
Tierra en la imagen
Nicolás Sarquís dirige una producción fallida
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"Sobre la tierra" (Argentina, 1997-98), presentada por Fuara, en el Cine de la Comedia. Libro: "Con otro sol", relatos de Diego Angelino. Fotografía: Luis Vecchione. Intérpretes: Graciela Borges, Germán Palacios, Peter Gavajda, Lito Cruz, Poci Ducasse, Víctor Manso, Omar Fanucci. Guión y dirección: Nicolás Sarquís. 129 minutos.
Nuestra opinión: mala
Cuando uno termina de ver "Sobre la tierra" se pregunta si el director, Nicolás Sarquís, la habrá visto en proyección. Si así hubiera sido, habría notado que su película es invisible, que está oculta detrás de un manto de grises y azules que denotan una mala ampliación de las copias de algún negativo probablemente en 16 mm y que las voces y los cantos líricos en alemán se ocultan en una maraña de lo que, presumiblemente, imita el ruido ambiente, con grillos y esas cosas. Ruido.
Si la hubiese visto, habría advertido que la historia se disgrega en retazos y que los personajes del frente, cuidadosos de no salirse de un miedo aprendido, son absorbidos por la madeja de sobreactuaciones de actores secundarios que saltan y cacarean, sin otra vida que el adorno carnavalesco enseñado alguna vez por el realismo mágico, carente aquí de la poesía de la que Sarquís fue dueño en algunas realizaciones suyas de incalculable mérito, tales como "Palo y hueso", nunca olvidada, "La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro", vital producto antropológico, y hasta "Facundo", con su no escondida novelización.
Es lamentable que en la pobreza de medios narrativos y audiovisuales no se advierta haber gastado por lo menos el monto del crédito acordado por Instituto de Cine. Con mucho menos, se puede hacer más.
Podrían decirnos que hay una recurrencia a los tonos "ensuciados" de algunas producciones del cine de América latina que buscan poetizar la naturaleza, o al cine "pobre" o al cine "imperfecto" del que hablaba Julio García Espinosa. Nada de eso. Hay descuido, desorden y desdén por el espectador. No se trata de la glorias de Leonardo Favio ni de la fascinación de Paul Leduc. Y cuando dibuja las faenas del campo, el bailongo y la pulpería, convendría rever "Don Segundo Sombra", que Manuel Antín filmó hace treinta años, para sentir qué abajo nos hemos venido.
Es seguro que Nicolás Sarquís no es un director de historias de amor. La epopeya del individuo es su fuerte. Por eso, la soledad de la suave baronesa (Graciela Borges) convertida de pronto en Doña Bárbara y los delirios del nebuloso Moncho -olvidó los cuentos de la tía Adelina, así como el silencio del lobizón Saldías (Germán Palacios) son antes una obligada imaginación del espectador que un número puesto en el relato.
¿Habrá habido un guión?
El marco, sin embargo, es presuntuoso. Se inscribe en algún virtual sueño de Luchino Visconti por rodar Santos Vega. Se intenta compatibilizar los "tiempos muertos" del campo interminable con voces de soprano en alemán y abundante cámara en mano (hace más tambaleante la visión). En "Adán Buenosayres", el sabio Marechal impuso la consigna: "Una mezcla de La Traviata y Gabino Ezeiza" .
Entre los actores, Graciela Borges y Germán Palacios se defienden con su recurso más genuino: la moderación y el gesto mínimo ante al festival de ademanes y sobreactuación de casi todo el resto.
Qué pena, porque el cuento de Diego Angelino, premiado por La Nacion en 1974, tiene médula para toda la fantasía.
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