Una alegoría de la libertad
"Che, Quijote y bandoneón". Espectáculo de Maurice Béjart. Música de Raúl Garello, Daniel Binelli, Eladia Blázquez, Astor Piazzolla, Julián Plaza, Lluis Llach, Les Maitres-Tambours du Burundi, Oliver Manoury y Giacchino Rossini. Textos de Cervantes, Federico García Lorca, Miguel Hernández, San Juan-Tcherkaski. Actriz invitada: Cipe Linkovsky. Bailarines: Octavio De la Rosa, Arnaud Marcon, Denis Vásquez, Ivana Baresic y elenco. Bandoneón: Oliver Manoury. Escenografía de Yauel Rion. Coreografía, puesta y dirección general: Maurice Béjart. Teatro Coliseo Podestá, La Plata. Nuestra opinión: muy buena.
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Béjart, como es frecuente en sus obras, tiene una raíz para su inspiración. Luego, ésta da a luz a un frondoso árbol cuyas ramas forman un inescrutable laberinto. Sin embargo, están entrelazadas por el mismo origen y todas se nutren de igual savia. "Che, Quijote y bandoneón" es una alegoría que abreva en un personaje que se ha convertido en uno de los mitos más grandes de nuestra historia. Como lo presenta, el "Che" Guevara es la imagen de un paladín que va abriendo puertas a la libertad con ideales que no se desmoronan ante nada. Su misión es cumplirlos, aunque la muerte es su compañera constante y la única que puede detenerlo.
El discurso no es panfletario ni ilustrativo de su vida. Tampoco hay partidismos, sino visos de una filosofía que adhiere a valores universales de solidaridad, justicia, paz y amor. El mensaje subyacente es que el hombre de esta época se está olvidando de ellos y que los ha cambiado por los contrarios. Es significativo que el autor de la pieza haya combinado mucho humor con verdadera tragedia. Béjart traduce la dureza y la crueldad con fragmentos cómicos, para no hacer de esto un melodrama. Es la vida y son los hechos de todos los días que han resignado a la humanidad. La impotencia y la tristeza son sentimientos cotidianos y globales. Por eso, es tan deslumbrante la personalidad de quien intenta poner su cuerpo como muro contra los poderosos y perversos jinetes del Apocalipsis.
El otro puntal es Don Quijote. Aunque salido de la inventiva de Cervantes, sus actos son reales, altruistas, de una espiritualidad atemporal.
El caballero de la triste figura desea salvar al mundo y se lanza, en lo que todos creen una crisis de demencia, contra molinos de viento en los que sólo él ve enemigos.
Cada aspa que lo lastima significa una batalla contra la incomprensión, la indiferencia, la necedad. Sin armas y con su caricaturesca estampa, su alma libra tanto las pequeñas como las grandes guerras. Más allá de todo está su sueño de un mundo que da la mano al prójimo, meta tras la cual continuará, testarudo, sus aventuras.
El toque de identidad rioplatense lo da el tango, en partes, música tocada en vivo por el bandoneonista Oliver Manoury, un apasionado intérprete. Así, todo se relaciona: Cipe Linkovsky aparece tirando de un carromato, vestida como vagabunda. En ella, como en el cuento del sapo y la princesa, se esconde el resplandor de la sabiduría. Sus parlamentos, textos de geniales autores, son alusivos a lo que su experimentada mirada ve de la decadencia humana. Habla sin enjuiciamientos, tratando de despertar conciencias y de abrir corazones.
Sus cómplices son el Che y Quijote. Cipe encarna una suerte de madre, de Pachamama, de mujer y varón hechos a los golpes propinados por una vida errante.
Mundo sin fronteras
Por eso observa y cuenta sus experiencias, a ver si le evita a la gente las penas que ella sufrió. El grupo, conformado por magníficos intérpretes, se aterra de las malas noticias. Su peso demoledor no les permite reaccionar. Hasta que aparecen el Che y Quijote, que les dan la visión de un mundo sin fronteras, aunado por sentimientos fraternales. Los incrédulos siguen debatiéndose, en una danza frenética que no les quita la caparazón de indiferencia que los cubre. El egoísmo, el "a mí qué me importa", son su bandera.
No todo es absolutamente malo ni nada totalmente bueno. Hay matices que dan cuenta de que la perfección no existe y que las personas no son dioses. Que tienen miedo, como cualquiera, y coraje, como pocos. En su obra, Béjart inserta teatro y canto. Es deslumbrante el momento en el que los bailarines forman un coro del que emergen voces adiestradas y bellas. Los dos papeles centrales masculinos son uno solo. Quijote, desde la literatura, da aliento al Che. Con la mujer conforman un trío energizante.
Cada cual tiene sus solos: la coreografía para Guevara es potente, heroica. En sus secuencias hay bastante de bravura clásica: batterie, grandes saltos, mucho hacia arriba. Octavio De la Rosa Stanley está compenetrado con su papel y da brillante dinámica a lo que realiza. Traduce el fluido estilo béjartiano, mixtura de todas las escuelas, en todo su esplendor.
Descollante está el conjunto, en intrincadas porciones en las que desarrolla un extenso vocabulario dancístico. Luego, sentados en filas de sillas, palmeando, arañando y golpeando sus asientos o tapando y descubriendo sus bocas con las manos generan una rítmica alucinante. De aquí surge un recuerdo de "Bolero".
Relevante es Ivana Baresic, que encarna a Dulcinea. Sus grandes dotes se aprecian, sobre todo, en un lírico dúo con De la Rosa. Arnaud Marcon, delgado como una varilla, dio la frágil y querible representación del hidalgo de La Mancha.
Cerca del final, Denis Vásquez maquilla su cara como calavera: es La Muerte, que en un encarnizado dúo abatirá al Che. Mas su desaparición es sólo física: renace, como Quijote se torna real, en aquellos en los que ha prendido la esperanza y la ilusión de una vida mejor. Ahora, la mujer no arrastra sola su carro; todos la ayudan solidariamente.
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