
Yupanqui por Julia Elena Dávalos
Tercera generación de una familia de grandes poetas cantores, la folklorista sintetizó para LA NACION LINE sus vivencias con Atahualpa Yupanqui
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En uno de sus escritos lo definió como "el ojo que vio el alma de nuestro pueblo y se lo contó a la guitarra." Aquí se transcribe un fragmento del manuscrito, en donde ella lo recuerda.
“El verdadero sentido de este aporte es dar a luz lo esencial, lo luminoso que el rastro de un hombre va dejando en el camino.
“Yo oí su nombre siempre, no podría precisar desde que edad. Tal vez desde mi casa de la niñez en Salta. Yupanqui había estado allí con mi abuelo (Juan Carlos Dávalos), recorriendo los puestos en los cerros, conociendo el Valle Calchaquí, que cambiaría el mundo de Atahualpa.
“A los 17 años, en mi comienzo de vida como artista, fue más frecuente oír hablar de él sin el halo de inalcanzable que adquirió en tiempos posteriores. En La Querencia, famosa por su escenario, estuve como público con mi padre (Jaime Dávalos) y más tarde como figura artística. En 1965 salí como revelación del festival de Cosquín con los hermanos Abalos. Luego de escucharme, Atahualpa dijo: «tiene paisaje» y así presumió con ese breve juicio lo que es el canto: el paisaje que uno lleva puesto como una piel.
“En el año 1971, Canal 9 hizo un programa homenaje a los 35 años de Los Chalchaleros, y me invitaron junto a los hermanos Abalos y Don Ata, que recién llegaba de Europa. Nos sorprendió con su agilidad mental, su gracia para hacer chistes y su memoria. Ya en el aire me contó que mi abuelo lo había llevado a lomo de mula por todo el valle, para hacerle conocer lo más puro de esa heredad que lo enamoró, y que un día lo invitó a comer en su casa y cuando la empleada entró a servir café con una barriga como la mía (yo estaba embarazada de 8 meses), mi abuelo recitó esta copla: «por un ratito de gozo, nueves meses de penar, ocho días en la cama y el año dando e´mamar.» Festejaron todos la ocurrencia y la frescura de su charla. En ese momento descubrí a otro Ata, que no era el que algunos describían, sino tierno, chistoso e innegablemente dueño de infinita seducción.
“En otra oportunidad me invitó a su departamento, y allí me fue entregando partituras que jamás se publicaron, y entre mate y mate Nenette tocaba el piano. Jorge (mi esposo) y yo sentimos ese privilegio como un regalo que hoy perdura.
“Yo no soy sino una mujer formada en casa de filósofos y literarios, a sangre y fuego, no una profesional de las letras, pero sin desestimar el tesoro de poetas argentinos, creo que un destino doloroso y sutil signó estos destierros, muertes y crucifixiones del alma, en Yupanqui o en Jaime Dávalos, para expresar el germen argentino hasta la medular.
“No nace un Yupanqui así nomás. No se repite un Jaime. Son en su vida y su poesía resúmenes, y tal vez, síntesis de tantos otros árboles-hombres. No me arriesgo en nombrar ni calificar su medida. El dueño absoluto de esa dimensión es el anónimo pueblo al que amaron y cantaron en dolores y alegrías. No hay precio para pagar ese amor y esa pertenencia, si la lograron...”
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