
Bersuit Vergarabat
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El grupo de los ocho enfrenta un año de éxito y tristeza con afán documentalista y pavor existencial.
El estribillo viscoso de "La argentinidad al palo" sigue tanto o más vigente que un año atrás. Aquella enumeración de nuestras virtudes y miserias más obvias todavía no tiene fecha de vencimiento y mucho menos el álbum doble que sostenía la idea madre. Bersuit ganó todo con sus discos de 2004, incluyendo muy buenas razones para tomarse un año sabático y repensar los límites que existen entre la ambición y la peor tragedia. Pero ni el estrés de Gustavo Cordera ni las sospechas que rodeaban a cada recital veraniego frenaron las hormonas desaforadas de la banda más popular del rock argentino.
Como Carmelitas ilegales y sin ropa de cama, el grupo encaró seriamente una lista de medidas para recuperar al Cantante (primero en Cosquín y luego en el Luna Park). Luego vinieron los premios Gardel, más Lunas repletos y ventas en alza. Entre todo eso, Testosterona parece un convidado de piedra en la mesa ritual de Bersuit. Un título socarrón y media docena de hits tribuneros no alcanzan para disimular la máscara de espanto que la memoria dibuja día tras día: en mayor o menor medida, todos llevamos a cuestas algún Cromañón.
Tal vez como respuesta personal o simple exposición de un estado de ánimo inestable, el grupo de los ocho indaga en la faz introspectiva, propone más preguntas que máximas exacerbadas y elige el tono tenue de la melancolía cada vez que el ritmo se vuelve lento. Eso sí: nada de eufemismos para hablar de pobreza y marginalidad, sino la firme convicción de que en los territorios bravos los códigos del lenguaje mandan. Así lo entienden las diferentes plumas de la comunidad Vergarabat, una sociedad en la que todos componen y, a veces, la voz líder cede el protagonismo.
Como nunca antes, esta rotación de roles entre Cordera, Juan Subirá, Pepe Céspedes, Oscar Righi y Tito Valenzuela funciona a modo de cámara testigo. Esta elección estética, a veces abusiva y hasta demagógica, impone en Testosterona una mirada más sutil en las palabras y en las cadencias: las dudas carcomen a estos tipos que pisan los 40 y ese espejo devuelve pura fragilidad en la resignación amorosa que plantea el bolero lounge "Sencillamente", o en las súplicas expresadas por la preciosa guitarra slide de "Esperando el impacto". Más dudas teñidas de nostalgia ("Barriletes, "Inundación"), pavor existencial ("Yo") y preocupaciones ecológicas ("Madre hay una sola") forman la avanzada de un cambio hacia la orquesta grande, con más matices que estallidos previsibles y una disminución sensible en la prédica chabacana.
Por supuesto que la realidad más cruda vuelve a ser santificada en una murga combativa ("En la Ribera", "Andan yugando"), un joropo festivo ("Me duele festejar") y el contagioso mareo de una cumbia inmoral ("O vas a misa o vas a mi salamín"). Pero más allá de los invitados (Andrés Calamaro y la Mona Jiménez), la producción detallista de Gustavo Santaolalla y algunos deslices (bueno, olvidemos esa cita explícita a "Creep", de Radiohead), Testosterona es un muestrario de personalidades musicales en plena ebullición y, al mismo tiempo, un equipo unido para superar el estigma que persigue a las bandas todopoderosas en el clímax de su apogeo.





