Institución Armenia
1 minuto de lectura'
Ceremonia ska
La hipnosis del ritmo jamaiquino en manos de los pioneros
Con el desembarco de los Skatalites en Buenos Aires se hizo presente otra de las piezas axiales para armar el puzzle de los fundadores de las corrientes fundamentales que conforman el mapa rockero. Claro que al igual que con los Wailers –una visita ya habitual por esos lares–, en realidad sería más preciso decir “lo que queda de los Skatalites”. Pero, teniendo en cuenta que esta gira conmemora el 40° aniversario de la banda jamaiquina [cuyo período dorado fue en los años 1964-65], sería utópico pedir algo cercano a la formación original, especialmente si consideramos que varios de sus integrantes principales [como Don Drummond y Roland Alphonso] ya pasaron a mejor vida.
Lo que cuenta en este caso [y lo mismo podría decirse de los Wailers] es si lo que ponen en escena es una adecuada representación de la música que los convirtió en leyendas. Y como pudo comprobarlo el público que abarrotó las instalaciones de la Institución Armenia –mayoritariamente jóvenes de la nueva generación del reggae argentino, ansiosos por absorber las roots de la música que los cautiva, pero también viejos cruzados como Sergio Rotman y Flavio Cianciarullo–, los Skatalites proporcionaron un delicioso recital de ska y rock steady, tocado con estupenda musicalidad y sentido del espectáculo. La formación conserva en sus filas dos de los integrantes originales, el baterista Lloyd Knibbs –figura central del show– y el saxo alto Lester Sterling, que salió a tocar con la camiseta de San Lorenzo, regalo de Rotman. Además de éstos, también estuvo la cantante Doreen Schaeffer, una de las vocalistas que pasaron por el grupo en sus primeras épocas. El repertorio abarcó una acertada selección de sus clásicos hits, alternando temas instrumentales y cantados, con un ritmo imparable y contagioso. Los instrumentales incluyeron composiciones propias como “Freedom Sounds”, con el cual abrieron y cerraron el recital, junto a las adaptaciones de famosos temas de películas norteamericanas que les dieron algunos de sus más grandes éxitos, como “James Bond” y “Guns of Navarone”. Las improvisaciones que caracterizan este particular estilo de ska instrumental, básicamente a cargo de los vientos –casi siempre realizadas sobre una base simple de uno o dos acordes, luego de establecida la melodía del tema–, se encargaron de dejar en claro las raíces jazzísticas de sus músicos. Entre los temas cantados, como “Rivers of Babylon” y “Simmer Down” [uno de los tempranos éxitos que tuvieron acompañando a los originales Wailers, cuando éstos eran sólo un grupo vocal], se pudo notar más claramente las influencias del doo woop y el R&B norteamericano de los 50, así como el pulso del rock steady, un ritmo algo más lento que el ska, que iría a desembocar en el reggae. Además de Knibbs y Sterling, convertido en maestro de ceremonias, uno de los animadores del show fue el trombonista, con sus líneas en el registro grave y cómicos pasos de baile. Claro que el público, que bailó continuamente al tiempo que coreaba las melodías, no precisaba más animación que el hipnótico ritmo del ska, tocado con la maestría de quienes inventaron el género.






