
Aves camufladas en botellas, primates drogados dentro de electrodomésticos y tortugas encerradas en neumáticos de repuesto, son algunos de los secretos del tráfico de animales silvestres en Colombia
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Fue una tarde de viernes hace diez años. Mi mamá llegó a casa con Cocoliso, la mascota más rara que me han regalado, aferrado con fuerza a su antebrazo derecho, asustado y tembloroso. Cocoliso era un mico que había comprado en la calle, en un semáforo cualquiera.
"Lo vi y me partió el alma", dijo inmediatamente cruzó la puerta. "Se lo compré a un señor que lo llevaba atado de una cuerda y preferí traerlo antes de que siguiera sufriendo".
Cocoliso había costado 30 mil pesos (10 dólares de hoy), y era exhibido como si fuera un cachivache cualquiera en la esquina de la Calle 116 con Avenida 19, en un barrio residencial de Bogotá. Cada vez que el tráfico se detenía ante la luz roja, un personaje se acercaba a las ventanas de los automóviles ofreciendo al animal a 70 mil pesos, negociables, como siempre. La urgencia lo obligó a entregarlo, con cordel incluido, por menos de la mitad. Así que esa tarde llegó Cocoliso a mi casa y nadie en la familia supo cómo reaccionar. No sabíamos muy bien si debíamos darle la bienvenida, o si por el contrario era mejor huir antes de que algún instinto salvaje se hiciera presente y terminara mordiendo mi cuello.
Cuando mi papá lo vio, quedó pasmado. Ángela, la señora que hacía la limpieza, salió a correr, y mis hermanos y yo tratábamos de comprender de dónde había sacado mi mamá un animal como ese.
Cocoliso era de color marrón y tenía unos 20 centímetros de altura. Su cabeza era pequeña y estaba cubierta con un pelaje grisáceo bastante corto, característica que dio origen a su nombre. Tenía unos enormes ojos negros y su boca y nariz eran diminutas. Su cola era más larga que su cuerpo, y lo que más llamaba la atención de su cuerpecito era, sin duda, sus extremidades, que parecían las manos y los pies de un bebé recién nacido. Viéndolo de cerca Cocoliso tenía una presencia inofensiva y dulce, de manera que no había forma de reprender a mi madre por su compra, porque cualquier persona con una brizna de alma, habría caído ante el hechizo enternecedor de la mirada del bicho.
Con el tiempo nos fuimos encariñando con el animal. Le compramos una jaula y de vez en cuando lo sacábamos a jugar en los árboles atado a la cintura por una correa para que no se escapara. Nadie sabía con claridad a qué raza pertenecía, pero cada persona que lo conocía traía sus propias teorías. Mi vecino, que se ufanaba de haber recorrido todos los rincones del país en planes "eco turistas", aseguraba que Cocoliso había sido capturado en el Amazonas y que tenía los rasgos de un mono Tití. Fernando, mi tío político, insistía en que era un primate Cariblanco, lo que en realidad me parecía absurdo, porque el rostro de Cocoliso era de todos los colores menos blanco; y no podían faltar, por supuesto, las teorías de Ángela, que trabajó en mi casa 15 años, y que en medio del pánico que le producía el animal, se atrevía a decir que había visto micos similares en los Llanos Orientales, las planicies que están entre Colombia y Venezuela, y creía que allí los llamaban monos Araña.
Diez años más tarde vine a enterarme que Cocoliso sí provenía de los Llanos como pensaba Ángela, pero era de la familia de los monos Ardilla, una de las variedades de primates más afectadas por el tráfico de fauna silvestre en Colombia y a su vez uno de los especímenes mejor vendidos en el mercado negro internacional.
