Tool defiende la relevancia de su art-metal en 'Fear Inoculum'

Después de 13 años, Tool volvió a grabar
Después de 13 años, Tool volvió a grabar Crédito: Travis Shinn/Facebook-Tool
Will Hermes
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12 de septiembre de 2019  • 10:47

Tool - 'Fear Inoculum'

RCA - Tres estrellas y media

El primer disco de Tool en 13 años arranca con "Fear Inoculum", una sinfonía europea triste en tonos electrónicos. Maynard James Keenan, cuya voz suena impactante y juvenil a los 55, canta como si elevara plegarias acerca de contagios, venenos e inmunidad, manías, espectáculos y exorcismos. A medida que la guitarra con phaser de Adam Jones pasa del funk turco al metal noruego, el tema crece hasta alcanzar un final demoledor con bajo y doble bombo.

Es apenas la primera de seis largas canciones, todas de más de 10 minutos, puntuadas por cuatro interludios, en un disco que dura una hora y 27 minutos. La música se toma su tiempo. "Pneuma" tiene un pulso que recuerda al ritmo controlado de una respiración de yoga: aparece un sintetizador serpenteante, vagamente árabe, y luego se escabulle; crescendos de heavy y diminuendos atiborrados de distorsión suben y bajan como un Led Zeppelin abstracto. La breve "Litanie Contre la Peur" (que toma su título de Dune, un canto salido de la novela de ciencia ficción de Frank Herbert de 1965) es un ejercicio de procesamiento de voces extremo.

En "Invincible" hay un tejido de kalimba y guitarras graves. Burbujean ecos de canciones anteriores: una línea de sinte distendida como la de "Pneuma", pero más gruesa; voces angustiadas como las de "Litanie Contre la Peur", pero más inteligibles, con Keenan lamentando lo impiadoso que es el tiempo. Hay un solo de guitarra magistral y demente, y la batería es ridícula, bordeando lo sobrehumano, puros polirritmos espiralados y trepidantes.

La segunda mitad del set no es menos impresionante, y "Descending" probablemente sea el mejor tema del disco. Empieza con el sonido de tormentas y olas que rompen -quizás océanos subiendo-, y voces que parecen salir de abajo del agua. "Resurjamos todos de la apatía, a menos que queramos dejar de existir", se lamenta Keenan, sugiriendo un apocalipsis inminente y la invocación de las energías necesarias para prevenirlo, hasta que otro pasaje instrumental demoledor, técnicamente deslumbrante y con adornos de sintetizadores se enciende y explota.

La canción más larga del set es "7empst", un ejercicio de 15 minutos con un título que evoca la última pieza de Shakespeare, La tempestad, el relato de un hombre que sufrió una injusticia y se transformó en hechicero, y cuenta traiciones y venganzas. "Una tempestad. debe. ser. solo. eso", bulle Keenan, escupiendo palabras mientras la guitarra aúlla y rompen las olas de la marea del doble bombo. Es una obra maestra formal que debería pasar la prueba del tiempo, ya sea como un disco definitivo de su época o como una reliquia monumental de una forma artística cuyo tiempo ya terminó.

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