Retrocede el argumento, avanza el grito
Mientras se deteriora el lenguaje, caen también los recursos para la discusión como intercambio de ideas en lugar de enojo y cancelación
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El desacuerdo necesita formas: vocabularios, reglas implícitas, escenas donde el conflicto pueda desplegarse sin destruir el vínculo que lo contiene. Cuando esas formas existen, el conflicto se vuelve discusión, negociación, polémica. Cuando se erosionan, se vuelve grito, cancelación, retirada o bloqueo. Lo que parece una escalada de agresividad podría ser, en realidad, otra cosa: la pérdida de los lenguajes que permitían tramitar el desacuerdo.
Una mesa, un círculo, una plaza, cuerpos inclinados hacia un centro invisible donde algo se disputa. Palabras que avanzan, retroceden, se tensan, buscan forma. En ese movimiento, el conflicto deja de ser pura fricción y adquiere espesor, ritmo, incluso una cierta belleza. La cultura puede leerse como una paciente invención de dispositivos para hacer habitable esa tensión.
La antigüedad clásica ofrecía un primer repertorio. La retórica organizaba el desacuerdo, le otorgaba reglas, tiempos, jerarquías. Aristóteles la concebía como una técnica para explorar lo verosímil, una forma de sostener posiciones sin destruir al interlocutor. Más tarde, Roma convirtió esa práctica en herramienta política, una arquitectura del lenguaje capaz de ordenar la disputa en el corazón mismo de la vida pública.

Siglos después, la escena mutó sin perder su lógica. Cafés, salones, sociedades de lectura, espacios donde la palabra circulaba con intensidad y método. El filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas describió ese momento fundacional con una precisión que aún ilumina el presente: “en los cafés, salones y sociedades de lectura del siglo XVIII se configuró un espacio donde los ciudadanos podían debatir asuntos de interés común, poniendo entre paréntesis jerarquías sociales y ensayando una forma de razón pública. Allí, la autoridad del mejor argumento aspiraba a prevalecer sobre cualquier otra forma de poder”.
Cada una de esas escenas implicaba algo más que intercambio de opiniones. Existía un acuerdo previo, muchas veces tácito, acerca de cómo disentir. En ese entramado, el desacuerdo ocupaba un lugar central en la producción de sentido. Pensar implicaba enfrentarse a otras ideas, atravesar la incomodidad, sostener la fricción. La cultura del argumento funcionaba entonces como una forma de cuidado colectivo, una manera de preservar el vínculo incluso en medio de posiciones irreconciliables.
Sin embargo, esa arquitectura siempre dependió de una condición previa, la posibilidad de nombrar el conflicto. Para Carlos De Angelis, sociólogo, docente e investigador de la UBA, especialista en opinión pública, comportamiento electoral y cultura organizacional, “la primera cuestión para resolver cualquier conflicto es reconocer que lo hay. En Argentina es un tabú. Entonces se buscan rodeos, se habla de diferencias, de pequeños problemas, de percances, cualquier cosa antes que nombrarlo. Pero el conflicto es parte del quehacer humano, aparece en la cooperación y en la competencia. Cuando se evita, crece en lo no dicho, se encapsula y el día que emerge lo hace como ruptura, como violencia”.
La erosión de las formas
Una velocidad nueva reorganiza la experiencia del desacuerdo. Pantallas encendidas a toda hora, notificaciones que interrumpen cualquier pausa, flujos de opinión que circulan sin sedimentar. En ese entorno, el conflicto pierde espesor, se vuelve instantáneo, reactivo, difícil de sostener en el tiempo necesario para que aparezca el matiz.
La evidencia empírica empieza a delinear ese cambio. Un estudio publicado en Nature Human Behaviour mostró que los contenidos con carga moral y emocional reciben una difusión significativamente mayor en redes sociales, amplificando expresiones de indignación y hostilidad. “Cada palabra adicional asociada a indignación moral aumenta la probabilidad de que un mensaje sea compartido -señala el psicólogo William J. Brady, coautor del estudio-, lo que sugiere que las plataformas incentivan la expresión emocional por encima de la deliberación”.
Ese sesgo hacia lo emocional se combina con la lógica algorítmica. Investigaciones del MIT, lideradas por Soroush Vosoughi, científico de datos e investigador en ciencia de la computación, y publicadas en Science, evidenciaron que la información falsa circula más rápido y más lejos que la verificada, en parte debido a su capacidad de generar sorpresa y reacción inmediata. “En ese ecosistema -indica-, el conflicto tiende a simplificarse, se organiza en torno a estímulos que capturan atención, antes que alrededor de argumentos que exigen elaboración”.
