Una de Stone
"Camino sin retorno" ("U Turn", EE.UU./1997 color). Producción hablada en inglés, presentada por Columbia TriStar. Guión: John Ridley, sobre su novela "Stray Dogs". Intérpretes: Sean Penn, Jennifer López, Nick Nolte, Jon Voight, Billy Bob Thornton, Claire Danes, Joaquin Phoenix, Powers Boothe, Bo Hopkins, Julie Haggerty, Laurie Metcalf, Liv Tyler. Fotografía: Robert Richardson. Música: Ennio Morricone. Dirección: Oliver Stone. Duración: 125 minutos.
Nuestra opinión: buena
Oliver Stone es excesivo, impetuoso, atropellador. Puede decirse de él que está más cerca del trazo grueso que de la sutileza, que sus vehementes discursos provienen de arrebatos impulsivos antes de que de una demorada reflexión y que sus dardos críticos destinados a aguijonear la conciencia de los norteamericanos suelen adoptar el acento monótono y reiterativo de los sermones. Pero no puede negarse que su figura cobra un perfil distintivo en medio de un cine marcadamente impersonal, cada vez más concebido a la medida de las demandas del mercado y más temeroso del riesgo.
Stone puede equivocarse, como todos, pero por lo menos intenta salirse de la corriente, escapar de la gran procesadora de Hollywood y trazar su camino, aunque esa voluntad no implique la búsqueda de originalidad sino apenas una afirmación de independencia. Sus films pueden gustar más o menos, pero tienen su sello personal. Gracias a esa personalidad, a su fama de hombre polémico y a su probada aptitud para la dirección de actores, él puede darse el lujo de jugar a hacer un cine independiente con el apoyo de las estrellas más cotizadas, que rebajan sus pretensiones económicas cuando tienen la oportunidad de trabajar con él.
Como en este caso. Para contar la historia de "Camino sin retorno" -una comedia negra sobre codicia, sexo, crimen y traición en medio del infierno desértico de Arizona- Stone contó con Sean Penn, Nick Nolte, Jon Voight, Billy Bob Thornton, Powers Boothe -todos largamente consagrados- y con los ascendentes Jennifer López, Claire Danes, Joaquin Phoenix. Todos ellos se prestan al juego que Stone propone -el del trazo exagerado, casi paródico- elegido para desarrollar este certamen de sordideces y miserias. Y sus aportes -Penn, Nolte y Thornton apenas por encima de los demás- resultan sustanciales para que el cuento mantenga su interés a pesar de las reiteraciones que se hacen visibles en los tramos finales y de la impresión de historia conocida que ronda la memoria del espectador.
El que desciende al infierno no es aquí un inocente. El destino interrumpe el viaje del jugador y aventurero Bobby a Las Vegas, donde debe saldar una deuda que ya le ha costado dos dedos de la mano y lo retiene en el pueblito fantasma donde todos parecen estar un poco locos: es objeto de coqueteos por parte de dos mujeres y de agresiones por parte de sus respectivos galanes, cae en el medio de un matrimonio dispuesto a usarlo para la contienda a muerte que está librando, es víctima del humor cambiante de un mecánico estrafalario y para colmo, con su demora, hace que los gangsters de Las Vegas vengan a cobrar a domicilio. Todo envuelto en un aire de violencia y fatalidad que explica el acecho permanente de las aves de rapiña.
Stone aprovecha muy bien el ambiente -un pueblo minero casi muerto, el polvo, el sol, los cuervos merodeando- y acierta al mantener desde el principio la clave de humor que pedía este western negro. Pero quizá no siempre se ajusta al tema ese lenguaje barroco, cambiante y agitado como el del videoclip que Stone ha venido explorando últimamente y que se empeña en aplicar aquí.
Hay -y ésa debe ser la mayor debilidad de la realización- un notorio desequilibrio entre las dos partes del relato. La primera, cuando el azar suma desventuras en el camino de Bobby y todos los personajes que lo rodean empiezan a hacer su juego- y la segunda, cuando hace falta multiplicar las trampas para mantener la tensión a fuerza de sorpresas. La voluntad de alimentar el suspenso sacrifica los delirios surrealistas del planteo inicial y el humor negro, que era lo mejor de la película, sólo asoma entonces esporádicamente.
Desde la banda sonora, Ennio Morricone hace referencia directa a la música que compuso en la época de los westerns spaghetti, y acerca su cuota de humor burlón.






