
Varèse, antes de su viaje final
Hace medio siglo, poco antes de terminar 1965, se iba de este mundo Edgar Varèse, un músico que había nacido en Francia en 1883 y murió en Nueva York. Siendo muy joven, adquirió una formación científica que tendría mucha incidencia en su obra futura, sobre todo en el análisis profundo del sonido dentro de sus composiciones. Luego sintió la definida y definitiva inclinación hacia la música, lo que lo llevó a frecuentar la Schola Cantorum de París con la guía de Vincent d'Indy y Roussel, antes de iniciar sus clases en el Conservatorio de París con Widor. Se vinculó con Richard Strauss y Busoni, de quien absorbió sus inquietudes renovadoras, y también se conectó con Debussy, por quien sentía una marcada admiración. Pero fue durante la Primera Guerra Mundial, y tras una grave enfermedad, cuando resolvió abandonar Europa para establecerse en Estados Unidos, donde se radicó definitivamente y decidió con profunda convicción tomar la ciudadanía norteamericana, en 1926.
En la convicción de Varèse, "la música del mañana será espacial" y, además, "los sonidos darán la impresión de describir las trayectorias en el espacio, de situarse en un universo sonoro en relieve". Para el estreno de su obra Amériques para orquesta, escrita entre 1918 y 1921, aclara que el título no debe interpretarse como "solamente geográfico, sino como simbólico de los descubrimientos de nuevos mundos sobre la tierra, en el espacio, o todavía en el espíritu de los hombres".
Entre las diversas composiciones de este músico, vale la pena detenerse en Ionisation, para percusionistas. Para Nicolai Slonimsky, que la estrenó en el Carnegie Hall de Nueva York en 1933, "esta partitura es única en la literatura musical. Está escrita para instrumentos de entonación indeterminada (percusión) o entonación variable (sirenas), y su función esencial parece querer demostrar la variedad y la riqueza extraordinarias de ritmos y de timbres que es posible obtener de un conjunto de esta naturaleza".
Pasado un buen tiempo, es cierto, la obra, solitaria en sus comienzos, provocó una numerosa descendencia. Entre las creaciones posteriores del autor, hay una de ellas, Déserts, para orquesta y banda magnética, que llegó a imponerse como un clásico de la música contemporánea.
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En realidad, Varèse ve esta nueva era como una época sofisticada donde la música podría beneficiarse del progreso tecnológico y mantenerse al nivel del pensamiento científico. Estaba seducido por la magia y el misterio de la ciencia. Convencido de lo que la tecnología no podía por entonces aportar al artista creador, se dedicó a preconizar la fabricación de nuevos aparatos generadores de sonidos.
En 1939, hablando de una máquina de sonidos, hizo esta predicción: "Las ventajas que yo preveo son éstas: una máquina parecida nos liberaría del sistema arbitrario y paralizante de la octava; ella permitiría la obtención de un número ilimitado de frecuencias, la subdivisión de la octava y, por consecuencia, la formación de todas las escalas deseables...".
Y sigue. En este terreno, Varèse se consideró el portaestandarte de una nueva era en la música, en la que la expresión "sonidos organizados" parecía más propia que la palabra "música".







