
Radiografía de “Un minuto”, el tema con Pato Fontanet que ya no se consigue.
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Lo primero que resalta es el diálogo entre la guitarra Weissenborn del sesionista Dean Parks y la armónica peregrina de León Gieco. La Weissenborn, también conocida como guitarra hawaiana o pedal steel, tiene ese sonido dulce que hace que las notas se estiren y floten un rato en el aire. Esos pocos segundos de siesta santafesina con vista al Pacífico proveen una placidez que no se parece en nada al estruendo mediático posterior. Gieco precipita los primeros versos como si tuviera que comunicar algo con cierta premura más que cantar una canción. Así de apretada suena esa melodía de voz. Pato Fontanet entra en cuadro en el tercer verso, y cantan a dúo: “Estaba ejercitando una garganta desprolija/ fue un chiste, fue la vida o una mueca del destino”. Mientras la guitarra sigue soplando burbujas, Fontanet queda solo en el micrófono y su voz –arrabalera, generacionalmente desfasada– suena más frágil que nunca cuando dice: “Estaba empezando a preguntarme cosas raras/ qué busca la gente cuando uno sólo canta”. Luego reaparece Gieco, esta vez con autosuficiencia caudillesca, y el dueto vocal patenta la idea de que el trovador veterano oficia de espíritu protector del joven en aprietos: “La vida dibujó una sonrisa en mi cara/ y en un minuto triste la borró como si nada”; y Pato arriesga un tono de compadrito reverberante.
La decisión de convocar a un estudio de grabación al cantante de Callejeros es una obra en sí misma, como casi todo registro de un artista en situación extrema. “Un minuto” no es una canción descollante. Más allá del acertado sonido narcótico que lo acerca al territorio de los sueños y las pesadillas, por momentos parece un mero trámite de rescate. Pero la letra no dialoga con la causa penal. Es una fábula ramplona sobre una tragedia personal, de foco autobiográfico que, como casi todo el disco nuevo de Gieco, declama cierta piedad cristiana. Si bien la decisión de incluirla tenía aristas complejas (en términos de prudencia e imagen pública), para León era una jactancia implacable, una declaración sobre la distancia insalvable entre arte y sistema jurídico.
El reclamo cara a cara de un grupo de familiares de víctimas de Cromañón hizo que Gieco levantara el tema del álbum (una vez que ya se había lanzado y vendido casi toda la primera tirada). Este episodio de confusión entre derecho a la justicia y facultad de impugnación aporta otro precedente en la historia de un viejo equívoco (creer que la condición de víctima otorga credenciales de legitimidad transversal, como ocurrió con Blumberg y el asesinato de su hijo, o con los propios Callejeros cuando intentan evadir toda responsabilidad en el incendio). Así como el abortado festival “a beneficio de las víctimas” (presuntamente craneado por Callejeros y Gieco) tenía un tufillo a operación de expiación pública, esta grabación trascendía el proceso penal para plasmar un documento estético de potente valor íntimo.
En la encrucijada más crítica de su trayectoria como vocero de los desposeídos (mucho más crítica que cuando entregó “En el país de la libertad” a Telefónica a cambio de un aparato para el Garraham), Gieco cedió a la presión de un grupo de gente aturdida por el dolor y ofendida por verse fuera del abordaje del caso. La vocación testimonial de León tuvo aquí un efecto colateral inesperado: una fracción excluida del homenaje se arrogó el derecho de intervenir en la obra. En definitiva, la atención al reclamo se condice con el desarrollo de la carrera de Gieco, más próxima a la consulta popular y al consenso que a la omnipotencia del artista elevado.
Hoy, las nuevas copias del disco no contienen “Un minuto”, pero Pelo Music, el sello de Callejeros, se reservó los derechos de reproducción. La historia dirá si el tema se conserva como una pieza para coleccionistas o si resurge como hit de situación terminal, recargado de mística gracias a la censura tardía. En este contexto de duelo y confusión, nada de eso parece importar demasiado.




