1 minuto de lectura'
Como su ciudad natal, Las Vegas, los Killers tienen un don para las cosas grandilocuentes, brillantes y exageradas: vertiginosas óperas synth-pop, complicados himnos de estadio, coros al estilo de "Rapsodia Bohemia". Por eso, no resulta extraño que, luego del enormemente ambicioso Sam’s Town (2006), su tercer álbum de estudio expanda aun más ese alcance, sumando un sutil acento de world music a sus resplandecientes himnos new wave, bien acorde con una banda empeñada en llegar al megaestrellato internacional. Producido por el experto en dance Stuart Price, Day & Age amplía el sonido de The Killers con unos groove dubs ("Joyride"), steel drums ("I Can’t Stay") y una intro cantada por ellos mismos que recuerda al grupo sudafricano Ladysmith Black Mambazo ("This Is Your Life"). Cuando los Killers se ponen realmente teatrales, brillan: "Spaceman" toma "Temptation", de New Order, y la imagina como un himno a la abducción extraterrestre con un gran estribillo para cantar a coro. Y el enardecedor "A Dustland Fairytale" se mueve desde pianos sombríos hacia un final orquestado, tan épico que uno espera que algún tipo de hada madrina venga volando y rescate al cantante Brandon Flowers. Infelizmente, todo ese drama a veces le pesa, y ha desarrollado un buen complejo de persecución. "Corré y decile a tus amigos que estoy perdiendo el contacto", se burla en "Losing Touch", y para cuando llega "Neon Tiger", se está dando palabras de ánimo a sí mismo: "Ellos van a manejarte y etiquetarte / Pero ¡no dejes que te domen!". Tranquilo, Brandon. Con semejante imaginación, vas por buen camino.




