
Enrique Piñeyro, Mercedes Morán, Alejandro Awada.
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Gran ejercicio sobre el drama
Enrique Piñeyro dirige y protagoniza su propia historia, la de un ex piloto de lapa que intuía el inevitable accidente del 31 de agosto de 1999, cuando el vuelo de la empresa que se dirigía a Córdoba no llegó a decolar y terminó en un accidente que se cobró la vida de 67 personas. Whisky Romeo Zulu es una verdadera rara avis dentro de la cinematografía local. Producido independientemente de manera casi secreta, rodado en pantalla ancha Panavision con un gran despliegue técnico –las tomas dentro de la cabina en pleno vuelo no están trucadas– y con una estructura de thriller político de tintes conspirativos, el filme se propone como un monstruo bicéfalo: entretenimiento de denuncia. Y funciona extremadamente bien. Mediante la acumulación de flashbacks, escenas cotidianas y otras en que tecnicismos varios demuestran el funcionamiento de una línea aérea desde sus entrañas, Piñeyro arma un rompecabezas en que el suspenso va de la mano del horror. Y es que más allá de algunos problemas narrativos (en particular durante la primera parte) y la decisión del testigo/actor/realizador de ponerse siempre por delante de los hechos –ésta es, en última instancia, una película personal en más de un sentido–, los resultados son fascinantes desde el punto de vista cinematográfico –como pieza de género–, e iluminadores como metáfora particular de una sensación generalizada: la de una Argentina donde los controles se ejecutan siempre después del desastre, donde la maraña de ocultamientos, verdades a medias y connivencias de todo tenor se ubican siempre por encima del valor de la vida humana. La expresión "lo atamos con alambre" nunca sonó tan terrorífica.
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