
Temeridades de Iriondo
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Recitales de la cantante Silvia Iriondo para presentar canciones de su nuevo disco "Coplas para la luna", acompañada por Carlos Aguirre en piano y por Quique Sinesi en guitarra, guitarra piccolo y charango. Invitados: Horacio López (percusión), Mariana Grisiglione y Gisela Sara (corito) y parejas del Ballet de la Universidad de Buenos Aires con coreografías y dirección de Beatriz Durante. Puesta en escena: Trinidad Muñoz. En La Trastienda.
Nuestra opinión: buena
"La música no es un bazar de curiosidades", le comentó don Manuel de Falla a Horacio Salgán, allá por mediados de los cuarenta. El gran músico español (que elaboró con maestría el folklore de su país) renegaba así de una música propia que había escrito al conjuro de quienes le reclamaban novedades.
La novedad, para cualquier músico -compositor o intérprete-, es al mismo tiempo que una tentación, un talón de Aquiles. Muchos, incluso, se sienten predestinados a la innovación sin que medien pedidos explícitos en tal sentido.
En el folklore y en el tango los hay. Entonces, cabe preguntarse hasta qué punto se puede ejercitar la libertad interpretativa (que sí tiene el jazz, porque para serlo necesita la improvisación) sin llegar a distorsionar el sentido musical. ¿Es atinado dar saltos mortales antes de aprender a caminar bien y seguro? ¿Es para festejar que un intérprete le cambie los rasgos irrepetibles -la melodía y los acentos rítmicos- a una canción?
¿Cómo explicar el secreto encanto de los fenomenales hallazgos de la armónica de Hugo Díaz cuando transfiguraba tangos y folklore? ¿Con qué argumentos comprensibles cabe discrepar con las licencias que se toma Silvia Iriondo al acometer su repertorio folklórico?
¿Hugo Díaz hizo maravillas porque sus vuelos eran empáticos con cada diseño melódico? Ella es una cantante de hermosa voz, afinada, delicada, minuciosa en los fraseos, atinada en el empleo de matices, que elige buen repertorio, pero que se muestra obstinada, otra vez, por torcer el rumbo originario de las notas de una canción y por buscar nuevos pulsos a las cadencias naturales de los ritmos folklóricos.
Silvia Iriondo empieza sus paradójicos recorridos por el hermoso bailecito "Recuerdo de mis valles", con escapadas del ritmo y despistes de la melodía, que incluyen hallazgos del piano y un modo atractivo de marcar el ritmo sin bombo.
La ausencia misma del bombo es otro de sus desafíos y, de pronto, uno de sus aciertos estéticos.
Las temeridades son también para la conocida cueca "Las dos puntas", donde notas y acentos escapan del centro para asumir otro vocabulario que deriva en giros de música pop.
En este juego de acertijos, mientras ella busca la novedad en los rasgos melódicos, ese rostro propio, intransferible de cada canción se diluye y cobra otra entidad. Lo peor del experimento de plancharlas o adornarlas con floreos es que, por soslayar los caminos transitados por intérpretes fieles al original, se precipita a veces por los lugares comunes de la estética pop.
Cuando Silvia Iriondo se acerca con fidelidad a las notas celosamente plasmadas (como un dibujo inequívoco) por el compositor; cuando evita los atajos del ritmo, su canto se hace delicioso. Ocurre, por ejemplo, en la bellísima canción de Falú-Dávalos "Las golondrinas"; en la deliciosa "Kichororo", enriquecidas por los climas de su fantástico dúo.
Un dúo de piano (Carlos Aguirre) y guitarra (Quique Sinesi) de envidiable inventiva, garra y frescura, ya disfrutado en el disco que aquí se presenta, editado por EPSA. Este es otro mérito de Silvia Iriondo: rodearse siempre de excelentes músicos, con los que puede escapar hacia la dimensión desconocida...
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