
Un esfuerzo sin sentido
"La humanidad" ("L´humanité", Francia/1999). Guión y dirección: Bruno Dumont. Intérpretes: Emmanuel Schotté, Séverine Caneele, Philippe Tullier, Ghislain Ghesquiére y Ginette Alegre. Fotografía: Yves Cape. Música: Richard Cuvillier. Edición: Guy Lecorne. Presentada por Primer Plano Film Group. Duración: 148 minutos. Para mayores de 18 años. Nuestra opinión: Regular
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La primera imagen anticipa claramente el tono, el tempo y las ambiciones del film. Una figura distanterecorre de un extremo al otro de la pantalla la infinita anchura del Cinemascope delante de una cámara fija que espera nada inocentemente que el recorrido se haya completado para decidirse al corte.
Ese plano deliberadamente demorado contiene una advertencia implícita: no es sólo un hombre corriendo sobre el borde superior del cuadro; hay algo más, un significado que por ahora se nos escapa, pero que deberemos perseguir afanosamente como disciplinados cazadores de revelaciones.
La excesiva duración del plano no ha sido una distracción del editor sino una declaración de principios: esto es cine de manifiesta aspiración artística. Es necesario estar siempre alerta, porque nada de lo que veamos será sino el eco -a veces inteligible- de lo que no se ve.
Y hay que preparar el ánimo; permanecer atento y paciente, porque ya se sabe que cuando tal anhelo es asumido con semejante ostentación, habrá mucho hermetismo, mucha imagen que se consumirá en sí misma de tanta sobreexposición, mucha lentitud y mucha puesta a prueba del bagaje cultural que el espectador trae consigo. Hablar de pretensiones suele no sonar muy simpático, pero es muy difícil ceder a la tentación cuando, de entrada no más, se ha elegido un título tan ampuloso como éste.
Las necesarias molestias
Bruno Dumont no es inconsciente de los obstáculos que le pone al espectador; todo lo contrario: los cree necesarios. Rehúye la complacencia de la televisión o del modelo Hollywood y asegura que ver un film puede ser duro, cansador. "Un artista es alguien que cambia la mirada para poder mirar lo que somos como si fuera la primera vez", ha dicho. Puede compartirse la opinión, no tanto la pedantería.
Puede también comprenderse que haya querido hacer de "La humanidad" una obra molesta. No es la exigencia de participación lo que puede causar cierto rechazo -lejos se está de abogar por el cine preprocesado y predigerido que tanto abunda en la producción industrial-, sino ese tono intimidatorio, ese velado autoritarismo que se ejerce sobre el espectador, al que no le queda otra opción que aburrirse fatalmente con la escualidez de la historia o asumir el esforzado ejercicio de interpretación que Dumont le propone.
Otros cineastas tanto o más ambiciosos que él -y probablemente más penetrantes- comprendieron que el cine es un espacio de reflexión, pero también una forma de espectáculo, y supieron exponer sus meditaciones sobre el hombre o sus interrogantes metafísicos en términos dramáticos, de modo que fuera posible compartirlos en muy diversos niveles, de acuerdo con la sensibilidad del espectador o con su discernimiento.
Dicho esto, puede comprenderse que "La humanidad" haya generado tanta polémica cuando se llevó varios premios en Cannes 99: muchos discutieron su pesimismo, algunos la crudeza de algunas imágenes, otros el hecho de que se reconociera como trabajo actoral el desempeño de intérpretes no profesionales, que evidentemente tiene mucho de espontaneidad y poco de composición. El fastidio que el film provoca no debe de haber sido ajeno a esas reacciones, algunas -de todos modos- bastante justificables. En la superficie, "La humanidad" cuenta los días que vive Pharaon, un policía solitario, contemplativo y un poco lelo, a partir de la aparición del cuerpo de una chiquita de 11 años violada y asesinada en las cercanías de un pueblito del norte francés, asunto cuya investigación le es confiada. El hombre ha perdido a su mujer y su hijo en circunstancias que no se aclaran, es dominado por su madre, que lo trata como a un adolescente, se entretiene a veces cuidando su pequeño huerto y se pasa el resto del tiempo atendiendo a la vida de los otros, especialmente la de sus vecinos, la desinhibida Domino y el primitivo Joseph, actitud comprensible porque no parece haber mucha otra cosa que hacer en ese quieto rincón del mundo.
Según parece, Pharaon es además una suerte de puro que carga con los pecados de los demás, un ser primordial que tiene el rostro vacío e indescifrable de Emmanuel Schotté, sobre el que es posible proyectar cualquier sentimiento.
Bruno Dumont utiliza ese aire de resignado embeleso, deequívoca santidaden contraste con un mundo lleno de crueldad gratuita, de provocación, de amor que se confunde con la fiereza animal (no es casual el interés recurrente que muestra el director en la genitalidad de la robusta vecina y en su aguerrida gimnasia sexual). Y siembra de ambigüedades su relato, de modo que el ejercicio de elucidación se prolongará bastante más allá del demorado final.
Que Dumont no quiera abandonarlas a tiempo no quiere decir que no sepa cómo componer imágenes sugestivas. Tampoco las controversias en torno de los premios a Emmanuel Schotté y Séverine Caneele disminuyen un mérito que le cabe al director: el de haber sabido descubrir en un militar y una obrera sin experiencia actoral los rostros de sus personajes.
Le queda al espectador la misión de decidir si valía la pena tanto esfuerzo como el que Dumont propone (a lo largo de 148 minutos) con su vaivén entre lo figurativo y lo abstracto. No está de más recordar que ni a Bergman ni a Bresson ni a Buñuel, por poner ejemplos dispares, les hicieron falta esta acumulación de enigmas ni estos intimidantesacertijos para poder "mirar lo que somos, como si fuera la primera vez".
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