
Yo-Yo Ma de carne y hueso
Un hombre común. Hace ya varios lustros, Leo Masliah aplicó su muy original capacidad poética y musical y ese magistral manejo de la ironía para poner en letra y música la devoción casi mística que los melómanos profesan por la música clásica y sus creadores. Con un lenguaje muy refinado y más que apropiado, el músico uruguayo relataba las emociones de un público en estado de ensoñación: "Era un concierto de música culta y renacían las fuerzas ocultas de los antiguos maestros geniales, de los eternos, de los inmortales". El estado de ensimismamiento era traído a colación con expresiones tales como "el goce más fino", "contacto con algo divino", "estaban todos al borde del pasmo" y "era profundo, algo sublime". Más allá de la mordacidad, es real que en el campo de la música académica hay una tendencia a la idealización del artista de un modo diferente al que puede profesarse por un actor, un escultor o un deportista. Al músico que les pone vida a Bach, a Wagner o a Stravinsky se lo rodea de halos de superioridad y de alguna divinidad. Algo de todo esto le ocurrió al gran chelista Yo-Yo Ma, sin lugar a dudas uno de los músicos más notables de las últimas décadas. Estando en Chile, luego de ofrecer un concierto benéfico, uno de los promotores del evento, íntimamente tocado por su generosidad y, seguramente, también conmovido por esa admiración ad infinitum que se les prodiga a los grandes músicos clásicos, con su mejor intención le preguntó si, ante todos los elogios y las alabanzas que recibía a diario, no le resultaba difícil mantener los pies sobre la tierra. Entendiendo la situación y para que no quedara ninguna duda sobre su terrenalidad, Yo-Yo Ma apartó de raíz todas las simbologías y las glorificaciones y le confesó: "Mi amigo, en mi casa, yo soy el que saca la basura".