Mi madre había pagado 30 mil pesos por él, pero si éste no hubiera sido vendido en las calles de Bogotá, a lo mejor alguien habría tratado de sacarlo del país, porque en Europa o en los Estados Unidos, un coleccionista, un científico u otro traficante de animales, puede llegar a pagar más de 200 dólares por un ejemplar de su especie. Sin embargo el futuro de estos animales usualmente no es terminar sus días como mascota de una condesa rica en la Toscana. Cuando transportarlos con vida se hace una tarea demasiado complicada, los monos como Cocoliso, al igual que otras especies de primates, son asesinados para ser vendidos por partes. Sus extremidades, por ejemplo, son consideradas en varios países del mundo como joyas o amuletos de la suerte, de manera que cargar una mano o una cabeza de simio como pendiente en un llavero o en una cadena es todo un lujo. Así mismo, los órganos internos tienen su clientela y son vendidos a instituciones médicas para ser estudiados o a restaurantes asiáticos como ingredientes para hacer exóticas –y costosísimas– sopas.
Por fortuna el futuro de Cocoliso no fue ninguno de los anteriores, aunque debo aceptar que tampoco fue completamente plácido. El pobre creció y despertaron sus instintos salvajes. Emitía una serie de llamados agudos cuando tenía hambre y cada vez que sentía la presencia de una mujer cerca se le alborotaban las hormonas y daba saltos de un lado al otro de la jaula haciendo un escándalo insoportable. Cuando lo sacábamos a pasear, trataba de huir y cada vez que pretendíamos acariciarlo, mordía, de manera que llegó un día en que decidimos deshacernos de él. Lo enviamos a una finca grande de clima húmedo y tropical, como en el que había nacido, y allí permaneció hasta que finalmente murió en cautiverio. Lo más triste de la historia fue saber años más tarde, que el simple hecho de haber pagado por un animal para tratar de "salvarlo", termina convirtiéndolo a uno automáticamente en donante de un mercado ilícito que a su vez, es una de las principales actividades que está arrasando con la existencia de muchas especies.
Historias como la de Cocoliso son frecuentes en Colombia y en casi todos los países de Sudamérica. Los latinos tenemos la particularidad de concebir la imagen de una familia feliz siempre acompañada de una alegre mascota, pero como vivimos en una región del planeta que cuenta con una biodiversidad privilegiada, tenemos mayor posibilidad de acceder a las especies exóticas.
No es raro llegar a una casa y ser saludados o insultados por algún loro que aprendió a repetir las palabras que su dueño se empeñó en enseñarle. De hecho recuerdo que de pequeño veía un programa de televisión llamado Animalandia, en el que los concursantes solían llevar a sus "loras parlanchinas" para participar en un juego en el que la lora que mejor pronunciara "¡Gel hada o nada!", el eslogan de una gelatina de la época, ganaba una buena suma de dinero.
También es frecuente encontrar un hogar ambientado con el canto de aves silvestres encerradas en una jaula, o alguna finca de millonario excéntrico donde los árboles han sido decorados con el color de unos cuantos papagayos que ya no pueden volar porque tienen las alas cortadas.
De igual forma, son muchos los que compran un mico porque lo encuentran gracioso, casi humano, o tortugas, porque creen que no son capaces de quitarle a uno un pedazo de dedo, o de labio.
No cabe la menor duda de que todos estos animales son fascinantes, el problema está en que generalmente su cuidado es complicado y, lo más importante, su tenencia es ilegal.
Sacar provecho comercial o investigativo de la fauna silvestre, al igual que tenerla, está regulado por una serie de normas y leyes que el común de la gente desconoce, pero que permiten sancionar a los infractores con multas que pueden ir de uno a 300 salarios mínimos, hasta penas de entre dos y seis años de cárcel según la gravedad del delito.
Y, como si fuera poco, los animales exóticos pueden transmitir enfermedades como la rabia, la fiebre amarilla, la toxoplasmósis y la salmonela.
Según datos de la Fiscalía General de la Nación en Colombia, se estima que anualmente este tráfico mueve alrededor de 700.000 animales silvestres, lo que convierte a esta actividad en el tercer comercio ilícito de mayor tamaño después del tráfico de drogas y el de armas. De 10 animales que son transportados en la clandestinidad hacia otros países, sólo uno sobrevive, lo que da una idea clara de lo macabro que llega a ser este negocio. Para que los especímenes puedan pasar desapercibidos a través de los controles aduaneros y de policía, los traficantes se las ingenian para esconder su mercancía de formas, a veces inverosímiles. A las aves, por ejemplo, las inmovilizan amarrándoles el pico, las patas y las alas, y luego son introducidas dentro de tubos de PVC o botellas. Los primates son transportados bajo los efectos de alguna droga tranquilizante dentro de corazas de electrodomésticos, termos y cajas; y las tortugas y serpientes, por mencionar sólo algunos casos, son escondidas entre neumáticos de repuesto.
