
Viggo Mortensen, Maria Bello, Ed Harris, William Hurt Dirigida
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Las demas peliculas de este año van a tener que sudar balas para empatar el explosivo y subversivo ingenio de Una historia violenta [ A History of Violence ], de David Cronenberg. Te pega como un gancho a la mandíbula y después empieza a meterse con tu cabeza. El film trata de una familia del Medio Oeste, y el suspenso y la sexualidad realizan una seductora danza en la superficie de la trama. Ya se habla de esta película como el puente del polémico canadiense hacia el mainstream. Puede que se piense, pero sólo si nunca oíste hablar de subtexto o si jamás notaste el sabotaje de Cronenberg al envoltorio brillante y hermoso de las cosas. Están aquellos que se enfurecen con el lado depravado del director, el loco de la sangre que articula juegos de mente con miembros lastimados o filma escenas rebosantes de cuerpos para películas como Scanners, La mosca, Dead Ringers, Videodrome, Crash y El almuerzo desnudo. Abran los ojos. Se trata de un director de nivel internacional que está en la cima de su carrera.
Trabajando sobre un guión salvaje y divertido de Josh Olson, vagamente basado en la novela de John Wagner y Vince Locke, Cronenberg nos cautiva con impresionante habilidad. Hace que la vida en el remoto pueblito de Millbrook, Indiana, parezca salida de un dibujo de Norman Rockwell. Allí, Tom Stall [Viggo Mortensen en la mejor actuación de su carrera] es el encargado del bar local y vive junto a su atractiva esposa Edie [Maria Bello], y a sus dos hijos [Jack, de 15 –Ashton Holmes–, y Sarah, de 6 –Heidi Hayes–]. Los Stall no son los Walton. Después de veinte años juntos, Tom y Edie siguen encontrándose para hacer travesuras juntos, como que Edie se vista de porrista, avivando el ardor de Tom. Los jueguitos de disfraces toman otro sentido cuando dos ladrones armados amenazan con disparar a todos en el bar. El templado Tom de pronto se convierte en Indiana Jones, arrojándoles café hirviendo y avanzando por encima y debajo de las mesas. En el medio, lo apuñalan en un pie, pero finalmente toma un arma y mata a los delincuentes. Cronenberg le da a la escena un ritmo veloz y brutal con un fluido trabajo de cámara, crédito del talentoso Peter Suschitzky. Nos sentimos shockeados por la violencia, pero también atrapados por ella. Nos volvemos cómplices, queremos que los cretinos mueran. Los medios le dan a Tom un nuevo rol: el de héroe.
La cara de Tom en la tele llama la atención de Fogarty [el soberbio Ed Harris], un mafioso irlandés de traje negro, sin un ojo y cara cortada que vive en Filadelfia, y que va en limusina hasta el bar y exacerba a Tom llamándolo por el nombre de un ex compañero de mafia al que Fogarty busca desde hace años. La negativa de Tom conduce a una pelea aún más fea que la anterior –William Hurt, como líder de la banda, mezcla júbilo y malicia con efectos devastadores– convirtiendo un mundo maravilloso en una pesadilla.
¿Es Tom en el fondo un asesino o es la víctima de un equívoco que parece salido de un thriller de Hitchcock? No se los voy a decir, y si la vieron no lo difundan. Tengan en cuenta que, con su experiencia, Cronenberg nos muestra, además de las curvas del camino de la vida, cómo un golpe de violencia puede hacer que un hombre aparentemente pacífico se convierta en objeto de temor y de atracción intensa. En la escuela, el hijo de Tom [Holmes le da al papel una complejidad conmovedora] muele a golpes al idiota que venía moliéndolo a golpes a él. Una vez más, lo alentamos. Edie es menos terminante. Cronenberg no podía elegir mejores actores para estos complejos papeles. Mortensen, conocido por El señor de los anillos pero con mejores actuaciones en películas más pequeñas [ The Indian Runner, Retrato de una dama, A Walk on the Moon ], supera cada desafío en los que el rol le pide sutileza y seguridad. Y Bello es dinamita en su papel de mujer que se ve forzada a buscar los rastros de un asesino dentro del amable hombre con el que se casó. En una escena que sin duda despertará controversias, Edie se pelea con Tom en la escalera de la casa. El piensa que el sexo reforzará la relación. Pero cuando la resistencia de ella deja lugar al deseo, no lo hace por su esposo sino por ese extraño que la atemoriza y la excita.
Cronenberg sabe que los norteamericanos tienen una historia de violencia. Está inscrito en su adn. Y sin un atisbo de sermoneo, muestra cómo la gente secretamente hace lo que públicamente condena, y cómo incluso podemos vivir con eso. El retablo familiar del final del film es lo más emocionante y redentor que Cronenberg haya creado. No vas a saber en dónde te golpea.




