20 años después: retomar un hobby la entusiasmó con nuevas ideas para dar un giro a su vida
De forma inesperada, se topó con el bordado. Un despido y su fuerza de voluntad hicieron la diferencia.
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Recién llegada a Buenos Aires desde Carmen de Areco, la ciudad cabecera del partido homónimo en la Provincia de Buenos Aires, sintió que desde ese día en adelante todo se trataría de sobrevivir: “trabajar de lo que consiguiera era la norma, por lo cual padecí horas y meses en muchos call centers, algún tiempo como acomodadora en un cine y otros tantos empleos más, hasta que en 2011 pude enganchar un trabajo administrativo en una agencia de marketing y publicidad. Una vez resuelto el dilema laboral, muy contenta con mi vida amorosa, social, laboral, empecé a tener espacio y tiempo para indagar cómo me sentía y qué tenía ganas de hacer yo, por y para mí”.
Cuando era chica leía muchísimo. Hasta que un buen día cayó en sus manos un libro sobre Egipto y quiso ser arqueóloga. Luego escritora y también odontóloga. Más adelante psicóloga. También hizo el profesorado de yoga, no para dar clases, sino en una búsqueda espiritual personal.
Así, inmersa en esa búsqueda, Natalia Muñoz se antojó entonces con aprender a diseñar y coser su propia ropa, de modo que sin titubear se anotó en un curso de moldería, corte y confección que la introdujo en la costura. Pero inmediatamente se dio cuenta de un detalle que no resultó menor: coser prendas no era su oficio. “No tengo paciencia para lidiar con coser y descoser, ajustar pinzas y mover cierres. Sin embargo, me sentía comodísima haciendo cortinas, individuales, banderines y almohadones: eran simples, rápidos, cero caprichosos y me permitían saltar de uno a otro cuando me aburría de algo. Con el correr de las semanas había poblado de objetos textiles las casas de todas mis amigas, familias y compañeras de trabajo”.

Entregada al ritual de elegir las telas, los hilos y poner en marcha un mecanismo que la hacía viajar a lo placentero, se dio cuenta de que el momento más feliz de sus días era cuando llegaba a su casa, se sacaba el traje de oficina y se ponía a jugar con telas, cintas, anilinas y colores. “Entonces empecé a vender mis creaciones: abrí una página de Facebook. Bauticé como Libertaria a mi emprendimiento y sin darme cuenta empecé a darle un marco de seriedad a mi hobby. Un día, cansada de que todo lo que hacía se pareciera a lo que ya existía, decidí desempolvar un viejo conocimiento adquirido (y abandonado) en los inicios de mi adolescencia: en aquel entonces, mi mamá me había enseñado a bordar. Fui a una mercería, compré lanas de mil colores y empecé un amor que ni siquiera sospechaba cuánto amaba: redescubrí el bordado a mis 30 y fue simplemente mágico”.
Con el bordado las sensaciones fueron encontradas. Por un lado, fue como amor a primera vista. Por el otro, Natalia sentía que ya lo conocía, como de una amistad entrañable. “Las puntadas fluían de mis manos como si no hubieran pasado casi 20 años desde la última vez que había agarrado una aguja, los diseños aparecían en las telas sin parar, las posibilidades eran infinitas. Como soy una persona sumamente inquieta pronto me quedó chico el bordado hasta donde yo lo conocía, y me anoté en un workshop para aprender más”.
Sin mirar atrás
Ese fue el momento en que se desvió el camino y ya no hubo marcha atrás: tomar una clase (en la que ya sabía casi todo lo que le enseñaban) la fascinó. “Hay algo hermoso y simple de hermandad en esa reunión de mujeres con las manos ocupadas en una labor artesanal. El espacio invitaba a la charla, a la confesión, a abrirse, a compartir sentires. Cafecito, risas y bordado me parecieron una combinación hecha en el cielo”.
Natalia ya había empezado a enseñar a algunas de sus amigas y compañeras de oficina y la idea de dar clases empezó a instalarse en su mente cada vez con más fuerza.
— ¿Por qué no das clases con más frecuencia?”, le dijo José, su compañero de vida.
Y ese fue el inicio de una aventura que la llevó por caminos desconocidos. Hasta que un día se animó: encontró un espacio para alquilar por horas, juntó un grupo de mujeres a través de las redes sociales (algunas conocidas, otras completamente desconocidas) y se lanzó a su primera clase. La disfrutó tanto pero tanto que, por supuesto, quiso más. Primero fueron dos sábados al mes. Luego todos los sábados. Luego se animó a abrir un horario entre semana después de la oficina, hasta que -crisis personal de por medio- decidió dejar todo y dedicarse 100% a Libertaria.

Lo había planeado todo. Iba a renunciar a su empleo formal en enero. Pero los últimas días de noviembre la tomaron por sorpresa. “Me despidieron de mi último trabajo en relación de dependencia; hacía largo tiempo me sentía mal, con una sensación que solo lograba describir como cuando no encontrás la posición para dormir y no parás de dar vueltas y moverte en la cama. Bueno así, pero en el alma”.
Luego del shock por la sorpresa (¡y la alegría!) sintió miedo: lo que tanto deseaba se había vuelto real y ahora no sabía qué hacer con eso. “Así que me paré como un bebé que está aprendiendo a caminar, titubeando y con tembleque en las rodillas, cayendo a veces de cola y otras de trompa, pero avanzando y cada vez más segura hasta que de repente estaba caminando. El camino de emprender en este país es para valientes, para gente que ama tanto tanto lo que hace que se aferra a ese amor y no lo suelta por fuerte que sea el ventarrón”. Junto a su compañero, Natalia alquiló un departamento para vivir, con un espacio extra para convertir en aula, lo amobló para recibir poquitas alumnas (no más de 8, para mantenerlo íntimo y cercano) y empezó a remar y remar.
“Sumé muchas clases: acuarela sobre tela, needle felting o fieltrado con aguja, pedrería, linograbado, telar… Y acá seguimos, casi 4 años después, remando -ahora por zoom- una pandemia que pareciera que no tiene fin. Pero nunca, ni una sola vez en todo este tiempo me arrepentí de haber dado el salto. Porque lo que se genera en las clases, la sensación de logro y alegría que presencio en cada una de esas mujeres hermosas que se animan a aprender, que rompen con el prejuicio de que bordar es de viejas -mi mayor público tiene entre 25 y 45 años-, que destruyen ese estigma de es para minas que no tienen nada que hacer -el 99% de ellas tiene una vida ultra activa, pero encuentra este espacio para relajar y desconectar de modo creativo- es impagable, incomparable. Yo no tengo títulos ni viajes mágicos encima, pero sí tuve el coraje de seguir mi sueño y creo que merece ser contado”.
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