Sin embargo, existen especies con las que también se trafica y que son mucho más difíciles de transportar sin ser detectadas, como es el caso de algunos felinos, reptiles y mamíferos que por su tamaño son prácticamente imposibles de camuflar. Esto ha llevado a pensar a los organismos que luchan contra este crimen, que el comercio de especies está directamente ligado con el narcotráfico.
El Departamento de Seguridad Rural, que se encarga de perseguir a los contrbandistas de estas especies, es una pequeña dependencia de paredes color crema donde cuelgan algunos afiches descoloridos por el sol. Allí, entre anaqueles y archivos rebosantes de documentos, trabajan menos de diez detectives del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad) colombiano, asignados exclusivamente a la tarea de investigar y penalizar a todo aquel que atente contra el patrimonio cultural y ecológico del país. Sentía mucha curiosidad por conocer a un verdadero detective de animales, porque el único que había visto hasta la fecha era Ace Ventura, el personaje interpretado por Jim Carrey en una de sus películas, y la verdad estaba convencido de que no se trataba del mejor representante del oficio.
Muy puntual me esperaba en su despacho el detective con el que acordé la cita y que prefirió se reservara su nombre por motivos de seguridad. "Usted sabe cómo son las cosas en este país y lo mejor es cuidarse", fue lo primero que dijo.
El detective era un hombre de unos 30 años. Llevaba jeans, una camisa a cuadros y botas de obrero gringo. Su placa de oficial estaba siempre a la vista, e imaginé que tendría un arma, porque la mayoría de personas que vi dentro del edificio portaba una.
En su mano tenía un esfero con en el que garabateaba sobre un papel. Hablaba en un tono de voz bajo, misterioso, y casi nunca miraba a los ojos. Era un hombre bastante tímido y me sorprendió la forma como respondía a mis preguntas, porque parecía que las hubiera redactado y aprendido de memoria con anterioridad.
A medida que me explicaba los pormenores del tráfico de especies, citaba un sartal de leyes, normas, códigos y decretos que nunca logré apuntar correctamente en mi cuaderno de notas.
Con la mirada siempre puesta en el papel que iba rayando, me comentó que, como sucede en el tráfico de drogas, en el de fauna silvestre los principales proveedores son los países en vías de desarrollo, mientras que la demanda se concentra en los industrializados.
El mercado internacional está compuesto por personas que buscan ejemplares raros, pero incluye también a la industria farmacéutica, que compra especies para la producción de medicamentos, lo que se conoce como biopiratería.
De vez en cuando levantaba la mirada y la posaba sobre mis apuntes como verificando que no estuviera anotando datos erróneos o cometiendo alguna barbaridad ortográfica.
También explicó que además de la demanda de seres vivos, hay un gran comercio de insectos, animales disecados, pieles, carne, huevos, plumas y órganos.
Como en cualquier mercado, comentaba, a medida que crece la demanda debe hacerlo también la oferta, de modo que se estima que por cada animal nativo que alguien compra en las calles, son extraídos de su hábitat natural alrededor de unos tres especímenes.
Igual que en todo mercado organizado, aquí los gustos del cliente se conocen a la perfección: los tailandeses son grandes compradores de reptiles y primates para la preparación de platos exóticos. En un restaurante de Bangkok pueden ofrecer, por ejemplo, sopa de tortuga Mata mata, una variedad extraída del río Orinoco. Esta especialidad de la cocina Thai es considerada por muchos como un afrodisiaco y puede costar hasta 200 dólares.
Los chinos, por su parte, realizan pedidos mucho más exigentes. En Beijing, meticulosos artistas encargan mariposas de las selvas colombianas para realizar cuadros que en las galerías del centro de la ciudad pueden alcanzar los 3.000 dólares.
