Un cordón que no se corta
"De profesión maternal", de Griselda Gambaro. Intérpretes: María Rosa Gallo, Catalina Speroni, Alicia Zanca. Escenografía y vestuario: Graciela Galán. Iluminación: Roberto Traferri. Dirección: Laura Yusem. Duración: 43 minutos. En el Teatro del Pueblo. Nuestra opinión: Muy bueno.
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Cuando parece que ya se ha dicho todo sobre la relación entre madre e hija, se presenta una obra como "De profesión maternal" y se pone de relieve que no hay tema que se agote cuando la veta creadora de un dramaturgo (en este caso es dramaturga) descorre, tamiza lo ya conocido, lo superfluo, y vuelca su mirada desde otro ángulo diferente para hablar del mismo problema.
La obra, temporalmente, es breve, pero el planteo va adquiriendo una mayor dimensión a medida que se instala sobre el escenario el juego de odios y pasiones materno-filiales.
Matilde, una joven veinteañera, no dudó en evitar la posibilidad de recuperar a su hija, cuando su esposo, al abandonar el hogar, se la llevó consigo. Pasaron casi cuatro décadas de ese alejamiento y ahora, a los 70 años, decidió buscar a aquella niña y armar un encuentro para conocerse.
Dedicada al canto, Matilde mantuvo su existencia con egoísmos y mezquindades. Ahora, alejada de toda actividad, siente curiosidad por conocer a esa hija, pero se resiste por una carga de culpa que se niega a reconocer. Sólo el incentivo de Eugenia, su algo más que amiga (una relación que la autora presenta ambigua, para no sacarla del mundo femenino y no dispersar el conflicto), la convence de dar ese gran paso.
El encuentro se anticipa con ansiedad y, a su vez, con temor. No es fácil mirar a la cara de una hija a la cual prácticamente se abandonó y de la que se desconoce todo.
Cuando llega el momento, la relación, lejana, parece distanciarse aún más cuando el enfrentamiento resulta ser entre dos mujeres adultas que sólo vuelcan rencores.
Los diálogos de Griselda Gambaro, como es su estilo habitual, son breves, aparentemente simples y convencionales, pero en la interrelación de los personajes ese texto se enriquece precisamente con lo que no se dice, pero que sutilmente la autora insinúa.
En esos parlamentos, en las pausas y quiebres dramáticos, se encierran el reproche, el odio y la necesidad que una tiene de la otra, para estallar en un grito impotente de amor.
Sin lugar a duda, poder interpretar el texto para desentrañar estos códigos es un mérito de Laura Yusem.
Una puesta a lo grande
El ambiente que desarrolla Graciela Galán en la escenografía de esta puesta, por lo amplio, por lo despojado, se presenta a primera vista aséptico, sin coloratura vivencial. Pero luego, a medida que se suman las acciones y las actrices van marcando su presencia dramática, el espacio empieza a inundarse de emociones contenidas.
En escena hay tres personajes femeninos: la hija, la madre y la amiga. Por lo tanto, hay tres señoras actrices, Alicia Zanca, María Rosa Gallo y Catalina Speroni, que van tejiendo, con un notable trabajo, un entramado sutil para cargar las relaciones de vibraciones emotivas.
María Rosa Gallo, la madre, en un difícil papel, muy logrado, que la obliga a marchas y contramarchas temperamentales, expone claramente la falsedad de una apariencia dura y se siente, aunque no se demuestre, la existencia de contradicciones afectivas que la ahogan.
Enfrentada a ella, Alicia Zanca, la hija, sin hesitar y a la misma altura que su compañera, convincente en el control de los sentimientos de amor y odio de su personaje, con el tiempo y el momento exactos para exponerlos. Sin duda, un buen trabajo.
Finalmente, Catalina Speroni, en un papel que le exige ser mediadora, sin dejar de ser otra cosa que espectadora del drama, efecto que es un gran logro cuando la actriz conjuga en su personaje la ternura y la calidez frente al resentimiento y el rencor de las otras mujeres.
Pocas veces el trabajo de tres actrices se instala sobre un escenario sin que la composición de una empañe la de las otras, o se superponga. Por el contrario, el espectador siente que, a partir del valioso desempeño de cada una, el espacio se va llenando de una energía vital unificada y muy conmovedora.
Mérito del que no es ajena Laura Yusem, que, como directora, convirtió, junto con las actrices, una pieza breve en una joyita de gran potencia dramática.






