
Un Mahler sin problemas
Concierto de la Deutsches Symphonie-Orchester Berlin.
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Director: Marek Janowski. Programa: Schubert: Sinfonía Nº8 en si menor, "Inconclusa"; Mahler: Sinfonía Nº5 en do sostenido menor (1902). Abono de Harmonia. Teatro Colón.
Dos semanas después del huracán de la Filarmónica de Nueva York, todo resultó demasiado calmo para recibir a la ex Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín. Algunos claros en la platea y un aplauso sólo respetuoso le dieron la bienvenida a un muy buen director de prestigio internacional, pero que aquí no fue sino quien vino a reemplazar a Vladimir Ashkenazy, tan convaleciente y tan añorado.
Por otra parte, la llegada casi de apuro de Janowski al frente de la orquesta ocasionó cambios en la programación, que se tradujeron en la presentación de obras tan hermosas como trilladas, más allá del atractivo que significó ver reunidas en un solo concierto a la que puede ser considerada como la primera sinfonía romántica y a una de las más significativas del romanticismo tardío.
Quizás a tono con la tibieza del recibimiento, Janowski y los berlineses ofrecieron una versión poco atractiva de la "Sinfonía inconclusa", de Schubert. En este sentido, e independientemente de la riquísima historia de esta agrupación sinfónica, habría que recordar que no es oro todo lo que reluce, ni toda orquesta alemana es sinónimo de excelencia superior. Esta orquesta berlinesa que, obviamente, no es la Filarmónica de Claudio Abbado, es una agrupación correcta, profesional en grado sumo, pero sin grandes solistas -salvo un cornista excelente-, con mucho oficio y experiencia y también algo de rutina en las cuerdas y las maderas. Se podría decir que cumplen holgadamente con los cometidos, aunque sin asombrar en particular. Los bronces, en cambio, con una afinación y un ajuste impecables, no dejaron de llamar la atención y fueron, sin lugar a duda, lo más destacado de la orquesta.
La "Inconclusa" está montada sobre un clasicismo en pleno ocaso y un romanticismo que avanza a tientas. Hay versiones que se inclinan para uno u otro costado. La de Janowski pecó de indefinición. El primer movimiento comenzó con cierto recato (y algunas impurezas), como si pretendiera rescatar la cercanía con Haydn, pero luego se abocó a destacar los contrastes y los elementos dramáticos, aunque sin llegar a concretarlos con apasionamiento. Y si el primer movimiento resultó ambivalente, el segundo, en cambio, careció decididamente de empuje y de consistencia. Como al comienzo, los aplausos volvieron a ser tibios.
El porqué de una fama
Afortunadamente, Mahler, Janowski y los berlineses se encontraron con felicidad después del intervalo, tanto para demostrar el porqué de la larga fama como para que desapareciera, rápidamente, la sensación de desilusión instalada en la primera parte. La Quinta sinfonía de Mahler es una obra ardua, compleja y que requiere de mucha concentración y categoría para poder avanzar por sus misteriosos caminos, poblados de belleza. Como si todo fuera sencillo, tanto Janowski como los músicos no tuvieron que esforzarse en demasía para lograr un nivel de excelencia. Sin sentirse incómodos dentro de las enormes dificultades, y apoyados en unos bronces que resultaron fundamentales, la versión de Janowski resultó estupenda.
En esta sinfonía, por primera vez, Mahler se abocó al desarrollo de una música absoluta, sin componentes metafísicos o filosóficos agregados. El resultado fue una sinfonía novedosa, de una textura polifónica llamativa, con profusión de ideas simultáneas, y de una orquestación menos maciza y con un entramado interesante por revelar. Janowski, con mucha soltura, se aventuró en indagaciones sobre este aspecto. Con un sonido general atractivo, un ajuste absoluto y destacando cada una de las ideas que Mahler se preocupó en escribir, la sinfonía estuvo, literalmente, en buenas manos. Cabe destacar, además, lo acertado de la presentación del Adagietto, el celebérrimo cuarto movimiento, al cual Janowski no le agregó almíbares o edulcorantes que sólo logran empalagarlo.
El atronador aplauso final obtuvo como recompensa, igual que con la Filarmónica de Nueva York, el Preludio al tercer acto de Lohengrin, de Wagner. Sin la brillantez ni la exuberancia aplastantes de los norteamericanos, Janowski, en cambio, se preocupó de algunos asuntos como fraseos, rubatos y sutilezas de musicalidad fina que Masur, en su momento, prefirió dejar a un costado para que la aplanadora neoyorquina cumpliera otro cometido.
Alemanes compactos
Discómanos veteranos recuerdan los gruesos LP con las grabaciones de Ferenc Fricsay: "Don Giovanni", de Mozart; el "Réquiem", de Verdi; el Concierto para Orquesta, de Bartok; el Triple de Beethoven o el Doble de Brahms. El húngaro había asumido la dirección de la Orquesta de la Radio RIAS, de Berlín, y en poco tiempo la llevó al primer nivel de las europeas con características que la crítica destacaba como un sonido nervioso y preciso, rítmica elegante y un luminoso juego instrumental. Fricsay realizó sus grabaciones hasta un par de meses antes de la construcción del muro y poco después enfermó, para morir en febrero de 1963, a los 48 años.
Por las pocas grabaciones que hizo Lorin Maazel mientras fue titular de la orquesta, se supo que la herencia de Fricsay había sido lúcidamente invertida. Por su parte, Riccardo Chailly, sucesor de Maazel, dio un paso adelante en el repertorio, ya que entre otras obras registró un memorable "Gurrelieder", de Arnold Schönberg, con Fassbaender, Dunn, Jerusalem y Hotter, sello London, versión preferida del catálogo.
Pero fue su actual titular, el ruso Vladimir Ashkenazy (60 años), quien grabó CD imperdibles porque exploran, con su reconocida autoridad, ciertos tramos de la música poco transitados o grabados en otras épocas sónicas. Por ejemplo, un compacto con las sinfonías 3 y 4 de Alexander Scriabin, otro dedicado a los conciertos para oboe y para violín de Richard Strauss y un tercer CD con obras de Stravinsky. Ashkenazy graba para el sello London.
En cuando al alemán Marek Janowsky (58 años), un par de semanas atrás destacamos en esta columna su espléndida versión de "Sigfrido", de Wagner, para el sello Eurodisc, con la Orquesta Staatskapelle de Dresden.