Los europeos prefieren las pieles y los cueros de animales para introducirlos en diseños textiles y de marroquinería, de manera que al juzgar por la cantidad de abrigos y bufandas que he visto lucir a las celebridades, me atrevería a decir que la mayoría de "genios de la moda" también han sacado provecho de este mercado ilícito.
Los estadounidenses son conocidos por la compra de aves silvestres, serpientes e iguanas para su futura venta como mascotas. Para comprobarlo sólo hay que recorrer las playas de Miami o California, donde musculosos personajes en patines o en bicicleta salen a exhibir sus animales. En Venezuela, durante la Cuaresma, negocian con los traficantes colombianos toneladas de carne de chigüiro (danta) para su consumo. De hecho hasta un simple buitre tiene admiradores, como pudieron establecerlo las autoridades cuando rescataron a una de estas aves poco antes de que fuera transportada a Europa, donde al parecer una horda de góticos con el cerebro inundado de ácidos iban a sacrificarlo en un ritual satánico. Diego, como fue bautizado el aporreado pájaro, permanece en el Centro de Recepción y Rehabilitación del Departamento Técnico Administrativo del Medio Ambiente (DAMA), un pequeño refugio para animales incautados que opera hace unos ocho años en Engativá, un municipio situado a pocos minutos del Aeropuerto Eldorado de Bogotá. El Centro es una pequeña construcción donde zootecnístas, biólogos y veterinarios trabajan para tratar de revertir los daños causados por el tráfico en los animales. Con muy poco presupuesto, estas personas se las arreglan para hospedar de la mejor forma a sus visitas. Con el material que logren conseguir, improvisan charcas para que reposen las tortugas, construyen jaulas para los monos e incluso decoran las paredes con árboles pintados para darle más vida al lugar. A ciertas especies las acompañan calentadores eléctricos para simular el clima de sus regiones de origen y hasta acondicionaron un contenedor para aislar por completo a los animales que están próximos a ser reinsertados en su hábitat natural.
Diego, el buitre, creció bajo el cuidado de estas personas, de manera que desarrolló un comportamiento bastante particular. El ave no le teme a la gente, por lo que sigue a los visitantes como si se tratara de un perro. Cada vez que ve la oportunidad, roba un poco de comida de algún mico desprevenido y cuando uno de los operarios del Centro permite que una serpiente pasee por los jardines para darse una estirada, Diego se acerca al reptil para retarlo con actitud de gladiador, ignorando por completo la posibilidad de llegar a convertirse en bocado. Si uno trata de espantar al ave haciéndola comprender a punta de gritos que está interpretando un acto suicida, se queda inmóvil observándolo a uno con toda la profundidad de su mirada y la verdad, mirar a un chulo a los ojos es cosa seria. Como era de esperarse, Diego ya no escarba las basuras ni rastrea animales muertos, porque el haber crecido junto a la gente cambió por completo su comportamiento, lo que sucede con la mayoría de animales silvestres que tratan de ser domesticados.
El Estado, a través de sus instituciones ambientales y con la ayuda de varias ONGs, está intentando reducir la tenencia y el tráfico de fauna silvestre. Las rutas de comercio y los puntos donde son extraídos los animales ya están prácticamente definidos y en estos lugares se realizan permanentes operativos, similares a los que se hacen con el tráfico de estupefacientes, en los que son incautados miles de especímenes. El Ministerio del Medio Ambiente ha logrado determinar que el destino de los animales cazados en el país son los países amazónicos vecinos y las ciudades de Pasto, Popayán, Cali, Florencia, Neiva, Ibagué, Villavicencio y Bogotá, lugares desde donde son distribuidos por todo el territorio nacional o exportados.
En las grandes ciudades como Bogotá, los productos son vendidos, en su mayoría, en plazas de mercado, en residencias particulares utilizadas como depósitos, en algunas tiendas de mascotas y en puestos de venta callejera. Con todos estos datos a la mano, parece fácil vencer las cadenas del negocio, pero a pesar de los esfuerzos realizados por las autoridades, los avances son muy pocos. A pesar de que en 2003, más de 6.500 especímenes han sido recuperados en Bogotá gracias a los controles desplegados por el DAMA y las autoridades policivas en la Terminal de Transporte Terrestre y el Aeropuerto Eldorado.
