
Cuando la voz de Tim Buckley suena en una habitación, las personas olvidan las nimiedades que están perpetrando y se ponen a escuchar.
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Cuando la voz de Tim Buckley suena en una habitación, las personas olvidan las nimiedades que están perpetrando y se ponen a escuchar. Su registro privilegiado tiene la facultad de invadir los intersticios entre las moléculas. Pronto, el espacio todo rinde el parque.
Tim Buckley estaba adelantado a su tiempo antes de que se estilara estar adelantado a su tiempo. Al igual que el boxeador de Paul Simon, cuando dejó su casa y su familia no era más que un muchacho en la compañía de extraños. Extraños sensibles como Jac Holzman, que lo fichó para Elektra, cuna del folk existencial de los 60: Tom Paxton, Fred Neil, Judy Collins. Con el saco a medio poner –como muestra la portada de su primer álbum– Buckley paseó su voz por los cafetines del SoHo neoyorquino y los clubes de Los Angeles; cara de querubín, aura enamoradiza, guitarra en ristre.
Buckley tuvo éxito con su segundo disco, Goodbye and Hello, cuando sus intereses coincidieron con la breve primavera de la contracultura. La Norteamérica joven lo amó, aunque Buckley no se detuvo a saludar. Disfrutó del sexo, la plata y el estatus que le daba su nueva condición, pero no se le nubló el juicio. Con las mismas pocas pulgas con que dejó plantado a un productor de tevé ("¡Mirá vos! ¡Este imbécil me pide que mueva los labios y haga creer que canto mientras pasan mi disco!"), Buckley se alejó de quienes le prometían confort a cambio de mansedumbre.
Cuando el ejército norteamericano se llevó a su amigo y poeta, Larry Beckett, Buckley pasó a escribir sus propias letras y colocó estrofas sinuosas en melodías cada vez más esotéricas. El guitarrista Lee Underwood le protegía las espaldas, comandando un grupo con la elasticidad del jazz íntimo y la osadía del avant-garde. Los títulos de sus discos no son casuales. Goodbye and Hello dijo adiós al establishment rockero y hola a territorios inhollados. Happy/Sad plasmó su inquietante ciclotimia en estímulos múltiples. Lorca trazó un curioso paralelo al del malogrado escritor granadino, atrapado en una época de fundamentalismos monolíticos.
El cambio de década encontró a Buckley alejándose de la canción tradicional. Firmó para Bizarre/Straight, el sello de Frank Zappa, y sus composiciones se volvieron más oblicuas en estructura y menos verborrágicas. Su voz era ya un instrumento más, rodeada del timbre sutil del vibráfono, baterías con escobillas, guitarras acústicas. Su total indiferencia a las leyes del mercado se advierte en el hecho de que publicó Blue Afternoon y Lorca simultáneamente, en sellos diferentes. Una vez más la clave del primero está en su título: canciones melancólicas para una tarde tristona.
Le faltaba todavía tirarse del trampolín hacia una música ciento por ciento libre de formas. Buckley dio graciosamente el salto en Starsailor, donde cortejó a la musa-nereida de su clásico inmortal "Song to the Siren"; el mismo que Liz Fraser entonaría con This Mortal Coil, presentando a Buck-ley a la generación de los 80.
Mucho antes de que el rock coqueteara con el folklore mundial, Tim buscó la proyección a otras geografías musicales, enrolándose en un curso universitario de etnomusicología. Agotados sus recursos, los rumores lo situaron trabajando de taxista y de chofer, mientras intentaba una carrera paralela como actor, guionista y escritor.
Pero su nervio motor siguió siendo la música. En Greetings From l.a. se reinventó como un chamán erótico y funk; la sutil austeridad de antaño fue reemplazada por bronces, órgano, percusiones, coros y cuerdas. La voz de Buckley, no obstante, era el centro del huracán. Nunca mostró mayores recursos expresivos que en el orgásmico scat de "Get On Top". Sefronia conservó la carga sensual, pero le agregó un toque de misterio al repertorio propio ("Quicksand") y otra dimensión a temas ajenos, como "Dolphins" (de Fred Neil, el autor de "Everybody’s Talking") y "Sally Go Round The Roses". El curioso sino revelador de los títulos de sus álbumes asomó de nuevo en Look At the Fool, donde –por primera vez en su carrera– Buckley no parece estar en control de su producción musical. Su voz impresionante navega errabunda entre temas y arreglos mundanos.
En junio de 1975 Buckley se aprestaba a dar otro golpe de timón y recuperar las riendas de su carrera. En una fiesta cedió a la tentación de aspirar heroína, una droga que había usado en varios pasajes de su vida. El hecho de estar limpio de adicciones, paradójicamente, puede haber contribuido a su muerte por sobredosis.
Ese mal cálculo de una noche de celebración privó al mundo de una de las más grandes voces de la historia del rock. Un buen aporte a la teoría de que el talento va con los genes lo da el hecho de que Jeff Buckley (producto de una relación casi adolescente de Tim) continuó la senda de cantautor brillante de su padre en los 90, para extinguirse de un modo no menos trágico, bajo una corriente del río Mississippi. Pero esto, como suele decirse, es otra historia.






