
Zukerman: la música, un arte con vida propia
El gran violinista israelí, que se presenta hoy, dialogó con La Nación
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Para Pinchas Zukerman, vida y música son sinónimos. Desde su nacimiento (en Tel Aviv, en 1948) vivió rodeado de los sonidos que su padre le sacaba al violín, al clarinete y al saxo, tanto en su casa como en las fiestas y casamientos. A los cinco empezó soplando, primero una flauta dulce y luego un clarinete. Pero a los siete, según recuerda Zukerman en diálogo con La Nación , horas después de haber llegado a Buenos Aires, "mi papá pensó que era una buena idea que tocara violín y comenzó a enseñarme". Desde entonces no se cansó de recorrer el universo musical, desde el barroco hasta el siglo XX, y, repitiendo la historia paterna, no sólo con su violín, sino también con la viola y la batuta.
Ahora vive en Nueva York, pero sigue interesado por la conflictiva realidad de su país natal, situación que se le hace difícil de comprender. "No soy político", explica, pero se muestra optimista. Según él, la paz es "una cuestión de tiempo, para que los pueblos y las diferentes culturas aprendan a convivir y respetarse". Zukerman cuenta que muchas cosas cambiaron drásticamente, incluso dentro de Israel mismo, y por eso la adaptación a estos movimientos necesariamente requiere del paso del tiempo. "En los últimos años llegaron a Israel un millón de emigrados desde la ex Unión Soviética -ejemplifica-. Esto significó incorporar a un grupo de gente con otra lengua y otra cultura; ellos nunca vivieron en democracia y esto es un desafío de adaptación para todos."
Pero Zukerman es, antes que nada, músico. Y un apasionado del arte que eligió como medio de vida. El violinista que tiene oído absoluto y que logró que su primera maestra lo aceptara luego de recuperarse de la sorpresa de que un chico tan chico pudiera afinar él solo su instrumento, dice que, aun después de 42 años de actividad, sigue sorprendiéndose cada vez que hace música.
-Lo que es maravilloso de la música es que es una forma de arte muy fina. Tiene una cierta matemática y un aspecto de arquitectura que debes seguir y que responde a ciertos aspectos físicos de la naturaleza. Luego viene lo que hace de la música un arte extraordinario, diferente de los demás: tiene su propia vida, que es creada por la armonía, la cual responde a una estructura muy estricta. El problema que surge es cómo unir lo emocional y lo intelectual. Esto es lo fascinante, y siempre representa un proceso en marcha continua. Todavía me sorprendo cuando escucho alguna armonía, algún enlace en particular, que tocas una y otra vez. Cuando viene es un sentimiento increíble. Si lo puedes conservar, es una emoción renovada. Es como el sol, que sale cada día o cada nueva primavera, verano, otoño o invierno.
Las reflexiones de Zukerman surgen con naturalidad y sin pausa. Denota que no se trata de un instrumentista que se limita a tocar sólo las notas. "Un instrumentista debe conocer el lenguaje real y su gramática -enumera-. Y cuanto más tiempo les dedicas a estos elementos, que son parte de una autodisciplina, la música se hace más grande dentro tuyo y, en consecuencia, se proyecta a la audiencia. Es muy afortunado estar en un tipo de arte que tiene esta respuesta inmediata: la propia y la del público en forma simultánea. Si escribes un libro, tú tienes el sentimiento pero no la reacción del público. La música tiene esta totalidad que la hace única.
-Usted se refirió a la gramática. ¿Existen diferentes gramáticas para cada período?
-No tengo una respuesta única, puedo contar lo que trato de hacer habitualmente. El violín es el mismo, el arco también. Luego está la práctica, tienes que ser coordinado para saber cómo hacer algo, cuáles son los sonidos que tratas de lograr. El sonido que tratamos de lograr viene de la música, de su lenguaje. Alguno es del 1700, otro del 1800. Es la lengua en sí misma la que miras en cada página y la que significa un color diferente. El instrumento es el mismo, pero tu proceso mental es diferente. Si realmente sabes lo que haces físicamente, eso sonará de acuerdo con lo que fue escrito en la partitura. Es como la lengua. Tiene que estar bien pronunciada y bien articulada. El acento no es tan importante. Estas son las cosas que hacemos como intérpretes. Lo que es diferente es el idioma que está en la partitura. Están el de Takemitsu, Berg, Beethoven, Mozart; esto es lo diferente y tienes que saber cómo interpretarlo, tú no cambias. Cambias de acuerdo con la guía que está sólo en la partitura.
-¿Qué sucede con los textos secundarios?, ¿los tiene en cuenta?
-Sí. Pueden ayudar. En la Obertura 1812, puedes pensar en la Revolución, esto suma. Vas al museo, ves pinturas. Cuanto más tiempo pases alrededor del tema, más profundo te llegas a conectar con la obra y esto se oirá.
-¿Cómo fue, por ejemplo, su experiencia con Pierre Boulez y la música de este siglo?
