
Una explosión gitana
"Gato negro, gato blanco" ("Black Cat, White Cat", Alemania, Francia, Yugoslavia, Austria, Grecia/1998). Presentada por Distribution Company. Basada sobre un guión de Gordan Mihic y Emir Kusturica. Intérpretes: Bajram Severdzan, Srdan Todorovic, Branka Katic y Florijan Ajdini. Música: Dr Nelle Karajnic, Vojislav Aralica y Dejan Sparavalo. Dirección: Emir Kusturica. Duración: 128 minutos. Nuestra opinión: muy bueno.
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"Gato negro, gato blanco" trae desde el principio el sello inconfundible de Emir Kusturica, lo que despertará un estímulo irresistible en sus admiradores y una sombra de sospecha en quienes juzgan artificiosa su exuberancia y rechazan sus osadías y su grandilocuencia. El director bosnio, ya se sabe, no es amigo de los términos medios y tampoco suele haberlos respecto de su cine: por lo general se lo ama, o se lo desestima.
El desborde, la vitalidad exacerbada, la imagen sobrecargada y en constante movimiento, el ritmo interior vertiginoso, se adueñan en seguida de esta comedia estrepitosa sobre amores contrariados y enredos entre familias de gitanos, embusteros y delincuentes de todo pelaje. Y aun cuando por momentos pueda sospecharse detrás de la cámara a un Kusturica algo forzado a entregar lo que se espera de él y se vuelvan molestos ciertos excesos -los del metraje, por ejemplo, que bien pudo reducirse en quince minutos, o los que denuncian una deliberada búsqueda del efecto kitsch-, la vivacidad del cuadro, la imaginación desatada del realizador y su arrollador ánimo festivo proporcionan al relato un encanto y una animación de la que es difícil no contagiarse. Siempre, claro, que se acepte el alboroto y la efusividad que Kusturica parece necesitar como su indispensable oxígeno.
Gatos, cerdos, gansos
Hay un par de gitanos con suerte dispar: uno, Dadan, adicto a la cocaína y a la música tecno, y siempre flanqueado por dos opulentas y obedientes bellezas, triunfa en los negocios sucios a fuerza de astucia, disparos y pocos escrúpulos; al otro, Matko, casi todo le sale mal, en las mesas de juego o cuando decide afrontar algún proyecto más ambicioso, como el asalto a un tren que transporta combustible. También hay otros dos gitanos, más sabios, más viejos y antiguos compinches, que van y vuelven de la muerte justo para interrumpir una boda forzada. Hay una abuela dispuesta a vender caros los atractivos de su niña, un larguirucho de gatillo fácil que nunca encuentra novia y una minimujer cuya soltería le quita el sueño a su hermano Dadan.
Entre ellos y todos los demás, incluida la parejita joven en la que se depositan todas las esperanzas de un mejor futuro -lejos del pueblo, ¿lejos de Yugoslavia?-, andan de acá para allá muchos gansos y varias gallinas, algunos músicos y un par de gatos, uno negro, uno blanco. Y no falta el cerdo que muerde los restos de chapa de un auto desvencijado, quizás un vestigio de guerras recientes.
En medio de este ruidoso mundo instalado a orillas del Danubio, Kusturica construye su fábula sobre la amistad, el amor y los despojos de una sociedad que se contamina y se transforma, pero que sigue cantando su celebración de la vida.
La potente energía que derrocha la narración, las invenciones de Kusturica (que sus detractores podrán señalar como reiteraciones; tan próximas están a veces a algunos de sus films anteriores), la exuberancia vital y primitiva de los gitanos y la inspirada vibrante espontaneidad de los intérpretes -la mayoría de ellos no profesionales- dotan al film de una vivacidad poco común y a los personajes de una simpatía arrolladora.
Habrá quien juzgue que falta en "Gato negro, gato blanco" aquel encendido acento lírico que distinguió a Kusturica desde sus primeras obras y le valió tantos elogios y tantos premios. Es probable. Pero aun con sus altibajos y sus desmesuras, el film conserva ese aire de libertad y esa dosis de locura, violencia, desenfado y primitiva sensualidad que el bosnio vuelca en sus films y que echa con su desorden de las formas y sus audaces fantasías un soplo de aire refrescante a un cine demasiado ceñido a fórmulas.





