
Las purgas de Hegseth en el Pentágono amenazan la seguridad nacional
La salida de decenas de altos mandos y el bloqueo de ascensos dejaron puestos clave vacantes y profundizaron un vacío de liderazgo en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos
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WASHINGTON.- Desde el principio era evidente que nombrar a Pete Hegseth —un expresentador de fin de semana de Fox News— como secretario de Defensa era una idea espectacularmente mala: era, por lejos, la persona menos calificada que jamás hubiera estado al frente del Pentágono. También era evidente que la decisión de Hegseth de despedir a más de dos decenas de altos oficiales y bloquear los ascensos de al menos 45 militares —por razones que nunca explicó— era una pésima idea que privaría a las Fuerzas Armadas del liderazgo veterano y apolítico que necesitan.
Lo que hasta ahora no era tan evidente eran las consecuencias de esas decisiones. Han creado un peligroso vacío de liderazgo que está poniendo en riesgo la seguridad nacional y la capacidad operativa de las Fuerzas Armadas. Puestos críticos están quedando vacantes o son ocupados por oficiales que parecen haber sido elegidos más por razones políticas que profesionales.
La evidencia más alarmante es el fiasco de Irán. Ya lleva seis meses y la campaña militar del presidente Donald Trump no logró poner fin ni al régimen iraní ni a su programa nuclear, pero sí tuvo un fuerte costo para la situación mundial y para las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Titulares recientes de The Washington Post cuentan la historia: “Putin considera que Estados Unidos quedó debilitado por la guerra con Irán, según informes de inteligencia”. “La escasez de armamento estadounidense por la guerra con Irán alarma a aliados que enfrentan a China”. “Los demócratas exigen respuestas tras informes sobre malas condiciones a bordo del USS Abraham Lincoln”.

Trump, por supuesto, tiene la responsabilidad última de haber iniciado este conflicto innecesario y fallido. Pero la conducción del Pentágono tampoco puede eludir su parte de culpa. Una investigación de The Wall Street Journal publicada la semana pasada reveló que la comunidad de inteligencia había advertido correctamente sobre los riesgos y que el vicepresidente JD Vance había aconsejado no entrar en el conflicto. Sin embargo, Trump aparentemente terminó convencido por Hegseth, el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, y el almirante Brad Cooper, jefe del Comando Central de Estados Unidos, quienes le presentaron planes para paralizar a las fuerzas iraníes. Según el Journal, Hegseth y Caine le aseguraron al presidente que “podrían manejar cualquier complicación”.
Estoy completamente seguro de que, si Jim Mattis —uno de los secretarios de Defensa de Trump durante su primer mandato— y el general Mark Milley, entonces jefe del Estado Mayor Conjunto, siguieran en sus cargos, jamás nos habríamos metido en este pantano. Ambos resistieron de manera activa y acertada las presiones para atacar a Irán.
Pero en su segundo mandato, Trump se aseguró de nombrar líderes más dóciles. Despidió al anterior jefe del Estado Mayor Conjunto y designó a Caine, un general retirado de tres estrellas, porque tenía la impresión —probablemente equivocada— de que era simpatizante de MAGA. Hegseth eligió a Cooper para dirigir el Comando Central por encima del favorito para el puesto, el general del Ejército James Mingus, aparentemente porque Mingus había trabajado para Milley, a quien Trump detesta.
Posteriormente, Hegseth despidió a Mingus de su cargo como subjefe del Estado Mayor del Ejército y luego apartó también a su muy respetado superior, el general Randy George. Actualmente, el Ejército no tiene un jefe del Estado Mayor confirmado. El puesto está ocupado de manera interina por el general Christopher LaNeve, exasistente militar de Hegseth, quien se ganó el favor de Trump al llamarlo para felicitarlo por su asunción. Las preocupaciones bipartidistas en el Senado están bloqueando la confirmación de LaNeve para el cargo.
The Washington Post acaba de informar que, antes del despido de George, LaNeve le había advertido que no investigara a los pilotos de helicópteros que imprudentemente se mantuvieron suspendidos frente a la casa del músico y simpatizante de Trump Kid Rock. Luego, una de las primeras medidas de LaNeve como jefe interino fue disolver un batallón de drones que George había organizado, una decisión que el expresidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich, republicano, calificó como un “terrible error”.
Otro terrible error fue la decisión de LaNeve de reasignar al III Cuerpo Blindado —integrado por tres divisiones pesadas—, que dejó de concentrarse en la amenaza rusa en Europa para pasar a depender del nuevo Comando del Hemisferio Occidental. ¿Se supone que estas unidades blindadas van a invadir México? ¿Groenlandia? ¿Canadá? No tiene ningún sentido y envía una peligrosa señal de falta de determinación al presidente ruso, Vladimir Putin.
Las purgas de Hegseth han creado un vacío en la conducción del Ejército. Como señala The New York Times, la fuerza pasó de tener diez generales de cuatro estrellas a solo cinco. Algunos puestos clave llevan meses vacantes. Y el vacío en la cúpula solo empeorará porque, según trascendió, el secretario del Ejército, Dan Driscoll —que trabajaba estrechamente con George pero chocó con Hegseth—, se marchará.
La Marina también atraviesa una situación crítica: la guerra de Trump contra Irán está drenando rápidamente su presupuesto y sus municiones, además de perjudicar su nivel de preparación. La crisis se agrava por las inexplicables exigencias de Trump de reemplazar las catapultas electromagnéticas por catapultas de vapor y trasladar la ubicación del puesto de mando en los futuros portaaviones. Como advirtió el exoficial naval Bryan Clark en una columna de The Washington Post, rediseñar los portaaviones será un proceso largo y costoso que “corre el riesgo de paralizar la capacidad operativa de la flota, que ya se encuentra en su punto más bajo en décadas”.
Un jefe de Operaciones Navales normal habría debido resistirse con firmeza a un cambio tan poco meditado. Pero no hay indicios de que el almirante Daryl Caudle lo haya hecho. The New York Times informó que Caudle y sus asistentes hicieron lobby para que él obtuviera el puesto —una violación de las normas de comportamiento militar— después de que Hegseth despidiera a la primera mujer que había ocupado la jefatura de Operaciones Navales. Según el informe, uno de los oficiales de Caudle le dijo al equipo de Hegseth que el almirante simpatizaba con sus diatribas contra lo “woke”. Caudle no había sido recomendado por los principales mandos de la Marina, pero consiguió el cargo de todos modos.
Y luego están los ataques ilegales del Pentágono contra presuntas embarcaciones vinculadas al narcotráfico. Durante el último año, las Fuerzas Armadas han estado matando a personas que no participan en combates sin lograr ningún impacto apreciable en la reducción del flujo de cocaína hacia Estados Unidos. El anterior jefe del Comando Sur, almirante Alvin Holsey, expresó preocupación por esos ataques, por lo que fue obligado a jubilarse anticipadamente. Hegseth lo reemplazó por un oficial más complaciente, el general de Marines Francis L. Donovan. La semana pasada, el Comando Sur anunció otro ataque contra una embarcación, en el que murieron otras cuatro personas sin juicio previo.
Mientras todo esto sucede, el gobierno intenta ampliar el presupuesto de Defensa hasta 1,5 billones de dólares. Pero ni todo el dinero del mundo puede compensar la devastadora pérdida de liderazgo causada por las purgas de Hegseth. Trump y Hegseth podrán estar comprando más equipamiento, pero están poniendo en peligro el profesionalismo apolítico —el sistema operativo— que alguna vez convirtió a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en la envidia del mundo.
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