
Yo, Marina, la casera del Centro Cultural
La familia Reyes está tan ligada al Centro Cultural San Martín que vive allí, en un departamento ubicado en el último piso
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"Me llamo Laura Marina Ruiz de Reyes, aunque todos me dicen Marina", cuenta apenas llega de su casa e ingresa de la sala AB, del Centro Cultural San Martín. Dice que está nerviosa, que nunca le hicieron una nota, que ni tuvo tiempo de ir a la peluquería. Pero se escucha y se ríe de sí misma con ganas.

Para Marina llegar a esa enorme sala es cosa de todos los días. De hecho, vive allí. En verdad, no vive exactamente en este mágico espacio que se parece a una sala de Berlín del Este detenida en los setenta. Desde hace 36 años, vive en el último piso del Centro Cultural. Es la casera del lugar. La tarea (¿la misión?) la heredó de su marido, quien comenzó a trabajar acá el mismo año de la inauguración del Centro Cultural. Como al país a esta sala le pasó de todo. Marina, casi en silencio, fue testigo de todo ese tránsito. "No puedo creer que la sala AB otra vez vuelva a estar abierta, sentís como una especie de orgullo. Hace como cinco o seis años que estaba cerrada, la habían convertido en un depósito con todos los muebles rotos, sucio, apilados. Era un lástima, dolía verla", dice, sobre este espacio que, con las funciones de Los posibles, volvió a tutearse con el público (ver recuadro).
Sentada en uno de los tantos sillones diseñados por Churba (que supieron estar tapizados de un naranja icónico para la época) y con su vista clavada en el escenario, tiene un recorte sumamente personal de las cosas que presenció en este escenario: "Acá vi a Los Chalchaleros, Mercedes Sosa, Víctor Heredia, Los Hermanos Abalos, Goyeneche, Julia Elena Dábalos, Raúl Lavie, Ramona Galarza, Los Tucu-Tucu, ese que cantaba «que siga, siga el baile...»".
–Alberto Castillo.
–¡Ese!
–Pero Marina: usted sólo recuerda recitales folklóricos y de tango.
–¡Es que, querido, soy catamarqueña y me encaaanta esa música! [Se ríe] Igual también me acuerdo de cuando vino Charly García. Lo saludé, claro. ¿Sabe cómo corría el whisky? ¿Sabe la cantidad de botellitas que se tuvieron que sacar?

En 1976, de la zona norte del conurbano, Marina y su familia se mudaron al Centro Cultural. "Era la época de la dictadura. El cambio entre esa época y la llegada de la democracia fue brusco. Por la gente que venía, por los espectáculos; ¿me entiende? Los milicos te traían todos los días gente para los congresos, había muchísimos. Pero cuando llegó Javier Torre [a la dirección, en 1983] esto fue una locura, llenaba las salas. Había eventos, obras, charlas. ¿Ve? Borges también estuvo acá. Yo le tuve que traer de mi casa, menos mal que tenía, un vinito porque le había dicho al director que si no tomaba una copita, no hablaba", recuerda con una sonrisa permanente.
Durante la gestión de Torre, en otra sala funcionó la comisión de la Conadep. "Pero yo de eso mucho no sé porque estaba arriba, criando a mis hijos. Mi marido sí debe acordarse. Fíjese usted, que yo recién en el 88 empecé a trabajar acá. Un día el director necesitaba una persona para cuidar una nueva galería, le preguntó a mi marido y ahí quedé, mirando a la gente, cuidando que no pasara nada."

Para aquel momento, su marido, don Segundo Norberto Reyes, ya era el casero. "Ahora soy yo. Me nombró María Victoria [Alcaraz, directora del lugar hasta el año pasado]. Es que en 2009 mi marido se jubiló y está discapacitado con un Parkinson rígido sin poder moverse", apunta.
Cuando don Reyes llegó de Catamarca, comenzó a trabajar en el Teatro San Martín. Durante años limpió el edificio hermano (y más famoso que éste). Con el tiempo fue ascendiendo ("mire, mi marido es una persona muy responsable. Hasta el día de hoy siempre me reta porque yo tengo la manía de llegar tarde. Llegué tarde hasta el día que me casé. Lo recuerdo como si fuera hoy: fue el 22 de febrero del 68"). Cuando en 1970 se abrió el Centro Cultural, pasó a trabajar acá. Recién quedó en planta permanente en 1972, cuando nació el primer hijo del matrimonio Reyes.
Un casa única
Cuatro años después, se mudaron al edificio de Sarmiento y Paraná diseñado por Mario Roberto Alvarez. "Mi casa queda en el piso 12. Hasta el octavo tengo un ascensor –cuenta–. De ahí, al 11, tengo otro más chiquito; y, después, subo a mi casa por una escalera. Antes había otro ascensor, pero ahora no anda."
–Que acá no anden los ascensores es una fija.
–Hace años que están un desastre. Hubo meses, durante la dirección de la señora María Victoria y antes, que tenía que subir los 12 pisos por la escalera. Ahora andan un poco mejor... pero mucho tiempo estuvimos del octavo al doce subiendo por las escaleras. Años. Ahora necesitamos que funcionen porque cuando tenemos que llevar al médico a mi marido es todo un problema.
A los problemas ella parece tomarlos con cierta naturalidad. Con esa misma naturalidad, a veces llega a la noche a su casa ingresando por un inmenso hall, el del Centro Cultural San Martín, propiamente; y va de un ascensor a otro sin ningún tipo de temor. "Yo, mire usted, yo no tengo miedo –dice con firmeza–. Todas las noches, a eso de la una de la mañana, bajo a apagar la luz de la escultura esa que está abajo, la de..."
–¿La de Le Parc?
–Sí, ésa. Porque yo le digo a mi jefa que dejemos la luz prendida para que se exhiba toda, es hermosa esa escultura. Por eso, antes de irme a dormir, bajo del quinto piso a la planta baja con una linternita revisando puertas. A esa hora sólo está la persona de seguridad...
–Y los chicos que tomaron la sala Alberdi.
–¡Ah, eso es un desastre! Antenoche cortaron la calle, hicieron un lío bárbaro. Yo, a veces, cuando voy bajando me los encuentro. En verano, las mocosas andaban en bombacha y corpiño. ¡No sabe lo que era! Y andaban descalzos. Esto es un Centro Cultural... ¡por favor! Parece que vienen de todos lados porque ahora hay colombianos, chilenos...; de todas las naciones.
Hace dos años ellos tomaron una de las salas. Desde hace más años, muchos más, varios objetos y muebles del Centro fueron desapareciendo. "Mire: ¡acá desaparecieron tantas cosas! Hasta estaban los mástiles, eran unos ciento y pico, que eran todos de bronce. Mi marido cuidaba las rejillas que estaban en donde ahora están esos huecos, ¿los ve? Todo eso era de bronce y no están más. ¿Sabe lo lindo que quedaba esta sala con esas rendijas bien limpias?", recuerda, con cierta indignación.

