ideas de todos funcionaran.

-¿Tiene alguna "gran teoría" sobre la vida de Diana? ¿Cómo la explica?

-Diana había tenido una infancia muy triste, empezando con el divorcio de sus padres y estar tanto tiempo separada de su madre. Todo eso la convirtió en una mujer frágil, pero ella peleó para ser feliz, quiso encontrar una manera de mejorar, y eso es muy interesante. Pero nunca logró sentirse cómoda en lo que hacía. Incluso cuando hacía algo bien, se la criticaba o se la analizaba hasta el mínimo detalle. Era un círculo vicioso: nada le salía bien.

http://guia.lanacion.com.ar/cine/pelicula/diana-la-princesa-del-pueblo-pe5352

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