
Versión muy lineal de una pieza de Gambaro
"El campo", de Griselda Gambaro. Intérpretes: Carlos Elizalde, Marcelo Bucossi, Victoria Solarz, Juan Pablo Anún, Leonardo Basso, Gerardo Laffitte, Gabriel Serenelli. Escenografía: Carla Buscenmi. Musicalización: Alejandro Nuin y Uriel Gustavino. Dirección: Uriel Gustavino. En el Centro Cultural Recoleta. Nuestra opinión: regular
1 minuto de lectura'
Estrenada en 1968, "El campo" es una de las piezas más emblemáticas de Griselda Gambaro. El tema del poder encuentra aquí una nueva posibilidad de desarrollo y con un tratamiento que hace estremecer. La autora ubica la acción en un campo de exterminio, no importa cuál ni dónde se encuentra. Todo es tan vago como el diseño de esos personajes de conductas fragmentadas que deambularán por una escena en la que los signos de la violencia asomarán de continuo.
Si indudablemente en tiempos de su estreno (la dirección estuvo a cargo de Augusto Fernandes) el espectáculo produjo una gran inquietud, las referencias no podían estar en otro lado más que en los campos de concentración nazis. Cuando se repuso en el Teatro Cervantes, a mediados de la década del 80 (con dirección de Alberto Ure), el texto fue destacado como casi anticipatorio de los tiempos de la dictadura militar que comenzó en 1976. De alguna manera la resonancia era otra y, por ende, la recepción tuvo otras características. La pieza se tornaba muy coyuntural.
Otros tiempos
En esta temporada, "El campo" vuelve a un escenario y su valor es ya histórico. Sobre todo porque el director Uriel Gustavino prefiere trabajar con signos escénicos que indudablemente también van a remitir a la última dictadura militar. Y eso se hace muy obvio en el vestuario de Franco, cuyos uniformes tienen señales muy concretas del Ejército, la Marina y la Aviación, como también en el ingreso de los cuatro soldados-policías que entran a la platea con un fuerte instinto represor.
Pero eso ya no conmueve, o al menos no lo hace en esta puesta. Sólo es un dato del pasado que quedó en la historia. Se da también un gran problema en las actuaciones. Cada uno de los intérpretes está marcado en un estilo diferente del resto. Franco es grotesco, mientras que Emma está compuesta desde un lugar muy exterior y Martín, verdaderamente, no queda claro quién es. Así, la trama se desvanece continuamente y el espectador sólo termina admirando una escenografía muy bien lograda plásticamente pero que no termina de contener a esos personajes en su dramatismo. Verdaderamente es una lástima reducir un material tan interesante a una lectura tan poco arriesgada. Los resultados están a la vista.
1
2Del osado look de Juana Viale en La noche de Mirtha a su picante comentario sobre los medios
3El thriller psicológico subido de tono de Stanley Kubrick con Tom Cruise que volvió a posicionarse entre lo más visto de Netflix
4Pitufos, extraterrestres y apariciones: famosos que tuvieron experiencias paranormales

