Arctic Monkeys
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Desde que Oasis tomara por asalto los escenarios en la década del 90, la prensa británica, acostumbrada a exagerar, no se ponía tan histérica por una banda como ha ocurrido con los Arctic Monkeys. Pero el entusiasmo de la prensa no supera por mucho el del público británico, que ha convertido el disco en el álbum debut que más rápido se agotó en la historia. Buenas noticias: en el caso de esta banda punk que es ingeniosa sin pecar de pretenciosa, la realidad casi coincide con la publicidad que se hace de ella. Este modesto cuarteto (dos de los integrantes tienen 19 años, y los otros dos 22) se especializa en el vértigo, el empuje y la repetición, que se plasman en sucintos riffs e intrincadas y verbosas letras, cortesía del cantante Alex Turner: las vehementes guitarras y los estrepitosos ritmos se combinan en un rugido crudo y vigoroso, sin otras pretensiones que, a lo sumo, un repicar imperceptible de maracas.
Oriundos de los baldíos industriales de Sheffield, los Monkeys comenzaron a tocar hace tres años, y en sus primeros recitales regalaron demos que rápidamente se difundieron por Internet. Antes de que la banda consiguiera un contrato con una discográfica, sus fans ya conocían las letras de todas las canciones en los conciertos de la banda.
Las observaciones hiperrealistas de Turner son útiles para explicar la lealtad que inspira este grupo. Turner documenta sin rodeos las vidas de los clubbers del Norte de Inglaterra, con un característico tono de Yorkshire: una improbable estrella que describe una vida nocturna decididamente desprovista de glamour. Whatever People Say I Am... es prácticamente un disco conceptual hecho a la antigua, sobre salidas proletarias a bailar, una especie de Saturday Night Fever para los hijos británicos de aquellos padres que se criaron con el disco y el punk. Sin embargo, el objetivo de Turner no es ser el mejor bailarín, ni huir a la gran ciudad. Se trata meramente de conservar la vida y ver qué más se puede hacer. Las canciones hablan de policías aburridos que golpean a menores de edad afectos a la bebida, porteros vengativos, y peleas antes y después del baile. El primer hit del disco, “I Bet You Look Good on the Dancefloor”, narra un regreso a casa en clave disminuida. “Riot Van” baja drásticamente el tempo y los tambores, y si bien se trata de la melodía más dulce y armoniosa del disco, la violencia y la vitalidad no decaen. “Red Light Indicates Doors Are Secured” relata un calamitoso viaje en taxi a la salida de un boliche por las calles de Sheffield con Ian Swagger de los Strokes. En el segundo hit del disco, “When the Sun Goes Down”, Turner pinta una desagradable pero vívida semblanza de las prostitutas y cafishios provinciales, enhebrando precisas descripciones y caracterizaciones que harían las delicias de cualquier mc.
¿El mundo les dará la bienvenida? La banda carece de un sencillo tan pegadizo como, digamos, “Take Me Out” de Franz Ferdinand, pero en Whatever... puede encontrarse más que eso: poderosos riffs y agudos relatos con muchos matices. Un disco que varias generaciones de fans del punk del mundo podrían disfrutar, e inclusive llegar a tomar como propio.
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