
En la Casa Blanca de Trump, el dictador de China es más bienvenido que los medios
En la gran pugna entre democracia y autocracia, Trump ha dado durante mucho tiempo la impresión de estar en el bando opuesto
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WASHINGTON.– En la puerta de la Casa Blanca, se permitía el acceso a los terrenos de la residencia presidencial a una multitud de periodistas chinos para cubrir la visita del presidente Xi Jinping. Mientras tanto, en la calle, a varios periodistas estadounidenses se les impedía entrar a la Casa Blanca por orden del presidente Donald Trump.
La escena en la Avenida Pensilvania el jueves por la mañana reflejó una semana surrealista en la vida de Washington. El presidente de Estados Unidos vetó a los periodistas estadounidenses alegando que representaban una amenaza para la seguridad nacional, al tiempo que daba la bienvenida a periodistas chinos que responden ante la dictadura comunista de Pekín.
Se trata del mismo presidente que emite anuncios televisivos pagados por el gobierno prometiendo evitar que Estados Unidos se vuelva socialista o comunista, justo la misma semana en que mantuvo una reunión cordial con el alcalde socialista democrático de Nueva York y desplegó una alfombra roja —literalmente— para el presidente comunista de China. Es el mismo presidente que libra una guerra económica contra el primer ministro de Canadá mientras invita al presidente de Rusia a visitar su club de golf en Florida.

En la gran pugna entre democracia y autocracia, Trump ha dado durante mucho tiempo la impresión de estar en el bando opuesto. Sin embargo, pocas veces esto ha quedado tan patente como esta semana, al castigar a medios de comunicación por ser demasiado “negativos” con él, mientras estrecha lazos con Xi y con el presidente ruso Vladimir Putin —dos de los principales líderes autoritarios del mundo, cuyos gobiernos reprimen brutalmente la libertad de expresión—.
La llegada de Xi a la Casa Blanca se celebró con una pompa y solemnidad que no fueron cubiertas por las cadenas de televisión estadounidenses. Éstas seguían boicoteando el pool de prensa acreditado de la Casa Blanca a la espera de que el equipo de Trump se comprometiera por escrito a readmitir las cámaras de CNN en la rotación. A los reporteros de CNN, MSNBC y Politico, a quienes inicialmente se les había prohibido la entrada a la Casa Blanca el jueves por la mañana —pese a existir una orden judicial—, se les permitió acceder más tarde ese mismo día; no obstante, al caer la tarde, el equipo de Trump aún no había autorizado el regreso de CNN al grupo de prensa que proporciona diariamente las imágenes del presidente.
Mientras expresaba su indignación porque la jornada de gran despliegue ceremonial que había organizado minuciosamente no se había televisado, Trump disfrutaba de la compañía de Xi y lo colmaba de elogios, sin hacer mención alguna a las cuestiones de derechos humanos que presidentes anteriores habían planteado al reunirse con sus homólogos chinos.
“Desde mi primera elección en 2016, el presidente Xi y yo hemos forjado una amistad —una amistad verdaderamente magnífica, de hecho— basada en el respeto mutuo y en los intereses vitales de nuestros pueblos”, declaró Trump en la Casa Blanca. Más tarde, se complació en mostrarle a su gran amigo el nuevo salón de baile de la Casa Blanca, actualmente en construcción, y exhibió una fotografía —con la que pretendía burlarse— de la máquina de firma automática (“autopen”) destinada a representar a su predecesor, el expresidente Joe Biden.
Chinese President Xi Jinping saw that a portrait of President Biden, who once called him a dictator, was no longer displayed on the wall and had been replaced by a picture of an automatic pen. He laughed so hard he nearly doubled over! 🤣
— United States Position(U.S. P) (@WizarGod) September 24, 2026
Xi Jinping likes Trump because he… pic.twitter.com/8tme3zkIrc
Trump espera recibir pronto, de manera similar, a Putin. El secretario de Estado, Marco Rubio, anunció esta semana que el Trump había invitado al líder ruso —quien en su momento fue marginado— a asistir a la reunión anual del G20 en Miami el próximo mes de diciembre. Sería su primera aparición en dicho encuentro anual desde 2019, antes de su invasión a gran escala de Ucrania. La cumbre está programada para celebrarse en el Trump National Doral Miami, lugar donde el presidente intentó organizar una reunión del G7 durante su primer mandato, pero desistió tras las quejas republicanas de que aquello suponía un conflicto de intereses personal —quejas que no se han escuchado en esta ocasión-.
Si bien Putin fue expulsado del G7 y de otros grupos debido a la anexión de Crimea en 2014, Trump ha mostrado gran interés en reintegrarlo al ámbito internacional. La Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Putin en 2023 por crímenes de guerra, pero Trump hizo caso omiso de ella al invitar al mandatario ruso a Alaska el año pasado; además, esta misma semana arremetió contra el tribunal en un discurso ante la Asamblea General de la ONU, calificándolo de “grupo de gente malvada”, mientras su administración intenta desmantelar dicho organismo.
Afinidad por los déspotas
La afinidad de Trump por déspotas, tiranos y autócratas ha desconcertado a líderes democráticos y diplomáticos, reorientando la política exterior estadounidense desde hace aproximadamente una década. Se deshace en elogios hacia figuras como Kim Jong-un, de Corea del Norte (“nos enamoramos”); Abdel Fattah al-Sisi, de Egipto (“mi dictador favorito”); Mohammed ben Salman, de Arabia Saudita (“me cae muy bien”); Recep Tayyip Erdogan, de Turquía (“un muy buen amigo mío”); y Nayib Bukele, de El Salvador (“un presidente extraordinario”).