La transformación también alcanza la psicología del intercambio. “Desde la psicología -sugiere Ana Languasco, psicóloga de la Fundación Aigle-, esto puede leerse como una dificultad creciente para simbolizar la experiencia emocional. Es decir, para transformar lo que se siente en palabras, argumentos y matices. En lugar de eso, aparecen respuestas más inmediatas, el grito, la descalificación o la retirada. No necesariamente es que exista más conflicto, sino menos herramientas para procesarlo”.
El pasaje del debate a la cancelación aparece entonces menos como un fenómeno moral que como un síntoma cultural
Esa dificultad encuentra correlatos medibles. Estudios desarrollados por Peter Fonagy y su equipo en University College London, muestran que la capacidad de interpretar los estados mentales ajenos disminuye en contextos de alta activación emocional. La sobreexposición digital, con su estímulo constante, intensifica ese fenómeno y reduce la disposición a considerar perspectivas divergentes.
Las reglas implícitas que sostenían el desacuerdo se diluyen en ese proceso. Un informe del Pew Research Center señala que un 64% de los usuarios percibe que las redes sociales tienen un efecto mayormente negativo en la manera en que las personas discuten política, citando como principales factores la agresividad, la desinformación y la falta de respeto. “Cuando el lenguaje se erosiona -dice Languasco-, la entropía psicológica, la incertidumbre desregulada, supera nuestra capacidad de control. Este lenguaje está hecho de reglas de colaboración que, al caer, activan la vulnerabilidad ante la amenaza y la baja cooperación, transformando al otro en un enemigo. Las redes sociales amplifican esto al degradar la mentalización, la habilidad de entender las intenciones ajenas, fomentando la inmediatez y la dependencia emocional”.
El pasaje del debate a la cancelación aparece entonces menos como un fenómeno moral que como un síntoma cultural. La escena del desacuerdo se contrae, pierde mediaciones, elimina tiempos intermedios. La discusión cede su lugar a formas más breves y contundentes, el señalamiento, el silencio impuesto, la expulsión simbólica.
En ese marco, el conflicto deja de desplegarse en un espacio compartido. Se fragmenta en múltiples monólogos que rara vez se intersectan. Cada intervención busca imponerse o desaparecer, sin ese terreno común que antes permitía sostener la tensión.
El desacuerdo sin escena
La escena compartida, ese territorio simbólico donde posiciones distintas podían coexistir bajo ciertas reglas, se vuelve inestable. Cada intervención parece dirigida a un auditorio propio, una comunidad previa que confirma, amplifica, refuerza. La palabra deja de tender puentes y empieza a funcionar como señal de pertenencia.
“Los desacuerdos más fructíferos ocurren cuando las personas se centran en comprender antes que en persuadir, y cuando reconocen la complejidad de las posiciones en juego”, señala Danielle Allen, filósofa política de Harvard e impulsora del Better Arguments Project
El Edelman Trust Barometer registra que un 59% de las personas cree que la sociedad se encuentra más dividida que en el pasado reciente, mientras que un 64% expresa dificultad para mantener conversaciones respetuosas con quienes sostienen opiniones opuestas. Esa dificultad redefine el sentido mismo de la conversación pública, que pasa de ser un espacio de intercambio a convertirse en una zona de fricción permanente. “En situaciones de tensión se activan esquemas ligados a experiencias tempranas -suma Languasco-, miedo al rechazo, a la humillación o a la pérdida del vínculo. Entonces el otro deja de ser un interlocutor y pasa a ser vivido como una amenaza. Eso vuelve mucho más difícil cualquier forma de elaboración compartida”.
Investigaciones de la Universidad de Stanford, lideradas por Shanto Iyengar, especialista en ciencias políticas, muestran que la polarización afectiva se ha intensificado, reduciendo la disposición a aceptar acuerdos con sectores percibidos como adversarios. “La consecuencia se vuelve tangible en la dificultad para construir consensos estables incluso en cuestiones básicas de política pública”, indica Iyengar.
De Angelis introduce otra dimensión clave: “muchos conflictos quedan sin tratamiento porque ni siquiera se los reconoce como tales. Circulan de manera subterránea, aparecen en decisiones que parecen hablar de otra cosa. Cuando finalmente emergen, lo hacen de forma abrupta, como ruptura. Esa falta de elaboración previa impide ordenar las posiciones y entender qué está realmente en juego”.