Hace poco, casi en silencio, en el Centro Cultural volvieron a presentarse muestras. Tanto en el plaza seca como en el descanso de la escalera central ahora hay instalaciones de los artistas Luis Terán y Román Vitali. En abril, una de las primeras actividades (¿o habrá sido la primera?) se presentó una "instalación/performance/happening" sobre la obra de Nicanor Aráoz. De ella, participaron varias travestis. "Yo soy del departamento de artes plásticas y tengo que estar en las muestras. Pero ésa fue... [se tienta de risa] ¡¡¡tremenda!!! Mi hija después me retó. Me dijo: «Mami, no mirés así». Pero yo me reía de las cosas que hacían. Mire, ¡fue algo fuera de serie! Lo importante es que, de repente, pum, el Centro comenzó a moverse. Esperemos que tomen gente, que haya actividades."
En semejante espacio por cuidar, muchas cosas suceden. Algunas son un tanto llamativas (por utilizar un término). "¿Sabés la cantidad de parejas que saqué de la terraza? Una noche sentía voces, yo tengo un oído bárbaro. Subo y veo a una pareja desnuda filmándose. Otra vez, un domingo, estaba colgando ropa y sentí voces. Voy hasta la antena de la radio, y nada. Entonces, cerré la puerta de la terraza y me puse a ver tele con mi marido. Al rato, siento golpes. Querían salir. «Los voy a dejar un rato para que se asusten», le dije a mi marido. A la hora llamé a la vigilancia. Era otra parejita."
–¿Cómo fue todo este tiempo con el Centro cerrado?
–Imagínese. No se programó casi nada durante años. Igual, nosotros estábamos. Yo tenía que abrir y cerrar la galería. Esas cosas... Pero te sentías mal, como que nos estaban sacando el trabajo. El Centro Cultural es lo más grande que hay en América del Sur, dice el doctor que atiende a mi marido, por eso lo defiendo, por eso me peleo con los chicos y los vecinos que hacen mugre. Esto es una sala de arte, ¿entiende?, hay que cuidarla.
Marina me invita a su casa. Llegar hasta allí es como atravesar distintas etapas geológicas de la administración pública, del abandono, de los planes fallidos y de las intenciones. Sin embargo, el edificio sigue asombrando por su modernidad. La casa de Marina da a un inmenso balcón terraza desde el cual se ve toda la ciudad. A él da la habitación en donde está don Reyes en la cama. A él también da la cocina en la cual, una de las hijas del matrimonio Reyes está preparando el almuerzo. O sea: el típico olor a hogar en medio de un elefante blanco que bosteza.
DE LA A, DE ONOFRI, A LA B, DE LEÓN
La sala AB del Centro Cultural San Martín tiene 41 metros por 23. Estaba prevista su refacción para 2005, pero el trabajo no se concretó. En los planes actuales, el reacondicionamiento se realizará en enero del año próximo y demandará unos cuatro meses. Para poder ponerla en funcionamiento mientras tanto, la actual dirección, en manos de Gabriela Ricardes, le hizo un fuerte lavado de cara.
Desde anteayer y hasta el domingo de la semana próxima, el grupo Km 29, de Juan Onofri Barbato, está presentando Los posibles. Para agosto, volverá El pasado es un animal grotesco, la elogiada pieza de Mariano Pensotti. En octubre irá Baila conmigo; un proyecto que apostará a transformar la sala en una gran pista de baile con orquestas típicas en vivo. El año se cerrará con Multitudes, el trabajo de Federico León.





