
Una curiosa obra maldita
Hacia 1948, aproximadamente, Silvina Ocampo y Juan Rodolfo Wilcock, grandes poetas y grandes amigos, escribieron una obra de teatro en verso, "Los traidores", nunca estrenada. La reticencia de empresarios y directores es comprensible: no sólo decir el verso -máxime cuando es asonantado, como en este caso- requiere intérpretes duchos en una disciplina bastante alejada de la actividad habitual del actor argentino, sino que "Los traidores" transcurre en plena decadencia del Imperio Romano, cuando, muerto en 211 de nuestra era el emperador Septimio Severo, sus dos hijos, Marco Aurelio Antonino, más conocido como Caracalla ("a raíz -dice Guglielmo Ferrero en su "Historia de Roma"- del corte particular de su manto"), y Publio Septimio Geta, se disputaban el trono.
Caracalla protagoniza la obra, y el principal papel femenino es el de su madre, la emperatriz Julia Domma (158-218), una muy culta y ambiciosa princesa de estirpe siria, empeñada en que reinase su hijo mayor. Para favorecerlo, no vaciló en justificar el asesinato de Geta por Caracalla, y cuando éste, a su vez, fue apuñalado por un veterano, en 217, Julia simplemente se dejó morir de hambre. Alrededor de esa diabólica pareja de madre e hijo circulan varios personajes, entre ellos un tal Severo Alejandro, militar probo que llegaría a ser emperador en 222, tras el asesinato del desenfrenado Heliogábalo.
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Una de las mayores dificultades de "Los traidores" es su estilo. Bajo las apariencias de una sujeción a las normas de la tragedia clásica y de una versificación rigurosa, corre una potente veta paródica: el texto desborda de juegos de palabras y tomaduras de pelo a la supuesta estatura heroica de la época y de los personajes. Uno de ellos, por ejemplo, insiste en confundir la palabra "efigie" con "esfinge", lo que motiva la vigorosa crítica de las damas culteranas (algo así como "Las preciosas ridículas", de Moliére) que rodean a la emperatriz. Otro, que de vez en cuando atraviesa el escenario en los momentos más inesperados, es un sabio delirante que cubre su cabeza con una escafandra de vidrio, porque su obsesión es transitar bajo el agua como por tierra, algo que tardaría varios siglos en concretarse.
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Muchos años intentó Hugo Marín -un director talentoso pero impredecible, merecedor de una de estas columnas, algún día- llevar a escena "Los traidores", sin lograrlo. Hubo un intento de grabación del texto, en casa de Silvina Ocampo, con intérpretes tan heterogéneos como Mercedes Sombra (esa gran actriz misteriosamente esfumada en el tiempo), los escritores Enrique Pezzoni y Rosa Chacel, Santángelo, actor y director, y quien firma esta nota, a quien le tocó el papel de Alejandro. Cabe imaginar la hilaridad del grupo cuando el personaje era convocado en estos términos, opuestos a la prematura calvicie juvenil de quien lo interpretaba: "Alejandro, tus rizos en el viento..." La semana próxima trataré de describir una de esas caóticas sesiones de grabación de "Los traidores", presididas por un Wilcock burlón y malicioso y una Silvina que inútilmente procuraba poner orden. De vez en cuando pasaba por ahí el dueño de casa, Adolfo Bioy Casares, nos arrojaba una mirada despavorida y huía hacia las profundidades del inmenso departamento de la calle Posadas.
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