Una desnudez cubierta de emoción
Nuestra opinión Muy buena.
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Desnuda de terciopelo, basado en textos de Luis de Góngora, Chico Buarque, Eduardo Galeano, Marguerite Duras, Javier Villafañe, entre otros. Actuación: Mónica Alfonso. Puesta en escena y dirección general: Chiqui González. Sala: Opera Prima..
"Desnuda de terciopelo" nació a la vera del Paraná. Su actriz y su directora, Mónica Alonso y Chiqui González, respectivamente, estrenaron el trabajo en 1994 en su tierra natal, la ciudad de Rosario. Con este espectáculo, casi formato café-concert, anduvieron recorriendo teatros, espacios barriales con tablones siempre dudosos y hasta viejas capillas. En cada uno de los lugares propusieron lo mismo:un fino ritual de encuentro con el otro y los sentimientos.
La obra entabla un recorrido basado en distinas fábulas, en las que el cuento de "Caperucita Roja" oficia como hebra ordenadora. A ellas se les suman textos de plumas como Jacques Prévert, Chico Buarque, Eduardo Galeano y Javier Vilafañe, entre tantos otros. Distintas poéticas que van armando el perfil de una mujer que se viste y desviste ante el semejante (es decir, el espectador) en un clima casi confesional.
La directora rosarina armó el espectáculo en cuatro actos definidos en función de las diversas texturas:terciopelo, tul, lycra y seda. Cada material teje un mundo propio para representar los sueños, la pubertad y el matrimonio, la seducción y la siempre feroz función de la memoria. Con ellos, Mónica Alfonso construye un viaje sobre su propia vida y sobre el sentimiento femenino en general. Son estadios o arquetipos que van desde la mujer loba y la mujer sensible hasta la que responde a los mandatos y la que es fuente de placeres.
Pero, sin embargo, no es un espectáculo que pueda tildarse por saturación feminista. "Desnuda de terciopelo" habla sobre el universo sensible del ser humano en general. Y lo hace en un clima distendido e íntimo, de respetuosa comunicación con el público.
Así al menos ocurrió la semana última durante su primera función en Opera Prima. Hubo ejemplos preciosos de esa comunión. En un momento, la actriz recordó aquellos viejos salones en los cuales se bailaba juntos, muy juntos. Bailes en los cuales, ya entrada la noche, "aparecía la voz de él, el Negro...", susurró la actriz. Una señora, aprovechando los puntos suspensivos propios del recuerdo, remató: "Claro, la voz del negro Nat King Cole". La espontánea acotación funcionó como un pie perfecto para que, vía amplificación, sonara "Noche de ronda" interpretada -obvio- por el Negro. Las luces bajaron y todos los presentes siguieron adelante cantando sobre el tenue fondo musical. Fue uno de los tantos instantes mágicos.
Pero para llegar a esos climas no sólo hacen falta hermosos textos y melodías; también se necesita una exquisita actriz en perfecta dupla con su directora. Y este binomio los logra. Desde la dirección, hay constantemente una utilización de objetos que quiebran modos tradicionales de actuación. Así, Mónica Alfonso pone el cuerpo, dialoga con el público y dice sus textos con una fina y exquisita interpretación.
"Desnuda de terciopelo" no tiene nombres convocantes y, en la faz técnica, debe batallar con las pocas posibilidades del espacio. Hasta se hace uso de un micrófono incorporado que parece innecesario; pero logra imponerse por su autenticidad y su profesionalismo.
Al final del recorrido, Mónica Alfonso ya no puede guardar sus ropajes en aquella valijita de cuero donde antes entraba todo. Pero no se desespera porque sabe que hacerse cargo de ese equipaje formaba parte esencial del desafío.
Complejo túnel en la visión escénica
"El túnel" es una de las piezas clave dentro de la producción literaria de Ernesto Sabato. El año último, en el marco de un homenaje al escritor, Andrés Bazzalo y Roberto Ibáñez la seleccionaron para llevarla al teatro. Aquellas diez funciones contaron con la adhesión de numerosas personalidades de la cultura.
Luego de esas presentaciones, "El túnel" concretó una exitosa gira por escenarios de España, Inglaterra, Rumania y Bulgaria. La gran repercusión internacional que tiene este escritor, como la influencia que posee entre la gente joven, público mayoritario en la función del último domingo, dan una idea de la significación que tiene Sabato.
Un verdadero fenómeno cultural del cual el teatro no está exento.
Pero el traslado de una obra literaria a dimensiones teatrales comúnmente es territorio de conflictos.
Como ocurrió con la anterior obra de Sabato llevada a un escenario, basada en "Informe sobre ciegos", que tuvo una infinidad de marchas y contramarchas, pero que pasó al olvido desde el punto de vista artístico.
En este caso, todo indica que se vuelve a repetir el desnivel entre lo literario y lo teatral.
"El túnel" cuenta la historia de un pintor (Juan Pablo Castel) que, enamorado de una joven, llega a una situación lindante con la locura y la muerte debido a la falta de reciprocidad. Una obra densa, oscura y de una alta intensidad. Pero el problema radica en que esa intensidad, que está presente en la obra, no asoma en la puesta de Andrés Bazzalo ni en la versión teatral a cargo de Roberto Ibáñez.
En el traspaso a un escenario se eligió el formato de un monólogo, quizá la forma más simple y más acorde, teniendo en cuenta el original, pero la de menor impacto escénico.
Todo el peso entonces recae en el trabajo actoral de Ibáñez, que durante la hora de función debe batallar con un texto complejo que no está acompañado por un trabajo de dirección ni de puesta sólido.
Por momentos el actor logra sobreponerse a estas carencias apelando a un sinnúmero de recursos que sin duda sabe utilizar. Pero su búsqueda parece ser solitaria.
Tejidos de alambre y compases de Astor Piazzolla "visten" diversas situaciones. Pero estos elementos no logran definir una verdadera relectura escénica de uno de los escritores mayores de nuestra historia actual. El teatro local sigue teniendo una cuenta pendiente con nuestros mayores exponentes literarios.