La vida institucional acusa ese impacto. Espacios como parlamentos, universidades, medios de comunicación, enfrentan dificultades crecientes para sostener debates complejos. Un informe de la American Academy of Arts and Sciences advierte sobre la caída en la calidad deliberativa y el aumento de discursos simplificados, diseñados más para movilizar adhesiones que para explorar problemas.
Por su parte, la creación artística y la producción intelectual se nutren de tensiones, de fricciones entre perspectivas que obligan a reformular preguntas. Cuando el desacuerdo se vuelve impronunciable o excesivamente riesgoso, ese movimiento se resiente. Estudios del Knight Foundation muestran que una proporción significativa de estudiantes y docentes evita abordar ciertos temas por temor a reacciones adversas, lo que limita la exploración crítica.“Vivimos bajo formas de identidad que se ensamblan a partir de modelos disponibles, con un fuerte mandato de bienestar que dificulta habitar el conflicto -retoma Languasco-. Esa presión por evitar el malestar reduce la tolerancia a la diferencia y empuja a resolver rápidamente cualquier tensión, muchas veces mediante la evitación o la ruptura”.
El resultado configura un paisaje cultural más homogéneo en apariencia, aunque atravesado por tensiones latentes.
Reconstruir las formas del conflicto
Toda cultura que ha perdido una gramática puede, con el tiempo, volver a escribirla. Esa tarea exige más que buena voluntad. Requiere procedimientos, aprendizaje, una cierta disciplina de la atención. Algunas experiencias contemporáneas ofrecen indicios concretos. Programas de mediación comunitaria implementados en ciudades como Nueva York, Barcelona o Bogotá muestran resultados consistentes en la reducción de escaladas y en la mejora de la convivencia. Un informe del National Center for State Courts señala que los procesos de mediación logran acuerdos sostenibles en más del 60% de los casos, con niveles de satisfacción significativamente más altos que los obtenidos en litigios tradicionales. En esos espacios, el desacuerdo se trabaja como un objeto compartido, con tiempos, reglas y acompañamiento.
“Dar entidad al conflicto -afirma De Angelis- implica crear instancias específicas para tratarlo. Poner un mediador ayuda a ordenar lo que cada uno cree que el otro piensa. Muchas veces esas suposiciones funcionan en la imaginación y no en la realidad. Cuando se las expone, empiezan a perder peso. El conflicto baja cuando se lo habla de manera directa”.
Estudios sobre resolución de conflictos desarrollados por Morton Deutsch y ampliados por la Columbia University muestran que los entornos cooperativos, estructurados con reglas claras, favorecen la aparición de soluciones integradoras. La clave reside en desplazar el eje desde la imposición hacia la comprensión de intereses, un movimiento que requiere lenguaje, escucha y cierta tolerancia a la ambigüedad.
Iniciativas como el Better Arguments Project, impulsado por la Aspen Institute, proponen marcos para sostener desacuerdos productivos en contextos de alta polarización. Sus principios, respaldados por investigaciones en psicología social, enfatizan la importancia de la precisión conceptual, la escucha activa y la disposición a revisar posiciones. “Los desacuerdos más fructíferos ocurren cuando las personas se centran en comprender antes que en persuadir, y cuando reconocen la complejidad de las posiciones en juego”, señala Danielle Allen, filósofa política de Harvard e impulsora del Better Arguments Project.
“Recuperar un lenguaje para el conflicto implica desarrollar metacognición -completa Languasco-, la capacidad de ver nuestras percepciones como hipótesis, y metacomunicación, poder hablar sobre lo que ocurre en la interacción. Eso permite sostener la diferencia sin que se active automáticamente la defensa o la retirada”.
De Angelis añade otro matiz: “despersonalizar el conflicto permite entender de qué se está hablando realmente. Cuando se pasa del sujeto al objeto, de la persona al interés en juego, la discusión se vuelve más analítica, más productiva. A partir de ahí se puede incluso aceptar que algunas diferencias llevan a separaciones, y eso también es una forma de resolución”.
La reconstrucción de las formas del conflicto implica una decisión cultural. Cada escena de intercambio vuelve a trazar ese territorio común que permite disentir sin desaparecer al otro. En esa tarea, el lenguaje recupera la función de hospedar la diferencia. Allí, en esa hospitalidad frágil, se juega la posibilidad de una conversación que continúe, incluso cuando todo empuja hacia su interrupción. Una sociedad capaz de discutir sigue siendo, en algún sentido profundo, una sociedad capaz de pensarse a sí misma.






