Reseña: La muerte de Belle, de Georges Simenon
Una de las noticias editoriales a festejar es la renovada circulación de las obras de Georges Simenon (1903-1989). Hay una ventaja: el escritor belga fue uno de los autores más prolíficos –además de popular– de los que se haya tenido noticia. Escribió 193 novelas con su firma. Setenta y dos estaban protagonizadas por el inefable comisario Maigret. Muchas otras son lo que llamaba “novelas duras”, historias turbias con aristas más o menos criminales. La cuenta no incluye sus muchos relatos ni los libros escritos con pseudónimo.
Simenon, inevitable narrador de historias en ambientes franceses o europeos, era de usufructuar sus viajes para darle sorpresa a sus argumentos. Algunas de las más recientes reediciones lo prueban: El fondo de la botella transcurre en la frontera estadounidense con México; Tres habitaciones en Manhattan, en Nueva York.
La muerte de Belle (1951) la escribió en Connecticut y forma parte, como aquellas dos, de las novelas “duras”. Los argumentos de partida de Simenon son simples: lo que importa es la manera en que sus elementos se van combinando. Aquí, un maestro de escuela de una localidad del este estadounidense, Spencer Ashby, vive una vida tranquila con su mujer Christine. Todo se altera cuando Belle Sherman, la hija de una amiga de la mujer, a la que la pareja alberga, aparece muerta en su cuarto. Se inicia así otra de las pesadillas de relojería en las que Simenon era maestro. La falsa culpabilidad es un camino circular que el belga sabe dosificar –como ocurre aquí– con una fatalidad de tragedia poco menos que griega.
La muerte de Belle
Por Georges Simenon
Anagrama/Acantilado
Trad.: N. Petit
170 págs./$ 2950