-Con Boulez se da un fenómeno muy interesante. Para él, la historia de la música va de Bach a Wagner y a la Escuela de Viena. Es una persona que cree en esa estructura: el progreso en la historia de la música. Tiene razón. Ahora, ¿yo concuerdo completamente? No. En teoría, sí. El es antes que nada un compositor. Los compositores miran el texto de otros autores de un modo diferente que un intérprete. Y es maravilloso. Cuando vas a trabajar con alguien así un texto como el de Berg, te forma una idea desde su lugar como compositor primero. Con Pierre aprendí el idioma de Berg y me enseñó que hay cosas en él que son iguales a Bach. Lo que hizo fue crear un nuevo texto dentro de una estructura. Lo mismo pasa con Bartok y su uso de los doce tonos. Es un nuevo texto y debes aprender sobre él, analizándolo, tocándolo, oyéndolo. Así aprendes sobre un tipo de construcción. ºPero las notas son las mismas para todos! El me enseñó esto.
-Cuando dirije, ¿qué quiere transmitir primordialmente a los músicos?
-Estructura. Todos tocamos las notas, vas de aquí para allá. Pero la música no es algo que empieza y termina. Se parte, cada obra es un viaje. Algunos compositores tienen todo el viaje en la cabeza antes de escribirlo. Por ejemplo, Mozart. Cuando escribía la obra ya no había preguntas. Con Haydn hay algunas diferencias, cosas que al dirigir debes aprender porque eres el único que puede hacer que el sonido salga. Por eso lo físico debe estar adecuado a lo que la música dice. Luego debe ser parte tuya, así llega a la orquesta. No es difícil: se ve difícil. Pero si realmente aprendes todos estos elementos debería ser algo natural.
-Usted va a tocar aquí el Concierto para violín de Beethoven con una orquesta de cámara, ¿cuál es la diferencia respecto de hacerlo con una orquesta grande?
-No hay diferencia. La única es que hay más gente (risas). Y tienes que hacer que haya más personas escuchando del mismo modo.
La historia real del verdadero Zukerman
Hace algunos años, por las pantallas de televisión, Jorge Guinzburg paseaba su silueta y su humor inconfundibles creando un superhombre judío, grotesco, vestido con ropas apropiadas, de tonos vistosos, con la Z estampada en pleno pecho y que respondía al nombre de Zukerman.
En realidad, con otro tipo de dotes, existía desde hacía unos cuantos años otro Zukerman todopoderoso, pero que producía fenómenos placenteros a quienes lo escucharan tocando el violín, la viola, o dirigiendo orquestas, o haciendo música de cámara.
El verdadero Zukerman, el que ha sobrevivido a los cambios temporales que dictan el mercado, los agotamientos creativos y los ratings, responde al nombre de Pinchas, nació en Tel Aviv en 1948 y es uno de los músicos más notables de la actualidad.
La historia grande de Zukerman, y la puerta por la que accedió a la fama y a la celebridad, comenzó en 1968, cuando obtuvo el primer premio del Concurso Internacional Leventritt.
Desde entonces, como violinista, desarrolló una carrera notable que no ha tenido interrupciones. Sin embargo, cuando estudiaba en la Juilliard School de Nueva York, comenzó a participar en ensambles de cámara tocando la viola.
Sin problemas de pasaje de uno a otro instrumento, Zukerman ha logrado un dominio técnico absoluto de este cordófono, hasta transformarse en uno de los más importantes violistas del planeta. Sus versiones registradas del Concierto para viola, de Bartok, o de Haroldo en Italia, de Berlioz, no tienen prácticamente rivales cercanos.
En uno u otro instrumento, aunque menester es recordar que siempre ha sido la del violín su actividad principal, Zukerman ha demostrado una técnica brillante y un sonido pleno, flexible y profundo.
Como músico de cámara, Zukerman tiene una historia asombrosa. Ha grabado prácticamente todas las sonatas para violín y piano escritas desde el clasicismo en adelante y además, con grupos más numerosos, hemos podido verlo en acción tocando en los numerosos recitales que ofreció en Buenos Aires, generalmente en el teatro Coliseo, para los ciclos de Harmonia.
En el campo de la música de cámara, hay que hacer mención a algunos hechos destacados. Este año, Zukerman, por ejemplo, cumple dos décadas de asociación fructífera y destacada con el pianista y compositor norteamericano Marc Neikrug.
Y a principios de los ´70 fue parte activa y principal de lo que dio en llamarse la "pandilla israelí", un grupo asombroso que integraba junto con Itzhak Perlman, Daniel Barenboim y la malograda Jaqueline Du Pré, todos con el doble padrinazgo musical de Isaac Stern y Zubin Mehta. De esta asociación quedó un registro excepcional del Concierto para violín, de Beethoven, con Zukerman y la Sinfónica de Chicago, dirigida por Baremboin.
Los registros en video y en CD de esas sesiones de camaradería y alta musicalidad demuestran la inmensa capacidad de integración y aporte solidario que, hasta hoy, en los distintos ensambles que integra, sigue demostrando Zukerman.
Pero como no sólo del violín y la viola ha de vivir el músico, en 1970 comenzó a dirigir orquestas. Precisamente con la Orquesta de Cámara de Inglaterra, con la cual lo veremos el próximo martes, se inició en una carrera, aquí poco conocida, que lo ha llevado a plantarse delante de algunas de las orquestas sinfónicas o de cámara más importantes del hemisferio norte y a arremeter contra sinfonías, oberturas y conciertos, pero, ahora, no con el violín sino con la batuta en la mano.
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