
Una enigmática cantata profana
Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, en función extraordinaria, dirigida por Antonio María Russo. Programa: Sinfonía Nº 2, en Do menor, Op. 17, "Pequeña Rusia", de Piotr Ilich Tchaikovsky, y primera audición en Buenos Aires de la cantata profana "Eros-Selene-Eros", de Antonio María Russo, para soprano solista, coro y orquesta, sobre poesía de Pablo Neruda y Federico García Lorca, con el Coro Nacional de Jóvenes preparado por su titular, Néstor Zadoff. Solista: la soprano María Bugallo. En el Teatro Colón.
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Una cálida versión de la Segunda Sinfonía de Tchaikovsky -con su aura melancólica de la música rusa y su nostálgica y lacerante tonalidad menor- precede el acto de entrega del Gran Premio Camu 1998 de la Unesco, a cargo de Alicia Terzián (en representación de dicho Consejo Argentino de la Música), a la muy premiada labor cumplida por el Coro Nacional de Niños y su director Néstor Zadoff a lo largo de quince años.
Como pórtico del estreno porteño de la cantata "Eros-Selene-Eros", de Russo, el Coro Nacional de Jóvenes retribuye el galardón recibido con una vibrante interpretación de otra obra del compositor-director: "Cantate Domino", para coro a capella, que anticipa el lenguaje politonal y atonal, predilecto de Russo, en el que da cuenta de su euforia creativa.
La cantata de Russo
Los motivos poéticos de "Eros" y "Selene", alternativamente entretejidos con la trama orquestal, confían los versos de la "Oda al amor", de Pablo Neruda, al coro, y los de "Poemas lunares", de Federico García Lorca, a la soprano solista.
El intento de colocar música a la palabra del poeta ha constituido, desde los tiempos más remotos, un real desafío para los compositores.
Ya en sus imperecederos madrigales planteaba Monteverdi la necesidad de la fusión espiritual entre las intenciones del texto y la expresión musical que se le adhería en melodías y armonías.
A las cumbres de tal ideario de empatía y simbiosis entre poesía y música ascendió el arte magistral de Juan Sebastián Bach -incluso en notas cargadas de simbologías y en atrevidas armonías- para retratar los diferentes estados de alma y dar nuevas alas a los hallazgos del poeta. Después del Romanticismo -entre cuya obra coral, sacra o profana, cabe recordar las magníficas creaciones legadas por Brahms, Schubert, Mendelssohn- no han abundado creadores que hicieran evidente su preocupación por escribir música cercana o afín al espíritu poético.
Antonio María Russo ha reunido a dos poetas que navegaron por aguas populares y ha imaginado la confluencia poética de "Oda al amor", de Pablo Neruda (confiándola al coro), y "Poemas lunares", de Federico García Lorca (dedicados a la voz de soprano), para plasmar su cantata profana "Eros-Selene-Eros" .
Si Eros se refiriera al asteroide número 433 del catálogo, o al género de coleópteros de la familia de los malacodérmatos, y si Selene fuese sólo el asteroide número 580, o el género de peces acantopterigios del grupo de los cotoescombriformes, no hubiera habido problema alguno en colocarles cualquier tipo de música, acuática, sideral o de otra especie.
Si, en cambio, Eros es, en la mitología griega, el dios del amor humano (Cupido en la mitología romana), y Selene, en la mitología griega, la hermana de Helios, personificación de la luna ("doncella celeste cuya deslumbradora belleza hacía palidecer a los demás astros" -¡vaya paradoja!-), y si esas deidades poblaron la fertilísima imaginación de dos grandes poetas, el desafío es muy otro.
Su cercanía de lo popular nos recuerda el principio de Bela Bartok que no concebía lo atonal en la música destinada a expresarlo.
Antonio Russo, en cambio, ha plasmado una partitura que transita por andariveles politonales y atonales, donde campean climas ora oníricos, ora esotéricos, ora ominosos.
La fértil fantasía musical del compositor ha relegado el peso y el significado del verbo poético de Lorca y de Neruda -incluso sus orígenes telúricos y literarios- para construir una obra de notable colorido instrumental y de reducido despliegue coral (generalmente unísonos).
El arrebato del maestro Russo ha recalado sólo furtivamente en alguna palabra o giro. Así, los climas poéticos se perciben a menudo distantes, opuestos, cuando no arbitrarios.
Al fatigar los versos -de los que la soprano María Bugallo sólo canta las vocales-, el compositor nos deja una partitura coherente en su desarrollo instrumental, a modo de sobrevuelo musical...
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