En cambio, mantiene frecuentes disputas con líderes de aliados tradicionales como Canadá, el Reino Unido, Francia, Alemania e Italia. El año pasado, menospreció al presidente democráticamente electo de Ucrania, Volodimir Zelensky, tachándolo de “dictador sin elecciones”, mientras no expresaba preocupación alguna respecto a Putin, cuyas elecciones han sido documentadas como procesos claramente amañados. El año pasado, hizo que Estados Unidos votara junto con Corea del Norte, Bielorrusia y Sudán en contra de una resolución de la ONU que condenaba la invasión rusa de Ucrania y, últimamente, ha estado cortejando al dictador bielorruso Aleksandr Lukashenko.
En el ámbito interno, Trump se enfrenta habitualmente a los medios de comunicación nacionales, tachando a los periodistas de “enemigos del pueblo”, una frase que Stalin utilizaba para condenar a los disidentes al gulag. Más que ningún otro presidente estadounidense de la era moderna, Trump ha emprendido una amplia campaña contra los medios independientes mediante demandas multimillonarias, presiones a la Comisión Federal de Comunicaciones, citaciones judiciales a reporteros, la expulsión de The Associated Press del grupo de prensa acreditado en la Casa Blanca y restricciones que, en la práctica, obligaron a los periodistas a abandonar el Pentágono.
El jueves, a Trump no parecieron importarle las señales contradictorias que enviaba al dar la bienvenida a reporteros estatales chinos mientras intentaba expulsar a medios estadounidenses, como parte de lo que él mismo denominó su “prohibición de la prensa libre”. En cambio, sí pareció molestarle que el conflicto, aún sin resolver, impidiera que las cámaras de las cadenas de televisión transmitieran las celebraciones a toda la nación.
En una publicación en redes sociales realizada al final de la jornada, Trump elogió a Xi como el “muy respetado presidente de China” y halagó a “su hermosa esposa, la señora Peng”, al tiempo que acusaba a la CNN y a MSNBC de “carecer de credibilidad” y de difundir “noticias falsas”. Un informe del grupo de prensa de la Casa Blanca indicó que, en un momento dado del día, Trump “bromeó sobre cómo los chinos tenían el cuerpo de prensa más amable”.
Lo cual, por supuesto, depende de la definición de “amable”. China ejerce un control férreo sobre su cuerpo de prensa y mantiene encarcelados a al menos 111 periodistas y trabajadores de medios de comunicación, según Reporteros Sin Fronteras, lo que la convierte en “la mayor cárcel de periodistas del mundo”. De los 180 países que la organización clasifica según su libertad de prensa, China ocupa casi el último lugar —el puesto 178—, situándose solo por encima de Corea del Norte y Eritrea. (Estados Unidos ha descendido al puesto 64 bajo el mandato de Trump).
“Trump no solo quiere reunirse con Xi: quiere imitarlo”, escribió en las redes sociales el senador Chris Coons, demócrata por Delaware y miembro destacado del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, al señalar los ataques a la prensa, la politización del sistema judicial y las purgas en la administración pública.

Incluso algunos republicanos, si bien no cuestionaron abiertamente la restricción impuesta por Trump a los medios de comunicación, expresaron su decepción por el hecho de que el presidente —al cortejar al líder de uno de los mayores socios comerciales de Estados Unidos— se mostrara tan dispuesto a adular y agasajar a Xi, pasando por alto el historial de opresión estatal de China.
“Durante cada minuto de diálogo, nuestro comandante en jefe debe tener presente que su invitado es un dictador brutal, opresor y no elegido democráticamente, que busca dominar a sus vecinos y cuyo enorme arsenal militar apunta directamente a Estados Unidos”, declaró el senador Roger Wicker, de Misisipi, presidente republicano del Comité de Servicios Armados del Senado.
Sin embargo, ese no fue el mensaje que se quiso resaltar en la Casa Blanca, donde esta semana los asesores del presidente intentaron sustituir a los medios de comunicación a los que él había vetado lanzando su propia plataforma online, “Trump TV”: una suerte de televisión estatal que el señor Xi bien podría reconocer. Sin duda, es una forma de que Trump cuente con su propio cuerpo de prensa más afín.
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