Pese a todos los esfuerzos humanos al presupuesto asignado por el Gobierno para la protección del medio ambiente y a la amplia lista de leyes que penalizan este delito, comprar un animal exótico en Colombia no tiene ningún misterio. Basta, irónicamente, visitar uno de los puntos que señalan las autoridades o de viajar por las principales carreteras del país, y listo.
No importa cuántas veces el D.A.S. o la Policía ambiental confisquen mercancías, los comerciantes regresan siempre al mismo lugar. Cuesta trabajo entender por qué estas personas no son detenidas, pero según las investigaciones adelantadas por las autoridades ambientales, la solución al problema no radica en capturar a los pequeños vendedores, sino a los capos de este negocio que en últimas son quienes realizan los grandes pedidos de animales.
Una mañana decidí visitar por mi cuenta uno de los puntos donde, según el D.A.S., aún se trafica con animales exóticos en la Capital: la Plaza del barrio Restrepo.
Nunca antes había recorrido esa zona de la ciudad, por lo que en un principio imaginé la plaza como cualquier otra. Sin embargo, una vez llegué al lugar me llevé una sorpresa. La Plaza del Restrepo no es un conglomerado de tenderetes ubicados en un espacio al aire libre, como la mayoría de mercados públicos. Es una inmensa bodega de ladrillo de dos niveles que ocupa casi una manzana completa del barrio. El lugar está rodeado por tiendas de ropa y zapatos, y frente a la entrada principal del establecimiento se encuentra uno de los locales de McDonald’s más grandes que haya visto en Bogotá. La plaza tiene la fachada de un centro comercial, pero su interior es como de otro mundo.
El primer piso contiene comida y artesanías, pero el segundo está lleno de pequeños locales donde pueden encontrarse cualquier cantidad de especies de comercio ilegal. Lo curioso es que los vendedores las exhiben sin tapujos. Nadie desvía la mirada ni baja la voz al negociar, todo se hace en el tono alto característico de las plazas de cualquier pueblo o ciudad.
Allí, arrumadas en pilotes, se encuentran decenas de jaulas con aves exóticas. Loros, pericos, azulejos, petirrojos, mirlas, canarios y tinguas, entre otra amplia variedad que no pude reconocer. En la mayoría de establecimientos pude encontrar incluso especies que no había tenido la oportunidad de ver en vivo y en directo, como cierta variedad de rayas, peces y tortugas.
Cuando estaba saliendo del lugar me encontré con un hombre que cargaba dos pequeñas jaulas cubiertas con papel periódico. Traía cuatro pericos que a duras penas podían moverse dentro de las rejas. Cada uno costaba 10 mil pesos, pero el personaje me pedía que le hiciera una oferta.
El tipo era muy joven y era evidente que estaba angustiado. Tenía la frente sudorosa y parecía muy nervioso, lo que me hacía pensar que sabía la infracción que estaba cometiendo. Debo confesar que el hombre me puso nervioso y con disimulo alcancé a revisar mi entorno para asegurarme de que ningún policía nos estuviera viendo.
"¡Ofrecer no es ofender, tranquilo!", decía, acercándome las jaulas. "Véalos sin compromiso y si le gustan le dejo la parejita en diez mil". Vi a los animales en un estado tan deplorable, que alcancé a buscar en mis bolsillos para ver si contaba con el dinero para comprarlos. Prefería verlos en mi casa dentro de una pajarera un poco más amplia, que en ese par de jaulas improvisadas.
Estaba dispuesto a pagar por ellos, de no haber sido porque en ese momento recordé la historia de Cocoliso, el desdichado mono Ardilla, y supe que la suerte que les esperaría a los pericos iba a ser similar: una existencia de penitenciaría, para un día terminar patas arriba sobre el suelo de periódico y latón de la jaula en la que vivieron. Guardé el dinero.





